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Ziegland, de Honey Grove, Texas, abandonó a su amiga un día de 1893. El hermano de ella cumplió su «heroico» deber y le pegó un tiro a Ziegland. Pero Ziegland fue levemente herido por la bala, que sólo le produjo una pequeña rozadura en la cara antes de incrustarse en el tronco del árbol delante del cual se hallaba Ziegland. El hermano, creyéndose vengado, se suicidó con la misma arma.
Veinte años más tarde, en 1913, Ziegland decidió quitar aquel árbol de su finca. Incapaz de realizar manualmente la tarea decidió emplear dinamita. A causa de la explosión, la bala que en principio le había sido destinada, saltó con tanta fuerza que penetró violentamente en su cabeza, matándole al fin.
eo Perras puede hoy andar, aunque fue un inválido incurable durante años. La historia de su curación milagrosa empieza con un moderno taumaturgo, el padre
Ralph Di Orio, que sigue ejerciendo fervorosamente su ministerio.
El padre Di Orio nació en Providence, Rhode Island, en 1930 y fue ordenado sacerdote católico romano en 1957. Lingüista y pedagogo, Di Orio era absolutamente convencional en sus opiniones y prácticas teológicas hasta 1972. Fue entonces cuando su congregación, en su mayoría de habla española, decidió convertirse en carismática, forma de culto que hace hincapié en la expresión religiosa personal y la experiencia espontánea. El padre Di Orio era reacio al cambio y sólo modificó su actuación con la aprobación de su obispo. Dejándose llevar al fin por la corriente, el sacerdote de edad mediana empezó a practicar la imposición de las manos durante los servicios y pronto descubrió que poseía la facultad de curar. Realizaba sus servicios curativos en la iglesia de St. John de Worcester, Massachusetts, cuando conoció a Leo Perras.
Perras, de la próxima comunidad de Easthampton, estaba inválido a consecuencia de un accidente de trabajo sufrido hacía años, cuando sólo
tenía dieciocho. La cirugía había fracasado y había quedado paralizado desde la cintura para abajo y confinado a una silla de ruedas. La atrofia muscular afectó en definitiva a sus piernas, dañándolas todavía más y causando a Perras fuertes dolores. Estaba tomando diariamente analgésicos cuando fue al encuentro del sacerdote de Nueva Inglaterra.
Cuando conoció al padre Di Orio, Perras llevaba veintiún años en su silla de ruedas. El sacerdote rezó por su visitante durante el oficio y el resultado fue casi instantáneo. El paralítico se levantó de su silla de ruedas y salió andando de la iglesia. Por lo visto, los músculos de sus piernas se fortalecieron espontáneamente y se desvaneció el dolor que llevaba soportando durante tanto tiempo.
La historia parece demasiado buena para ser verdad, pero está muy bien documentada. El propio médico del hombre,
Mitchell Tenerowicz, jefe de personal del «Cooley Dickinson
Hospital» de Northampton, examinó al paciente poco después de la curación y encontró que sus piernas estaban todavía atrofiadas, haciendo físicamente imposible que Perras caminase. Pero caminaba. Las piernas de Perras se fortalecieron en las semanas siguientes y, el
29 de septiembre de 1980, el programa That's Incredible de
«NBC- TV» le entrevistó y difundió su historia a toda la nación.
omo el joven
George Washington, Steven Linscott, estudiante de la Biblia, de veintitrés años y de Illinois, se creyó obligado a decir la verdad; pero Linscott terminó por ello en la cárcel.
Los sucesos que condujeron a su encarcelamiento empezaron el 4 de octubre de 1980, cuando la Policía de Oak Park, Illinois, estaba buscando pistas del asesinato de
Karen Ann Phillips. La enfermera de veinticuatro años había sido
encontrada muerta la mañana anterior y la Policía visitó la
«Good Neighbor Mission» -centro de rehabilitación de ex convictos- con la esperanza de encontrar alguna información importante. Entonces conocieron a Linscott.
Altamente respetado estudiante de la Biblia en un colegio, Linscott estaba entonces trabajando en la misión. Y cuando la Policía explicó el objeto de su visita, empezó a pensar en una reciente pesadilla, en la que había visto a una joven rubia muerta a palos. Sólo después de reflexionar sobre ello, contó su sueño a la Policía.
«Súbitamente me sentí intrigado por la posibilidad de que mi sueño fuese una experiencia inspirada -dijo más tarde-. En todo caso, acudir a la Policía me pareció una interesante distracción después de haberme aprendido de memoria dos capítulos de la Epístola a los
Romanos».
El sueño de Linscott llamó ciertamente la atención a los detectives
Robert Scianna y Robert Grego, los cuales interrogaron minuciosamente a su informador. Aparentemente, Linscott sabía tanto del asesinato que fue detenido como sospechoso. En noviembre fue acusado formalmente del crimen.
Aunque las pruebas del fiscal eran circunstanciales, el jurado le declaró culpable, a pesar del hecho de que no
tenía un móvil para el crimen y de que las huellas dactilares encontradas en el lugar del delito no eran suyas. «Todo el mundo confía en el sistema -explicó más tarde-. Todo el mundo confía en el proceso de descubrimiento de los hechos. Nadie se da cuenta de que es una cucaña en la que, cuando uno empieza a resbalar, ya no puede detenerse.»
Steven Linscott cumplió tres años de la condena de cuarenta antes de que el Tribunal de Apelación de Illinois le pusiese en libertad. El Tribunal Supremo del Estado confirmó más tarde la condena, pero el estudiante de la Biblia
pasó a estar en libertad bajo fianza, pendiente de otra apelación.
l padre
Filippo de Neri era considerado un extraordinario hombre santo en la Roma del siglo XVI. Sus parroquianos le habían
visto levitar durante la misa, realizar exorcismos e incluso resucitar a los muertos.
Al amanecer del 16 de mayo de 1589, Neri fue convocado al palacio del príncipe italiano
Fabrizio Massimo. Se le dijo al cura que el hijo del príncipe
Paolo, de catorce años, se encontraba gravemente enfermo y que no se esperaba que viviese mucho tiempo. Aunque el muchacho había ya muerto media hora antes de que Neri llegase junto a su lecho, el sacerdote se arrodilló y rezó por aquella alma que partía y roció el cuerpo con agua bendita.
Mientras la apenada familia le miraba, el hombre santo sopló en el rostro de Paolo, colocó una mano encima de la frente del joven y le llamó por su nombre.
Al cabo de un momento, de manera milagrosa, los párpados de Paolo se estremecieron y luego se abrieron.
Paolo le dijo a la gente reunida alrededor de su cama que había subido a los cielos y que había contemplado a su madre, fallecida ocho años antes. El cielo era un lugar muy bello, explicó el exaltado chiquillo, y deseaba desesperadamente regresar allí.
-Está bien -le dijo el cura-, vete en paz y sé bendito.
Tras esto, Paolo cerró los ojos y murió..., de nuevo.
l invierno de 1984-1985 envió numerosas y extraordinarias olas de frío sobre los Estados Unidos continentales, desde Michigan hasta Texas. También fue testigo de una de las más notables supervivencias en los anales de la medicina moderna.
En la mañana del 19 de enero de 1985, la temperatura había descendido en Milwaukee, Wisconsin, a unos escalofriantes sesenta grados bajo cero. Mientras sus padres dormían,
Michael Troche, de dos años, salió a la nieve vistiendo un pijama ligero.
Encontrado por su aterrorizado padre varias horas más tarde, Michael había quedado literalmente congelado. Había dejado de respirar; se habían formado cristales de hielo encima y debajo de su pie, y tenía los miembros rígidos como palos.
Ingresado urgentemente en el «Children's Hospital» de Milwaukee, fue tratado por un equipo de veinte enfermeras y dieciocho médicos, entre ellos el doctor
Kevin Kelly, especialista en hipotermia. Cuando Michael llegó al hospital, Kelly le declaró «muerto, absolutamente muerto». Los médicos pudieron oír realmente que su cuerpecito helado crujía al levantarlo y depositarlo sobre la mesa de operaciones. Y la temperatura de Michael había descendido a dieciséis grados centígrados, un precipicio del que nadie había vuelto jamás vivo.
El equipo puso inmediatamente manos a la obra, conectando a Michael a una máquina de corazón-pulmón artificial para calentarle la sangre, inyectándole drogas para evitar que se inflamase su cerebro, dándole masajes y haciendo incisiones a lo largo de sus miembros, al llenarse los tejidos de agua de las células congeladas y amenazar con reventar.
Durante tres días permaneció el niño en un estado de semiinconsciencia, luchando entre la vida y la muerte. Entonces, milagrosamente, se recobró casi con tanta rapidez como había sido congelado. Padeció alguna leve lesión en los músculos de una mano y tuvieron que injertarle piel para cerrar las grandes incisiones hechas en sus brazos y piernas; pero, aparte de esto, resultó extraordinariamente indemne de su ordalía.
Y según el último informe, el sorprendente Michael Troche no dio señal alguna de la temida lesión cerebral que le habría llevado a una vida puramente vegetativa. Irónicamente, los médicos dijeron que probablemente había sobrevivido porque era tan joven y pequeño; había sido literalmente congelado de repente por el factor aire frío. Su pequeño cerebro y su reducido metabolismo necesitaban poco oxígeno para funcionar. Si hubiese sido un poco mayor y estado un poco más desarrollado, habría sido uno más en las estadísticas de las víctimas del invierno.
arl
Uphoff, ex músico de rock, cree hoy en la vida de ultratumba. La razón: una llamada telefónica de su difunta abuela, recibida en 1969.
Karl tenía dieciocho años cuando murió su abuela materna. Había existido un lazo especial entre ellos, y cuando la anciana se quedó sorda en sus últimos años, pedía a menudo ayuda a Karl. Como éste no estaba siempre en casa, tenía ella la costumbre de telefonear a sus amigos para encontrarle. Y como no podía oír siquiera si alguien se ponía al teléfono, se limitaba a marcar el número, esperar unos momentos y decir: «¿Está Karl ahí? Dígale que venga en seguida a casa.» Repetía el mensaje varias veces y después colgaba y marcaba el número siguiente de su lista. Sin embargo, estas llamadas terminaron dos años antes de su muerte en 1969, cuando la hermana de Karl empezó a cuidar de ella.
Dos días después de la muerte de la mujer, Karl decidió visitar sin previo aviso la casa de Mr. y Mrs.
D'Alessio, en Montclair, Nueva Jersey; el hijo del matrimonio,
Peter, era amigo suyo. Peter y Karl estaban hablando en el sótano cuando sonó arriba el teléfono. Los dos jóvenes pudieron oír que Mrs. D'Alessio hablaba impacientemente con la persona que llamaba y parecía bastante disgustada. Karl se quedó pasmado cuando ella le llamó.
«Una anciana está al teléfono -gritó-. Dice que es tu abuela y que te necesita. Lo repite una y otra vez.»
Karl subió corriendo para ponerse al teléfono, pero cuando llegó se había cortado la comunicación. Pero aquella noche, ya de vuelta en casa, recibió Karl una serie de llamadas telefónicas. Nadie estaba en la
línea al levantar él el auricular.
¿Fue la llamada una broma de mal gusto? Esta posibilidad parece sumamente dudosa.
Al ser interrogado por un investigador, Karl afirmó que ninguno de sus actuales amigos conocía las llamadas que solía hacerle su abuela, y que los D'Alessio eran amigos recientes. También añadió que había ido a visitarles espontáneamente y que nadie podía saber su paradero cuando se había recibido la llamada.
lgo terrible ocurrió en el aire un día de finales de verano de
1939 y, hasta hoy, el incidente permanece envuelto en el secreto.
Lo único que se sabe es que un avión de transporte militar despegó de la
«Marine Naval Air Station», de San Diego, a las 3:30 de una tarde.
Él y su tripulación de trece hombres hacían un vuelo de rutina a Honolulú. Tres horas más tarde, volando el avión sobre el océano Pacifico, se oyó una frenética llamada de socorro. Después se extinguió la llamada por radio.
Un poco más tarde, el avión volvió a la base e hizo un aterrizaje de emergencia. Miembros del personal de tierra corrieron hacia el aparato y, cuando subieron a él, se horrorizaron al ver doce hombres muertos. El único superviviente era el copiloto, que, aunque gravemente herido, había sobrevivido lo bastante para devolver el avión a su base. Pocos minutos después, también había muerto.
Todos los cuerpos mostraban grandes heridas abiertas. Más misterioso aún: el piloto y el copiloto habían vaciado sus pistolas «Colt» del 45 contra algo. Los casquillos vacíos fueron encontrados en el suelo de la carlinga. Un acre olor a azufre flotaba en el interior del avión.
La parte exterior del aparato había sufrido graves daños, como si hubiese sido alcanzado por misiles. El personal que subió al avión contrajo una extraña infección cutánea.
Inmediatamente se tomaron medidas estrictas de seguridad y se ordenó al personal de socorro que abandonase el avión. La tarea de extraer los cadáveres e investigar el incidente fue confiada a tres oficiales médicos.
El suceso fue mantenido en secreto y no salió a la luz hasta quince años después, cuando el investigador
Robert Coe Gardner se enteró de él por alguien que había estado allí. El misterio de lo que encontró la tripulación en el aire, aquella tarde de 1939, no ha sido nunca resuelto.
veces, una experiencia metapsíquica hace menos sorprendente una por lo demás espantosa tragedia. Cuando
Wendy Finkel murió en un accidente de automóvil cerca de Point Mugu, en la costa del sur de California, su madre no necesitó que se lo comunicara la Policía. Lo sabia ya. Fue el jueves 19 de noviembre de 1987.
Era la víspera del cumpleaños de Wendy. Tres de sus condiscípulos habían venido de Santa Bárbara en coche para llevar a alguien al aeropuerto de Los ángeles. Dos de los estudiantes pensaban asistir a un concierto de rock. Llevaron a Wendy a cenar y a bailar y después visitaron a su hermana, que vivía cerca de Ucla. Los Finkel se disponían a celebrar el cumpleaños de Wendy aquel viernes y esperaban especialmente tener a sus hijos en casa para el día de Acción de Gracias. La tragedia ocurrió temprano por la mañana, cuando el coche que llevaba a los estudiantes se salió por lo visto de la carretera de la Costa del Pacífico y cayó al mar. Un
pescador vio el Honda Civic 1986 flotando boca abajo en el agua la mañana siguiente, y los cuerpos de los tres amigos de Wendy fueron pronto recobrados.
En el mismo momento del accidente, Mrs. Finkel se había despertado de pronto, jadeando, en su casa de Woodland Hills. «Sentí como si me estuviese ahogando -dijo más tarde a los reporteros-. No podía aspirar aire en mis pulmones. Miré el reloj y eran las dos y pico de la mañana. Presumo que fue la hora en que se despeñó el coche en Point Mugu.»
El cuerpo de Wendy no ha sido todavía recobrado, aunque su madre tiene pocas dudas sobre su destino.
ntes de su vuelo al Ártico, vía Alaska, en octubre de 1937,
Sir Hubert Wilkins y Harold Sherman convinieron en intentar comunicarse telepáticamente, llevando a cabo un estricto experimento. Durante tres períodos de treinta minutos, desde las
11:30 hasta medianoche, hora del Este, las noches del lunes, martes y jueves, Sherman permanecía sentado en silencio aguardando los mensajes de Wilkins. Por su parte, Wilkins trataría de proyectar información acerca de lo que le estuviera sucediendo durante aquellos períodos en particular. También habría dos controles para asegurarse de la legitimidad de la prueba:
Cada noche, Sherman escribiría las impresiones que recibiera y las mandaría por correo a
Gardner Murphy, el director del departamento de parapsicología de la Universidad de Columbia. Y
Reginald Iverson, operador en jefe de la emisora de onda corta del
The New York Times, informaría a Wilkins del progreso de los experimentos.
A. E. Strath-Gordon y Henry Hardwicke observarían a Sherman por cuenta de Wilkins.
Los resultados: un asombroso número de impresiones grabadas por Sherman de acontecimientos durante la expedición, así como los pensamientos del personal de vuelo y sus reacciones, resultaron aproximadamente correctas e imposibles de haber podido sólo conjeturarlas.
Por ejemplo, el 14 de marzo, Sherman escribió: «He imaginado que descubría una raja en la estructura de la cola del fuselaje que
necesita reparación. O también he imaginado que tenía que manipular alguna especie de bomba de mano en
vuelo. Un motor lanza chorros de humo negro -con un sonido desigual y ahogado-, como si hubiese problemas en el carburador.»
Según sus propios registros diarios, Wilkins, en efecto, había descubierto una hendidura en la estructura. Sus problemas con el motor, originados por el cambio desde un depósito de gasolina a otro, le habían mantenido ocupada la mente durante todo el día.
El mismo Wilkins quedó sorprendido por algunos detalles de los informes de Sherman, incluyendo la imagen mental que Sherman recibió de Wilkins con traje de etiqueta y en un baile en Saskatchewan. Naturalmente, hubo ocasiones en que Sherman no recibió mensajes telepáticos y sus impresiones fueron erróneas. Pero de cuanto recibió todo resultó notable.
resumidos, pero nunca vistos, los agujeros negros pueden ser la puerta de un universo más allá del nuestro. Tales agujeros en la estructura del espacio fueron anunciados por primera vez por el astrónomo alemán
Karl Schwarzschild en 1916. Schwarzschild sugirió la existencia de una masa tan densa que nada, ni siquiera la luz, podía escapar a su gravedad.
Todo, dentro de las cercanías inmediatas del agujero negro, es inexorablemente atraído hacia su centro, lo que los físicos llaman una «singularidad», el punto de densidad infinita donde las leyes del espacio y del tiempo, tal como las conocemos, se rompen y desintegran. El punto del que no pueden regresar la energía y los objetos atraídos hacia la singularidad es conocido como el «horizonte acontecimiento».
Los astrónomos creen que los agujeros negros se forman cuando la materia de estrellas inmensas se derrumba de pronto sobre ella misma. Puede haber agujeros negros en el centro de nuestra propia galaxia, en el corazón de los cuasares (fuentes de energía sumamente activas, cuasiestelares) e incluso en algunos sistemas de estrellas binarias.
Teóricos tales como Roger Penrose, matemático de Cambridge, han formulado un empleo potencialmente único de los agujeros negros. Por ejemplo, un astronauta podría ser capaz de sumergirse por debajo del horizonte de un agujero negro particularmente macizo y rotatorio y emerger en otro universo, o volver al nuestro, a enorme distancia, en el mismo instante. Una tercera alternativa es que nuestro audaz astronauta podría entrar en un universo negativo donde la naturaleza estaría invertida. La gravedad por ejemplo, podría resultar una fuerza más repelente que de atracción.
Para realizar tal hazaña, se necesitaría la existencia de lo opuesto al agujero negro, el «agujero
blanco», que expulsase materia y energía fuera de su singularidad y más allá de su horizonte.
Actualmente, prosigue la busca de ambos objetos supermasivos, especialmente de posibles agujeros negros entre los racimos de estrellas. Uno de los principales candidatos en esta búsqueda es la estrella
Cisne X-1 de la constelación Cisne. La busca tiene mucha importancia, ya que, si nuestra Tierra o nuestro sistema solar se
acercasen demasiado a un agujero negro lo bastante grande, podrían ser teóricamente absorbidos por él, modificando completamente, comprimiendo o destruyendo todas las materias que nos son familiares y tal vez escupiéndolas de nuevo en forma diferente.
Parece increíble que la astronomía de nuestro tiempo, después de sólo varios cientos de años de práctica y de investigación, haya sido capaz de identificar los secretos y los peligros existentes en las estrellas lejanas. Pero, ¿es tan reciente nuestro conocimiento cósmico? Tablillas de arcilla escritas por los sumerios hace 5.000 años hablan de una estrella peligrosa, llamada por ellos el
«pájaro demonio
Nergal». Nergal era el señor poderoso y siniestro del mundo de los muertos. Y el peligroso «pájaro
demonio», identificado y localizado en sus mapas estelares, resulta ser nuestra
Cisne X-1.