unque pueda ser verdad que nadie se ha hecho rico empleando la PES (percepción extrasensorial) para ganar en las carreras de caballos, existe un gran número de casos en los que se ha informado de pequeños y aislados éxitos en el hipódromo conseguidos con ayuda de habilidades psíquicas. Algunos de los mejores informes fueron compilados durante los años treinta por
Dame Edith Lyttelton, delegada británica en la Liga de Naciones, con una gran afición por las investigaciones psíquicas.
En respuesta a una emisión, en 1934, de la BBC (British Broadcasting
Corporation), sobre el tema de la precognición, los radioyentes enviaron a Lyttelton un alud de cartas, en las que describían sus propias experiencias con premoniciones.
W. L. Freeman, de North Leicester, Inglaterra, por ejemplo, alegó que no estaba muy interesado en las carreras de caballos, pero en noviembre de 1913, tuvo un extraño sueño en el que visitaba la catedral de
Lincoln. De repente, al darse cuenta de la hora, se apresuraba a llegar al hipódromo, temiendo haber pasado demasiado tiempo en la iglesia y haberse perdido el
Lincoln Handicap. Alguien del hipódromo le informó que la carrera ya había concluido y que el caballo vencedor se llamaba
Outran. El siguiente mes de marzo, Freeman se enteró de que uno de los caballos programado para correr, en 1915, la
Lincoln Handicap se llamaba Outran y, a pesar de sus escasas posibilidades, el caballo había ganado la carrera.
Otros casos informados a Lyttelton incluían un relato de Phyllis
Richards, de Londres. En 1933, de camino a la carrera del Gran
National, en Liverpool, Richard soñó que el nombre del caballo
ganador empezaba con la letra K y acababa con «jack». Sin embargo, el caballo no fue el primero en cruzar la meta. El ganador de la auténtica carrera de aquel día, resultó ser
Kellesboro Jack, que llegó segundo, precedido por un caballo sin jinete, que fue descalificado.
Otra premonición fue experimentada por una mujer mientras estaba despierta, una semana antes del Derby de 1932. Oyó una voz clara que le decía que
April the Fifth ganaría la carrera. Hizo una quiniela hípica y apostó una pequeña suma por el caballo a vencedor, y luego, mientras ella y su familia escuchaban la carrera por la radio, April the Fifth tomó la delantera a mitad de la carrera y llegó ganador.
-Una sensación peculiar casi hizo que me desmayase -explicó la mujer-. Casi de inmediato, estallé en lágrimas.
os pinos de Rendlesham Forest, en Suffolk, Inglaterra, separan la base de la «Royal Air Force» de Bentwaters de la base americana de Woodbridge, a tres kilómetros de distancia. En las primeras horas de la
mañana del 27 de diciembre de 1980, según el jefe delegado de la base estadounidense, teniente coronel
Charles I. Halt, los guardias de seguridad de Woodbridge observaron unas luces extrañas fuera de la verja posterior de la base.
Pensando que podía haber caído un avión en el bosque, pidieron permiso para investigar. Tres guardias informaron muy pronto de la presencia de un extraño objeto brillante en el bosque. Dijeron que parecía metálico y que era de forma triangular, aproximadamente de dos a tres metros de anchura en la base y dos metros de altura. Iluminaba todo el bosque con una luz blanca.
«El objeto tenía una luz roja intermitente en la cima y una serie de luces azules debajo, informó Halt en su declaración firmada. Estaba flotando o aguantándose sobre unas patas. Al acercarse la fuerza de seguridad al objeto, éste maniobró entre los árboles y desapareció. En el mismo instante, los animales de una granja próxima se pusieron frenéticos. El objeto fue brevemente visto, aproximadamente una hora más tarde, cerca de la verja de atrás.
«El día siguiente prosiguió Halt- se encontraron tres depresiones de tres centímetros de profundidad y dieciocho centímetros de diámetro en el suelo, en el lugar donde había sido visto el objeto. La noche siguiente se comprobó la radiación en la zona. Se registraron cifras de 0,1 miliroentgens beta/gamma, con lecturas máximas en las tres depresiones.»
«A hora más avanzada de la noche, se vio una luz roja parecida a la del Sol entre los árboles -decía la extraña declaración de Halt-. Se movía de un lado a otro y era intermitente. En un momento dado pareció arrojar partículas brillantes y entonces se dividió en cinco objetos blancos separados y desapareció. Inmediatamente después, tres objetos parecidos a estrellas fueron observados en el cielo. Dos objetos hacia el Norte y uno hacia el Sur, todos ellos a unos diez grados sobre el horizonte. Los objetos se movían rápidamente, en bruscos movimientos angulares, y despedían luces rojas, verdes y azules.»
Interrogado sobre el incidente de Rendlesham Forest, el Ministerio de Defensa británico negó saber nada de ello. Más tarde, una copia de la declaración firmada de Halt fue adquirida en los Estados Unidos al amparo de la Ley de Libertad de Información. También se obtuvo una grabación de la voz de Halt.
Las autoridades de ambos Gobiernos se negaron después a hacer comentarios, diciendo solamente que su «seguridad de defensa no estuvo nunca en
peligro». Los escépticos han sostenido que todo el incidente fue causado por el rayo giratorio de un faro próximo.
or la mañana, temprano, del 6 de diciembre de 1955,
Lucian Landau, hombre de negocios londinense, participó en un drama extraño. Estaba durmiendo en la casa de
Constantine Antoniades en Ginebra cuando sintió que alguien entraba en su habitación. Se volvió en la cama y vio una débil mancha de luz en la que gradualmente percibió la figura de la esposa muerta de su anfitrión. Junto a la figura, había un perro alsaciano de desacostumbrado pelo castaño. La aparición empezó a desvanecerse pronto, pero, mientras se disolvía, Landau oyó que decía:
«Dígaselo a él.»
El hombre de negocios londinense no vaciló en dar la información a su anfitrión cuando se encontraron a hora más avanzada. Pero no le explicó exactamente lo ocurrido, sino que se limitó a preguntarle si su esposa había tenido alguna vez un perro alsaciano.
-Oh, sí -respondió el señor Antoniades-. Todavía vive.
Esta respuesta sorprendió a Landau, puesto que no había visto ningún perro en la casa. Entonces le explicó Antoniades que había ingresado el can en una residencia para perros al enfermar su esposa, ya que él no podía cuidar del animal. Cuando Landau
habló por fin a su anfitrión de la fantástica visita, Antoniades llamó a la residencia y se enteró de que el perro había muerto pocos días antes.
Las palabras «dígaselo a él» empezaban atener sentido.
Cuando un investigador de la Society for Psychical Research en Gran Bretaña estudió el caso, Antoniades corroboró el notable episodio.
-Afirmo -declaró- que no había ninguna fotografía de mi esposa con el perro o del perro solo en ningún lugar de la casa donde hubiese podido verla Landau antes de que se produjese el incidente.
a extraña historia empezó el 21 de febrero de 1977, cuando el cuerpo de
Teresita Basa fue encontrado por la Policía. La mujer, de cuarenta y ocho años, yacía en el suelo de su alto apartamento en Chicago, apuñalada y quemada en parte.
Como tantos otros esperanzados inmigrantes, Basa había venido a los Estados Unidos desde las Filipinas, buscando empleo y una mejor calidad de vida. Había estado trabajando como terapeuta del aparato respiratorio en el
«Edgewater Hospital», y la Policía no tenía pista alguna para resolver el crimen. Su primera impresión fue que tal vez había sido asesinada por un amante. Pero la verdadera solución la daría, en definitiva, el fantasma de Basa.
El doctor José Chua y su esposa trabajaban también en el hospital, aunque no habían mantenido estrecha relación con Teresita.
Pero una noche, estando el matrimonio en su casa de Skokie, pequeña ciudad próxima a Chicago, Mrs. Chua cayó inesperadamente
en un extraño trance. Se levantó y entró en el dormitorio, donde
se tumbó en la cama. Entonces, una voz extraña, hablando en tagalo (una lengua de las Filipinas), dijo: «Soy Teresita Basar».
Después de que la extraña voz acusara del asesinato a un enfermero
del hospital, Mrs. Chua salió del trance. Pero sufrió otros
parecidos durante los días siguientes, declarando, con la voz de la
mujer asesinada, que el enfermero, un joven negro llamado Allen
Showery, había robado sus joyas y regalado su anillo con una perla a su amiga.
El doctor Chua, aterrorizado por estas declaraciones, no tuvo más remedio que ponerse en contacto con la Policía local. Su llamada fue pasada a
Joseph Stachula y Lee Epplen, dos detectives veteranos.
Los detectives se mostraron naturalmente escépticos, pero como no tenían otras pistas en el caso, decidieron seguir ésta. Cuando se entrevistaron con los Chua, les interrogaron minuciosamente sobre las acusaciones de Teresita Basa. Preguntaron especialmente a la pareja si Teresita decía que había sido violada además de asesinada. En realidad, no había existido tal violación, y los detectives hicieron esta pregunta para ver si la pareja seguía esta falsa hipótesis. Pero los Chua no se dejaron sorprender. También impresionó a los investigadores lo mucho que parecían saber los Chua del asesinato.
«Ni siquiera hoy -escribió un tiempo más tarde el detective Stachula-, estoy completamente seguro de cómo se obtuvo la información. Sin embargo, todo
era absolutamente cierto.»
Trabajando sobre estas pistas, la Policía de Evanston registró el apartamento de Showery y encontró las joyas de Teresita. Incluso hallaron el anillo con una perla en posesión de su amiga. Cuando le presentaron las pruebas, Showery confesó el asesinato y fue más tarde condenado por su crimen. El caso se cerró oficialmente en agosto, aparentemente solucionado por el fantasma de Teresita.
na mañana de domingo, el reverendo
Charles Morgan, ministro de la Iglesia Metodista Rosedale, de Winnipeg, Manitoba, Canadá, llegó temprano para prepararse para el oficio de la tarde. Antes de entrar en su despacho, colocó en el tablero los números de los himnos preferidos por el maestro de capilla y, después, realizó otros preparativos.
Hecho esto, se retiró a su despacho y decidió echar una siesta hasta que fuese la hora del oficio. Pronto se quedó dormido e inmediatamente tuvo un vivido sueño de oscuridad y de ruidos de grandes y rompientes olas. Dominando aquel estruendo, un coro cantaba un viejo himno en el que no había pensado el reverendo Morgan desde hacía años.
El sueño era tan inquietante que el pastor se despertó, con el himno resonando todavía en sus oídos. Miró su reloj y vio que
tenía tiempo de continuar su siesta; lo cual hizo, presumiendo erróneamente que su breve período de vigilia habría despejado su mente de la turbadora visión.
En cuanto se durmió de nuevo, volvió el sueño: las aguas agitadas, la profunda oscuridad, el viejo himno. Ahora se despertó sobresaltado, extrañamente conmovido. Por fin se levantó, se dirigió a la iglesia vacía y puso el número de un nuevo himno en el tablero.
Cuando empezó el servicio, la congregación cantó el himno que había oído Morgan en sus sueños, un himno extraño para ser cantado en una iglesia situada a miles de kilómetros del océano: «Escúchanos, Padre, mientras te rezamos por los que están en peligro en el mar.»
Al oír estas palabras, los ojos de Morgan se llenaron de lágrimas.
Poco tiempo después, el ministro se enteró de que, en el momento en que él y sus feligreses estaban cantando el himno, una gran tragedia se había producido en el océano. Era el 14 de abril de 1912 y, a lo lejos, en el norte del Atlántico, se estaba hundiendo el
Titanic.
odo empezó de manera bastante inocente en octubre de 1979, cuando dos parejas de Dover, Inglaterra, emprendieron juntas unas vacaciones, con intención de viajar por Francia y España. Terminó en un viaje que les llevó a otro mundo.
Geoff y Pauline Simpson y sus amigos Len y Cynthia Gisby subieron a un barco que les llevó a través del Canal de la Mancha a la costa de Francia. Allí alquilaron un coche y siguieron hacia el norte. A eso de las
9:30 de aquella primera noche del 3 de octubre, empezaron a cansarse y buscaron un sitio donde pernoctar. Salieron de la autopista cuando vieron un motel de lujoso aspecto.
Len entró y encontró en el vestíbulo a un hombre que vestía un extraño uniforme de color ciruela. El hombre dijo que no había habitaciones libres en el motel, pero que había otro, más pequeño, siguiendo la carretera hacia el sur. Len le dio las gracias y él y sus compañeros continuaron adelante.
Durante el camino, les chocó la rareza de la estrecha carretera empedrada y de los edificios ante los que pasaban. También vieron unos carteles anunciadores de un circo. «Era un circo muy anticuado -recordó más tarde Pauline-. Por esto nos interesó tanto.»
Por último vieron los viajeros un edificio largo y bajo con una hilera de ventanas brillantemente iluminadas. Algunos hombres estaban en pie delante de aquél y, cuando Cynthia habló con ellos, le dijeron que aquello era una posada, no un hotel. Los amigos continuaron por la carretera hasta que vieron dos edificios; uno de ellos era un cuartel de la Policía y el otro una casa anticuada de dos pisos y con un rótulo que decía
«Hotel». En su interior, todo era de madera sólida. No había manteles sobre las mesas, ni señales de comodidades modernas como teléfonos o ascensores.
Las habitaciones no eran menos extrañas. Las camas tenían sábanas gruesas y ninguna almohada. No había cerraduras en las puertas, sino solamente pestillos de madera. El cuarto de baño que tuvieron que compartir las parejas
tenía instalaciones anticuadas.
Después de cenar, volvieron a sus habitaciones y se durmieron.
Se despertaron cuando se filtró la luz del sol a través de las ventanas, que no tenían cristales y sí, solamente, postigos de madera. Volvieron al comedor y tomaron un sencillo desayuno con un café «negro y
horrible», recordó
Geoff.
Cuando estaban sentados allí, una mujer en traje de noche de seda y llevando un perro debajo del brazo se sentó delante de ellos.
Aquello era extraño -dijo Pauline-. Parecía que acababa de venir de un baile, pero eran las siete de la mañana. Yo no podía dejar de mirarla.
Entonces entraron dos caballeros.
-No se parecían en nada a los gendarmes que vimos en otros lugares de Francia -observó
Geoff-. Sus uniformes parecían muy antiguos.
Estos eran de un azul muy oscuro y los oficiales llevaban capas sobre los hombros. Sus sombreros eran grandes y con picos.
A pesar de estas rarezas, las dos parejas lo pasaron bien y, cuando volvieron a sus habitaciones, los dos maridos tomaron separadamente fotografías de sus esposas de pie junto
a las ventanas cerradas.
Al salir, Len y Geoff hablaron con los gendarmes sobre la mejor manera de llegar a la autopista de Aviñón y a la frontera española. Los oficiales parecieron no comprender la palabra
autorouet y los viajeros presumieron que habían pronunciado mal la palabra francesa. Las instrucciones que les dieron fueron muy deficientes; irían a parar a una vieja carretera apartada varios kilómetros de su camino. Decidieron emplear el mapa y seguir una carretera más directa.
Después de cargar el coche, Len fue a pagar la cuenta y se sorprendió cuando el director le pidió solamente diecinueve francos. Presumiendo que había un error, Len le explicó que eran cuatro y que habían cenado allí. El director asintió con la cabeza. Len mostró la factura a los gendarmes, los cuales le dijeron sonriendo que la cuenta era correcta. Pagó en dinero efectivo y salió antes de que pudiesen cambiar de idea.
A su regreso, después de pasar dos semanas en España, las dos parejas decidieron detenerse de nuevo en aquel hotel. La estancia había sido agradable y los precios ciertamente no tenían rival. La noche era fría y lluviosa, y la visibilidad, escasa; pero encontraron el desvío y observaron los carteles del circo que habían visto la otra vez.
-Indudablemene, es ésta la carretera -declaró Pauline.
Lo era, pero no había ningún hotel junto a ella. Pensando que se habían equivocado, volvieron atrás hacia el motel donde el hombre del traje de color ciruela les había dado la dirección. El motel estaba allí, pero no había nadie vestido de aquella manera, y el
recepcionista negó que semejante individuo hubiese trabajado nunca allí.
Las parejas recorrieron tres veces la carretera en ambas direcciones buscando algo que ahora empezaban a comprender que ya no estaba allí. Había desaparecido sin dejar rastro.
Se dirigieron hacia el norte y pasaron la noche en un hotel de Lyon. La habitación con dos comodidades modernas, el desayuno y la cena les costó 247 francos.
A su regreso a Dover, Geoff y Len hicieron revelar sus respectivos rollos de películas. En ambos casos, las fotografías del hotel (una tomada por Geoff y dos por Len) estaban en la mitad del rollo. Pero cuando recogieron las fotos, faltaban las tomadas en el interior del hotel. No había negativos estropeados. Cada película
tenía el número completo de fotos. Era como si aquéllas no hubiesen sido tomadas, salvo por un pequeño detalle que observó un reportero de televisión de Yorkshire: «Había indicios de que la cámara había tratado de hacer correr el rollo en mitad de la película. Unos agujeros producidos por ruedas dentadas en los negativos perjudicaban
éstos».
Las dos parejas guardaron silencio sobre su experiencia durante tres años, contándola solamente a los amigos y la familia. Un amigo encontró un libro en el cual se decía que los gendarmes llevaban los uniformes descritos antes de 1905. En definitiva, un reportero del periódico de Dover se enteró y publicó el relato del suceso. Más tarde, una emisora local de televisión transmitió una versión dramatizada de la experiencia.
En 1985, un psiquiatra de Manchester, Albert Keller, hipnotizó a Geoff Simpson para ver si podía recordar el peculiar acontecimiento. Bajo hipnosis, no añadió nada nuevo a lo que conscientemente recordaba.
Genny Randles, escritora británica que investigó el extraño episodio, se pregunta: «¿Qué ocurrió realmente a los cuatro viajeros en la Francia rural? ¿Fue un resbalón en el tiempo? Si fue así, una se pregunta por qué el director del hotel no se mostró sorprendido ante su vehículo y su indumentaria futurista y por qué aceptó moneda de 1979, que ciertamente habría parecido extraña a cualquiera que hubiese vivido en aquel tiempo pasado.»
Los viajeros -tal vez viajeros en el tiempo- no se lo explican -sólo sabemos que ocurrió-
dice Geoff.
eneralmente se presume que los aterrizajes de los
OVNIs se producen a escondidas, en zonas relativamente aisladas, lejos de las miradas curiosas. Por ejemplo, ningún OVNI ha aparecido sobre la Casa Blanca ni ha aterrizado en la Plaza Roja.
Sin embargo, con frecuencia han sido vistos OVNIs en ciudades muy pobladas. Muchas personas dijeron haber visto un OVNI aterrizando en los «Apartamentos Stonehenge» de Jersey City, la noche del 12 de enero de 1975. El objeto esférico fue visto por al menos nueve observadores, incluido el portero, desde dentro y desde fuera del bloque de apartamentos.
Según las noticias que se publicaron, después de aterrizar el OVNI en el parque, se abrió una portezuela, y unos pequeños humanoides, vestidos como «niños con traje de esquiar», descendieron por una escalerilla. Después cavaron en el césped con unas herramientas que parecían palas. Vertieron las muestras en el equivalente extraterrestre de unos cubos y volvieron a subir al OVNI. Entonces éste se elevó con un brillante chorro de luz y desapareció en el cielo nocturno. La esfera «oscura, casi negra» produjo un ruido sordo, como el del «motor de un frigorífico».
Un año más tarde, en enero y febrero de 1976, parece que el OVNI volvió a visitar el escenario de sus primeras excavaciones. Fue visto en tres ocasiones diferentes por los inquilinos de los «Apartamentos Stonehenge» y por transeúntes casuales. Existe una coincidencia improbable en el nombre de los apartamentos, pues en Inglaterra, en el llano de Salisbury, las extrañas y no identificadas ruinas de Stonehenge han sido a menudo consideradas como construidas por, o recibido la visita de, seres extraterrestres.
a tarde del 24 de abril de 1964, el agente de Policía
Lonnie Zamora, de Socorro, Nuevo México, se hallaba detrás del volante
de su coche patrulla «Pontiac» blanco. Un «Chevrolet» negro pasó zumbando por delante del juzgado de la pequeña población, y Zamora le persiguió. En vez de extender una sencilla denuncia por exceso de velocidad, el policía, veterano de cinco años, rodó a través del Distrito de Twilight.
Se dirigía hacia el Sur por la Old Rodeo Street, persiguiendo furiosamente al infractor, cuando «oyó un estruendo y vio una llama en
el cielo a cierta distancia, hacia el Sudoeste». Ahora, fuera ya de los límites de la población, salió Zamora de las calles pavimentadas a una tosca carretera de grava que conducía a los montes y hacia la rugiente llama.
Zamora subió por la ondulada y empinada cuesta. Entonces «advirtió de pronto un objeto brillante hacia el Sur, a unos ciento cincuenta o doscientos metros de distancia». En el fondo de un barranco, vio Zamora lo que primero creyó que era un coche volcado y «plantado sobre el radiador o el portaequipajes». A su lado había «dos personas que vestían monos blancos. Una de aquellas personas pareció volverse y mirar directamente a mi coche».
Deseoso de ayudarles, Zamora siguió adelante, notificando por radio a la Jefatura el posible accidente. Pero, cuando oyó de nuevo aquel estruendo, se refugió detrás de su coche y se le cayeron las gafas. Dijo que ahora pudo ver que aquel objeto ovalado no era ningún automóvil, sino un aparato de aluminio blanco que se sostenía sobre cuatro patas de aterrizaje. Su superficie era lisa, sin puertas ni ventanas visibles. En el centro de uno de los lados llevaba una insignia roja, un triángulo truncado de ochenta centímetros de alto por sesenta de ancho. Aquella cosa se elevó del barranco, dijo Zamora, dejando tras de sí una estela de fuego, mientras el estruendo se convertía en un estridente silbido.
Cuando volvió para investigar el lugar, algún tiempo más tarde, encontró algunas matas de pata de gallo chamuscadas y, más importante aún, cuatro hoyos en el suelo que indicaban, según creía, el lugar donde aquella cosa había aterrizado.
Aquel sitio fue más tarde investigado por varios militares y funcionarios del Gobierno, entre ellos el doctor
J. Allen Hynek, a la sazón asesor de Astronomía del «Air Force's Project Blue
Book» (un compendio de las visiones de OVNIs). Hynek trató de encender las matas con cerillas y de reproducir con una pala las huellas del aterrizaje, pero no pudo reconstruir satisfactoriamente las pruebas físicas del hecho. También interrogó al antiguo maestro de Zamora y a numerosos paisanos de éste, y llegó a la conclusión de que Zamora era un «policía sensato y falto de imaginación».
Hynek sostuvo hasta el día de su muerte que aquel aterrizaje en Socorro era una de las piezas de prueba más convincentes y la que mejor se ajustaba al rompecabezas de los
OVNIs. Incluso
colegas más escépticos del «Blue Book» empezaron a vacilar, y hubo algunos de la «Air Force» que pasaron años tratando de demostrar que la experiencia de Zamora había sido resultado de un arma secreta del Gobierno que
había sufrido una peligrosa avería.