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Charles Dickens hubiese tenido un sentido perverso del humor, habría podido crear un personaje parecido a
Spring-Heel Jack. Este fantasma, aparentemente surgido de las entrañas de Londres, demuestra que la realidad continúa superando a la imaginación del artista.
Spring-Heel Jack apareció por primera vez en los años de 1830, merodeando por Barnes Common, en el sudoeste de Londres, saltando sobre las personas, atacándolas físicamente y alejándose con unos saltos inverosímiles. Una víctima típica fue
Lucy Sales, de dieciocho años, que fue atacada cuando se dirigía a su casa de Green Dragon Alley, Limehouse. El personaje envuelto en una
capa salió de un salto de la sombra, escupió unas llamas que cegaron temporalmente a Lucy, y se alejó saltando.
Otra víctima fue Jane Alsop, de Bearhind Lane. Al responder a una llamada a la puerta, Jane se encontró delante de un personaje envuelto en una capa negra que le dijo: «Soy policía. Por el amor de Dios, traiga una luz. ¡Hemos prendido a Spring-Heel Jack en el callejón!»
Ella volvió con una vela, pero el «policía» echó atrás su capa, descubriendo una figura terrible, vestida con un ajustado uniforme blanco y un casco con cuernos ceñido a la cabeza. Inmediatamente agarró a Alsop y empezó a manosearla. Ella describió después a su atacante en estos términos: «Su carne era odiosa; sus ojos, como bolas de fuego. Sus manos tenían grandes garras frías como el hielo y escupía llamas azules y blancas.»
Cundió el nerviosismo en el vecindario. Se organizaron patrullas de vigilantes, pero Spring-Heel Jack siempre estaba un salto por delante de sus presuntos capturadores. Una de sus últimas apariciones fue en el cuartel de Aldershot, en 1877, donde tres centinelas fueron atacados y dispararon contra su agresor... inútilmente.
Según una teoría, Spring-Heel era en realidad el noble vagabundo
Henry, marqués de Waterford, que presuntamente conseguía la agilidad atlética atribuida a Jack valiéndose de muelles de carruaje atados a los tobillos. Tal hipótesis parece casi tan rebuscada como que el propio Spring-Heel Jack vomitaba fuego. El marqués de Waterford habría tenido que realizar su asombrosa actuación durante más de cuatro décadas, una verdadera hazaña para un hombre que habría tenido más de sesenta años.
Dicha teoría parece aún menos probable si consideramos que los paracaidistas alemanes probaron, durante la Segunda Guerra Mundial, muelles parecidos para amortiguar el choque contra el suelo. Los experimentos dieron por resultado una gran cantidad de tobillos fracturados.
l antropólogo
Joseph Mandemant informó en una ocasión de un sueño profético en que se encontró a sí mismo en la famosa Cueva Bedeilhac. En la caverna francesa, los cazadores prehistóricos estaban reunidos en torno de una hoguera. En el techo, Mandemant podía ver con claridad escenas de caza, obviamente pintadas por los moradores de la caverna.
A Mandemant le llamó la atención la presencia de un hombre y una mujer, que dio por sentado que eran amantes. Salieron de la zona principal y desaparecieron a través de una pequeña hendidura en un espacio más pequeño y privado y por el reborde de un afloramiento. Mientras el antropólogo observaba a los dos humanos acurrucarse en la oscuridad, se escuchó un repentino rugido que se produjo en el momento en que el techo de la caverna se hundió, bloqueando la estancia donde se había encontrado la pareja.
Cuando despertó, Mandemant puso por escrito cada detalle del sueño y luego partió hacia la cueva Bedeilhac. Al principio, creyó seriamente que aquel viaje no era más que una búsqueda inútil. Sin embargo, en el interior de la caverna, localizó una gran losa de piedra caliza en el lugar que parecía ser la misma localización de la hendidura que llevaba al espacio privado de los amantes en su sueño. Dio unos golpes en diversos lugares y escuchó un alentador sonido a hueco. Contrató a unos obreros para que perforasen a través de la piedra y, con tanta seguridad, al otro lado encontró el espacio de los amantes en el saliente.
Aunque allí no había el menor resto de los prehistóricos amantes, Mandemant encontró las rudas pero elaboradas escenas de caza que había visto por primera vez en su sueño.
uchas culturas tecnológicamente sencillas creen que podemos establecer contacto con los muertos a través de nuestros sueños. En realidad, algunos antropólogos sugieren que la creencia en una vida después de la muerte se deriva del hecho de que comúnmente soñamos con amigos y parientes muertos. Sin embargo, algunos estudios recientes indican que algunos de estos sueños peculiares podrían ser literalmente ciertos.
Varios casos que apuntan en este sentido han sido recogidos por Helen
Solen, de Portland, Oregon, que se ha interesado particularmente por las experiencias oníricas de un ama de casa a la que llama
Gwen. Los sueños de Gwen sobre un ser muerto empezaron en 1959, poco después del fallecimiento de su madre. «No recuerdo específicamente si alguna vez había soñado o no con algún muerto -explicó a Solen-. Sin embargo, me afligió mucho la muerte de mi madre a la temprana edad de cuarenta y nueve años, y desde entonces, ella vino a mí en mis sueños, especialmente cuando estaba perpleja o preocupada.»
Gwen aprendió pronto que podía pedir ayuda a su madre en momentos de crisis y que el fantasma le respondería en sueños. Una noche, por ejemplo, Gwen soñó con una habitación llena de ataúdes. El misterioso sueño le sugirió que su padre estaba también a punto de morir. Su madre se le apareció en sueños aquella noche para consolarla, diciéndole que ella ayudaría personalmente al viejo en su tránsito. Dos días más tarde, el padre de Gwen fue ingresado urgentemente en un hospital y los médicos aconsejaron una delicada operación. Gwen autorizó la operación, pero a los dos días se produjo el desenlace.
La madre se apareció a Gwen en un sueño que tuvo ésta de mañana, para decirle que la crisis había terminado al fin. Gwen se despertó inmediatamente después de aquel sueño y vio que eran
las siete de la mañana. Más tarde, aquella misma mañana, la llamaron desde el hospital para decirle que su padre había muerto... precisamente a las
7:10 de la mañana.
unque existen quienes dudan de la veracidad de los sueños proféticos, muchas personas han previsto el futuro durante su sueño. Por ejemplo, el escritor
Rudyard Kipling informó acerca de un sueño en que se encontraba en un acto oficial. Su visión de una ceremonia no identificable quedaba obstruida por la barriga de un hombre obeso que se encontraba delante de él. Y, al final del sueño, se le aproximó un desconocido y pidió mantener una charla con Kipling. Seis semanas después, Kipling se hallaba en un acto que pronto identificó como aquel al que había asistido en su sueño. En realidad, todo el acontecimiento era exactamente el mismo tal y como lo había visto, incluyendo los detalles del hombre gordo y del desconocido.
Existen innumerables personas corrientes que también han compartido en sus sueños una visión del futuro. El niño de cuatro años,
Robert Beresford, de Buckingharnshire, Inglaterra, no puede decirse que estuviese particularmente preocupado acerca de la Primera
Guerra Mundial, en octubre de 1918. Pero el día 18 de ese mes, mientras hacía su siesta de la tarde, empezó a musitar en su sueño:
-Pobre señora Timms -le oyeron decir los padres de Robert-. ¿No se lo contará nadie?
Mientras el niño seguía durmiendo, le preguntaron qué había que contarle a la señora Timms.
-Es algo acerca de Edwin -replicó al cabo de unos minutos-. Está muerto, muerto en el barro.
Los padres quedaron perplejos. No conocían a nadie que se llamase Timms o Edwin. Cuando despertó, Robert no se acordaba de nada referente a su sueño.
Tras haber mencionado el episodio al médico de la familia, éste recordó a una mujer que se llamaba Timms y que vivía a unos 30 km de allí. Cuando realizó averiguaciones, se enteró de que la mujer, en efecto, tenía un hijo que se llamaba Edwin y que habían mandado a Francia. El día del sueño, Edwin había muerto en combate. Robert Baresford, obviamente, había dado informaciones de la muerte de Edwin antes incluso de que su madre recibiera la notificación oficial.
Helen Watson de Ellerbuck, Inglaterra, también experimentó un sueño profético en tiempos de guerra, referente a su hijo,
Teddy, que se hallaba entre los dados por desaparecidos en 1940, después de la batalla de Dunkerque. Muchos registros vitales quedaron destruidos durante la evacuación de Dunkerque y no quedó documentación oficial de dónde habían enterrado a Teddy. Sin embargo, una noche, en 1956, Helen soñó que se encontraba en un cementerio militar en Dunkerque en medio de hileras e hileras de cruces blancas sin inscripciones. Mientras se aproximaba a una de estas tumbas en particular, apareció su hijo, le sonrió y luego desapareció.
A continuación, tras viajar hasta el cementerio de Dunkerque, Helen Watson encontró la tumba que su hijo había indicado en el sueño. Se puso en contacto con medios oficiales y éstos se mostraron conformes en exhumar el ataúd. Dentro, encontró el rosario, un relicario y una pitillera con monograma que pertenecieron al cabo Teddy
Watson.
a ciencia está muy lejos de comprender cómo
vuelven a casa los animales. La orientación por la posición del sol o por el campo magnético de la Tierra son dos posibilidades. Pero, ¿qué decir de los animales perdidos que encuentran el camino para volver junto a sus dueños en un terreno desconocido? El caso de
Sugar, el gato casero, es un misterio de esta clase.
Sugar, gato persa de color crema, era el orgullo y la alegría de Mr. y Mrs.
Stacy Woods, de Anderson, California. La pareja decidió abandonar la zona en 1951, pero como Sugar
tenía miedo a los coches, decidieron de mala gana dejarlo a unos vecinos. Conducir el coche hasta su nueva residencia, en una casa de campo de Oklahoma,
sería ya bastante complicado sin tener que habérselas con un gato molesto. Los Woods salieron para la población de Gage y probablemente pensaron poco en Sugar mientras montaban su nueva casa. Pero un día, catorce meses más tarde, Mistress Woods estaba cerca del henil cuando un gato saltó a través de la ventana y se posó en su hombro. Naturalmente, Mrs. Woods se sobresaltó y se quitó el gato de encima. Pero, al observarlo con más atención, vio que se parecía extraordinariamente a Sugar. Ella y su marido adoptaron pronto al felino y comentaban con frecuencia el parecido.
A pesar de la coincidencia, ni Mr. ni Mrs. Woods creyeron que aquel gato fuese Sugar hasta varios días más tarde. Mr. Woods estaba acariciando al felino cuando advirtió el hueso deformado de la cadera del gato. Era, exactamente, el defecto que tenía Sugar. Cuando al fin se pusieron en contacto con sus antiguos vecinos de California, los Woods se enteraron de que Sugar había desaparecido pocas semanas después de su partida. Los vecinos no habían comunicado la desaparición a la pareja, temiendo que les disgustaría la noticia.
lgunas de las serpientes más largas conocidas viven en la cuenca del río Amazonas, en Brasil. Por ejemplo, a principios del siglo XX, dos reputados observadores localizaron serpientes monstruosas y transmitieron sus relatos a la civilización. Pero, a veces, por fiables que fuesen los testigos, la gente se niega a creerlo.
Por ejemplo, en 1907 el coronel Henry Fawcett estaba investigando la cuenca del Amazonas por cuenta de la Real Sociedad Geográfica. Él y su equipo de indios viajaban por el río Abunha cuando la cabeza triangular de una anaconda apareció debajo de la proa de su barco. Fawcett cogió su rifle y disparó una bala contra el lomo del reptil. Se produjo entonces una súbita agitación de espuma y un golpe contra la quilla de la embarcación antes de que la serpiente muriera, mientras su cuerpo continuaba ondulando con fantasmales temblores. Fawcett estimó que la longitud de la serpiente era de 18 m, de ellos 6 en el agua y otros 12 en la orilla.
Otra serpiente acuática incluso más larga fue avistada por Victor
Heinz, un misionero brasileño, el 22 de mayo de 1922, a las tres de la tarde. Heinz viajaba por un Amazonas crecido cuando le asustó una gran forma a unos 30 m delante de él. Se trataba de una gigantesca serpiente acuática, enrollada en dos rizos y derivando plácidamente a favor de la corriente. Tan gruesa como un bidón de petróleo, su longitud visible era, más o menos, de 24 m.
El sacerdote y su tripulación pasaron a la serpiente, manteniéndose en silencio e intentando que la embarcación no se moviera mucho a causa de su temblor colectivo. Cuando la nave quedó lejos
de la visión del monstruoso reptil, uno de los guías explicó que la razón de que la serpiente estuviese tan calmada se debía a que acababa de alimentarse con varios enormes roedores llamados capibaras.