telio
Arcadiou, que actúa bajo el nombre de Stelarc, llama anticuada la suspensión corporal, una especie de técnica de privación que simboliza «las limitaciones físicas y psicológicas del cuerpo». El ejercicio implica colocar 18 grandes anzuelos clavados en su piel, conectándolos con unos cables y luego colgarlos de árboles, grúas o techos durante tiempo de hasta treinta minutos.
Las suspensiones, a menudo practicadas ante una audiencia fascinada, varían en diseño y en intensidad. En una ocasión, Stelarc se colgó del techo de un cuarto pequeño y tranquilo, rodeado de un círculo de piedras suspendidas. Describió la sesión como «meditativa y apacible», en contraste con la experiencia «ruidosa y perturbadora» que había tenido mientras se hallaba colgado por encima de una calle de la ciudad de Nueva York. Y cuando se suspendió de una grúa, a 60 m de altura por encima de las calles de Dinamarca, admitió haberse aterrorizado.
Pero afirma que los ejercicios son necesarios, pues «la tecnología ha sobrepasado nuestra capacidad de evolución». Stelarc lo explica así:
-El cuerpo no puede hacer frente a la calidad o cantidad de información a la que se enfrenta. El hombre se halla en un tipo de crisis evolutiva: el cuerpo está ya anticuado. El siguiente paso en la
evolución humana consistirá en combinar la tecnología con el cuerpo. Las suspensiones representan una de esas sendas evolutivas.
Para Stelarc y sus públicos, las suspensiones son una comprobación del deseo primordial de hallarse suspendido en el espacio. Continúa dentro de los límites de las fuerzas gravitatorias, pero la audiencia es testigo del simbolismo del hombre sobreponiéndose a la fuerza de la gravedad.
Stelarc nunca ha tenido problemas médicos graves como resultado de sus actos de meditación.
emiremont, pequeña población francesa cerca de la frontera alemana,
tenía una imagen de la Virgen María llamada Notre Dame du
Trésor. Ofrecida a Remiremont en el siglo VIII, la estatua había sido largo tiempo considerada protectora de la población y, todos los años, desde 1682, era llevada en procesión por las calles durante una ceremonia especial en su honor.
Pero en 1907, la imagen fue objeto de una acalorada disputa. Cuando el Papa aprobó oficialmente la ceremonia, las fuerzas anticatólicas del lugar protestaron violentamente. Las autoridades se sintieron tan intimidadas por las amenazas que prohibieron la ceremonia y, por primera vez en varios siglos, no se celebró la procesión.
Pareció un castigo divino cuando una fuerte y súbita tormenta de granizo cayó sobre Remiremont el 16 de mayo, poco después del día en que hubiese debido celebrarse la procesión. Algunas piedras eran del tamaño de tomates, y no se rompieron al chocar con el suelo. Otras, según se ha dicho, tenían impresa la imagen de
Notre Dame du Trésor.
Una descripción detallada de las piedras fue incluso escrita por el
abbéGueniot, cura del lugar: «Vi muy claramente en la cara de las piedras, que eran ligeramente convexas en el centro aunque los bordes estaban un poco gastados, el busto de una mujer, con un manto doblado en el borde de abajo, como la capa pluvial de un sacerdote -escribió-. El perfil de las imágenes era ligeramente hueco, pero enérgicamente trazado.»
La imagen descubierta en las piedras representaba, sin embargo, sólo una de las manifestaciones milagrosas de la tormenta. Aquellas piedras especiales, según dijeron los lugareños, caían al mismo tiempo que las otras, normales, que se estrellaban contra el suelo. Pero parecían caer despacio, como flotando, y no causaron el menor daño a nadie ni a nada.
uando
Mildred Probert, directora retirada de una tienda de animales domésticos de Denver, heredó
a Missie, esperó devolver la salud al cachorro terrier castaño de Boston. Tardó cinco años pero al fin se puso de manifiesto el talento extraordinario del perrito. Un día, mientras Probert andaba por la calle con Missie,
se cruzaron con una mujer y un niño pequeño. Probert preguntó la edad del niño, pero éste era muy tímido y no le respondió. Lo hizo la madre, diciendo que tenía tres años. Mientras trataba ella de persuadir con halagos al niño para que dijese «tres», Missie ladró espontáneamente tres veces. Todos se echaron a reír, pero el incidente resultó ser más que una simple coincidencia: Se comprobó que Missie podía contestar muchas preguntas ladrando, especialmente sobre problemas matemáticos. También se vio muy pronto que el perro podía incluso predecir el futuro.
Pero la verdadera hazaña canina se produjo la víspera de Año Nuevo de 1965, cuando Missie fue «entrevistada» por la radio
«KTLN». Nueva York estaba sufriendo entonces una fastidiosa huelga de transportes y las negociaciones estaban estancadas, por lo que el locutor preguntó a Missie cuándo terminaría la huelga, formulando las preguntas de manera que pudiesen ser contestadas con el número de ladridos de Missie. De éstos resultó que la fecha crítica sería el 13 de enero, que fue ciertamente el día exacto en que terminó la huelga. El perrito predijo también acertadamente el resultado del Campeonato de Béisbol de aquel año.
A veces, Missie daba informaciones totalmente inesperadas. El 10 de
septiembre de 1965, Probert recibió la visita de una mujer embarazada amiga suya. Como Missie había predicho a menudo fechas de nacimiento de los niños, la pareja decidió consultar al perro. Missie respondió a la pregunta indicando el 18 de
septiembre. La mujer en cinta se echó a reír, pues, según explicó a su anfitriona tenía fijado el 6 de octubre para una cesárea. E incluso se mostró más escéptica cuando Missie declaró que el niño nacería a las nueve de la noche, puesto que su médico no trabajaba a aquellas horas.
Pero todo ocurrió como había predicho Missie. Los dolores del parto empezaron inesperadamente el 18 y la mujer fue llevada con urgencia al hospital, donde su hijo nació a las nueve en punto de la noche.
La carrera de adivina de Missie no duró mucho. Se atragantó con un trozo de caramelo y murió en mayo de 1966. Precisamente entonces estaba proyectando
Walt Disney hacer una película sobre su extraordinaria vida.
osemary
Brown, viuda londinense, tenía un piano, pero no era muy experta en tocarlo. Sólo conocía a un músico: un ex organista de
iglesia que estaba tratando de enseñarla. El mundo musical y el resto de Londres no podían explicarse cómo, en 1964, había empezado a componer piezas musicales que parecían escritas por los grandes maestros.
Lo cierto es que Rosemary decía ser clarividente, condición que también se atribuía a su madre y a su abuela. Decía que
Franz Liszt, que la había «visitado» una vez en una visión cuando era pequeña, se le aparecía y le traía música de maestros como
Beethoven, Bach, Chopin y otros. Cada cual le dictaba su propia música. A veces, decía, le tomaban las manos, aplicándolas sobre las teclas adecuadas; otras veces, sólo le dictaban las notas. Pero, entre las obras que produjo estaban el final de la Décima y la Onceava Sinfonía de Beethoven, que, al morir éste, no habían sido terminadas; una sonata en cuatro páginas de
Schubert, y numerosas obras de Liszt y otros.
Músicos y psicólogos examinaron el material e investigaron cada línea de música y cada línea del testimonio de Brown. Aunque algunos músicos dijeron que aquello era copiado, y copiado mal, otros se sorprendieron de la calidad del trabajo. Todos convinieron en que cada pieza que producía estaba sin duda escrita según el estilo del compositor a quien la atribuía. Nadie ha encontrado pruebas de que mintiese y la mayoría de los investigadores se pronunciaron a favor de su sinceridad. Fuera cual fuese
su calidad musical, era una música que iba mucho más allá de las facultades de Rosemary.
Sin embargo, Liszt defraudó en cierto aspecto a Mrs. Brown. Según la clarividente, Liszt le había prometido, en su primera visita, hacer de ella una gran pianista, cosa que nunca llegó a ser. Tal vez por eso, según añadía Mrs. Brown, los compositores que le dictaban en inglés levantaban a menudo las manos y exclamaban
Mein Gott!
a mayoría de los científicos sostienen que los dinosaurios se extinguieron hace millones de años. Pero los habitantes de Camerún, en la curva occidental de África, continúan hablando de una
enorme criatura cuadrúpeda que se parece mucho al brontosaurio.
En realidad, cuando se les muestra un dibujo de un dinosaurio parecido al brontosaurio y se les pide que lo nombren, dicen indefectiblemente que es un
Mokele-Mbembe.
Los primeros relatos autentificados sobre el Mokele-Mbembe fueron recogidos por el capitán
Freiherr von Stein zu Lausnitz en 1913. Según su información, el animal, del tamaño de un elefante, era de color pardo grisáceo, de piel suave y cuello largo y flexible. Se decía que este extraño monstruo vivía en cuevas subacuáticas barridas por el río y que cualquier canoa que se atreviese a acercarse a ellas estaba condenada de antemano. Sin embargo, se dice que, al menos en una ocasión, una banda de pigmeos mató a una de estas criaturas y se dio un banquete con su carne. También se dijo que los que la habían comido habían enfermado y muerto.
En años recientes, observadores occidentales, como el biólogo Roy
Mackal, de la Universidad de Chicago, organizaron cuatro expediciones a los relativamente aislados lagos y ríos de Camerún, en busca del escurridizo animal. Aunque no se capturó ningún ejemplar, fueron vistos, fotografiados e incluso grabadas sus voces en cinta magnetofónica, animales no identificados que se parecen a los relatados por los indígenas.
Desgraciadamente, la situación política del lugar y su difícil terreno no se prestan a exploraciones
improvisadas. La mayoría de los observadores occidentales están de acuerdo en que, si un dinosaurio quisiera esconderse, difícilmente habría podido elegir un lugar mejor. Pero tal vez un día, a no tardar, los impedimentos serán superados y el mundo sabrá si alberga todavía a un resto superviviente de su remotísimo pasado.
uchas culturas tienen historias sobre criaturas de otros mundos que vuelan, de las cuales la principal es, probablemente, el
dragón volador que vomita fuego. Pero también están, entre otras, las
arpías aladas griegas y el pájaro trueno nativo americano.
De hecho, existen restos fósiles de lo que podría ser el precursor de todos los monstruos voladores: el prehistórico
pterodáctilo de dientes muy afilados, con alas de una envergadura de más de siete metros.
Pero se han emitido informes acerca de la existencia de tales criaturas. En algunas ocasiones se ha informado de la aparición del
«Demonio de Jersey» en Nueva jersey. Afirman que es un animal del tamaño de una grúa, que tiene un largo y fino pescuezo, las patas traseras largas y las delanteras cortas, que tiene una apertura alar de 60 cm y cabeza de caballo, perro o carnero y una larga cola.
Otra criatura aterradora, llamada Kongamato, se parece a un lagarto volador, de piel suave, con un pico lleno de dientes y alas como de murciélago que, totalmente abiertas, llegan a medir entre 1,20 y 2,10 m. Y otra que infunde pavor, el
Mothman, que tiene forma humana, ha sido vista en todos los Estados Unidos, desde Texas a Virginia
Occidental.
ientras hacía una pausa en las orillas del lago Wenbu, en un lugar remoto del Tíbet, un funcionario del partido comunista chino observó horrorizado cómo una criatura parecida a un dinosaurio salía del agua, atacando y luego devorando el preciado
yak del hombre. Aunque la visión por parte de un reputado observador salió en las noticias del país por la noche, no fue la primera vez en ser vista una bestia no identificada. En la región montañosa de Manchuria llamada Changbai, el autor chino
Lei Jia fue por dos veces testigo, en 1980, de un monstruo negro de dos metros de longitud en un lago. La bestia reptiliforme, afirmó, tenía un cuello largo y una cabeza de forma ovalada. Tres funcionarios del servicio meteorológico, tras haber contemplado también la serpiente, confirmaron el informe de Jia. No obstante, cuando dispararon contra ella, el monstruo del lago desapareció.
Además, en un lago situado en un lugar al nordeste de la provincia de Jilin, los turistas, así como el personal de la cercana estación meteorológica, vieron una serpiente con una cabeza parecida a la de un pato que discurría por el agua, originando unas olas a su estela como si se tratase de una motora.
n 1835, el
New York Sun publicó una serie de artículos puramente de ficción, que proporcionaron a los lectores sus primeras entrevisiones de vida en la Luna. Con el título de
«Grandes descubrimientos astronómicos ampliamente obra de Sir John Herschel en el cabo de Buena
Esperanza», los artículos se basaban en declaraciones atribuidas al astrónomo de fama mundial, que concedía así crédito a las especulaciones.
Herschel, según alegaba el periodista Richard Locke, había empleado un nuevo telescopio de siete toneladas ubicado en el cabo de Buena Esperanza, en Sudáfrica, para ver la superficie de la Luna con mayor detalle de lo que hasta entonces había sido posible. Al ampliar la Luna 455 veces y traerla a la vista al equivalente de 8 km de distancia, Herschel era capaz de ver con claridad montañas de amatista y playas a lo largo de grandes lagos, el mayor de los cuales tenía casi 500 km de longitud. Al ajustar las lentes del telescopio, Herschel podía enfocar la superficie hasta 80 metros y observar una serie de criaturas, incluyendo a unas cabras azules, unicornes, de grandes cráneos y aves, así como también a unas bestias que se parecían a los búfalos (bisontes) norteamericanos y a los osos. Incluso identificaba algunas especies de árboles. Y lo más sorprendente de todo: había sido testigo de la presencia de criaturas humanoides con una talla de 1,20 m con alas y rostros parecidos a simios que vagaban por la superficie lunar.
En un editorial del The New York Times, se decía que la serie de los
Grandes descubrimientos astronómicos exhibía «el más extenso y exacto conocimiento de la astronomía». Y los informes, recopilados y publicados más tarde en un opúsculo aparte y vendidos en los quioscos, hizo aumentar la circulación del periódico en un 650 %.
La verdad no se reveló hasta que Locke admitió a otro periodista que, en efecto, había urdido toda la serie. Cuando la noticia apareció en el
Journal of Commerce, millares de personas crédulas
quedaron decepcionadas por completo. Sin embargo, Herschel consideró que todo aquello no había sido más que una enorme broma.
lgunos motivos corrientes para el suicidio son huir de la tristeza o de unas dificultades insoportables, la protesta, el honor -muy común en Japón y en otras partes de Asia-, librarse de una enfermedad incurable, y un amor no correspondido, algo tal vez no muy frecuente en la actualidad, respecto de otros tiempos más románticos. Pero un ofrecimiento reciente del poeta
Joaquim Castro Caldes para suicidarse por amor de la publicidad personal, constituyó una excepción de lo más interesante. Realizó la oferta de buena fe a la
Fundación Gulbenkian, una organización mundial dedicada a las artes.
Castro ofreció suicidarse por 7.000 dólares (esto suena mejor en moneda portuguesa: 1.320.000 escudos). También acompañó un desglose de cómo se gastaría el dinero en su funeral conmemorativo: 70.000 escudos para el revólver y las balas; 500.000 para la cremación y esparcir sus cenizas en el río Tajo, que pasa por Lisboa; 500.000 para una buena orquesta que tocara el
Kindertotenlieder, de Gustav Mahler, y 150.000 para una actuación de 200 payasos, acompañada de orquesta.
De manera no sorprendente, la Fundación se negó a aceptar aquella oferta tan detallada e imaginativa que, de todos modos, trascendió a la Prensa a través de la información facilitada por la eventual «víctima». En todo caso, el poeta consiguió la publicidad deseada, sin haber tenido por ello que matarse.
l oceanógrafo y conservacionista
Jacques Cousteau propuso una horrenda visión de las consecuencias de la actual explotación y contaminación de los océanos mundiales por parte de la Humanidad.
Si toda la vida acuática de los océanos muriera de repente, la materia orgánica en descomposición produciría un insoportable hedor. El olor transportado por el aire impulsaría a la gente a alejarse de las fértiles zonas costeras y establecerse en las montañas y zonas altas, que apenas podrían soportar el abrumador influjo de sus nuevos habitantes.
Sin embargo, aún sería peor la liberación de anhídrido carbónico en la atmósfera. Abandonado a sus propios mecanismos y sin la vida acuática para ayudar a mantener el equilibrio de las sales y gases de la Tierra, el gas aumentaría de una forma sostenida y daría origen a un efecto invernadero. El calor terrestre, en lugar de irradiar hacia el espacio, quedaría atrapado debajo de la estratosfera y elevaría las temperaturas al nivel del mar a límites intolerables. Los helados casquetes polares se derretirían y originarían inundaciones de proporciones inimaginables.
Por auténticas pesadillas que esas perspectivas puedan parecer, son únicamente unas posibilidades muy verosímiles. A medida que la gruesa película de materia orgánica muerta revistiera la tierra y el mar, el cieno interferiría con la evaporación y las subsiguientes precipitaciones. El resultado sería una sequía global y el hambre.
La última consecuencia, treinta a cincuenta años después de que los océanos muriesen oficialmente, sería la extinción de la raza humana. Confinados a unas zonas superatestadas entre los mares muertos y las montañas estériles, y sufriendo de falta de alimentos, enfermedades, epidemias y un tiempo pésimo, los humanos sucumbirían finalmente a la anoxia, o falta de oxígeno. Y la vida sobre la Tierra quedaría reducida a las bacterias y algunas pocas especies restantes de insectos.
Esto, llegado el momento, es muy probable que suceda, y el proceso tal vez haya empezado con el envenenamiento de los océanos y mares, por lo que ahora sería el momento para comenzar el
estudio de vuelos espaciales a otros planetas, sobre todo a aquellos con un buen suministro de agua.