os escépticos suelen burlarse de los videntes diciendo que, si la percepción extrasensorial es realmente eficaz, ¿por qué no se han beneficiado en las carreras? En realidad, existen pruebas de que algunos de ellos lo han hecho.
La «British Broadcasting Company» emitió una serie de entrevistas sobre investigación metapsíquica en 1934. Entre los participantes se hallaban
Mrs. Edith Lyttleton, ex delegada en la Sociedad de Naciones, que era una vidente muy dotada. Lyttleton dedicó su comunicación al tema de la precognición, y terminó su intervención pidiendo a los oyentes que la informasen de sus propias experiencias. Entonces estudió sistemáticamente los casos más prometedores, especialmente aquellos que podían demostrarse documentalmente. Es curioso que un número extraordinario de casos fueron presentados por personas cuyas experiencias precognitivas
se centraban en las carreras de caballos. Muchos de los testigos habían empleado incluso la información para hacer apuestas.
Por ejemplo, uno de los corresponsales de Lyttleton fue una tal Mrs. Phyliss
Richards, cuya experiencia había tenido lugar el año anterior.
«Fui de Belfast a Liverpool en la noche del jueves 23 de marzo de 1933 para ver la
"Grand National" que se corría el día siguiente -dijo Mrs. Richards-. En el barco me di cuenta de que había olvidado mi impermeable y esto me fastidió un poco. Me acosté y soñé que estaba en la carrera, que estaba lloviendo a cántaros y que un caballo cuyo nombre empezaba con
k y terminaba con jack había ganado la carrera, aunque no había sido el primero en cruzar la meta.»
Richards hizo una pequeña apuesta a favor de Kellesboro
Jack, que llegó a la meta solo detrás de un caballo sin jinete. Y ganó.
Después de oír este relato, Lyttleton y un colega hablaron con una de las personas a quienes había contado Richards su sueño antes de que tuviese lugar la carrera. Éste corroboró el incidente y también la ganancia. Lyttleton publicó varios casos parecidos en 1937, llegando a la conclusión de que tal vez algunas personas pueden realmente sacar provecho (en todos los sentidos de la palabra) prestando atención a sus sueños.
ark
Twain, cuyo verdadero nombre es Samuel Clemens, sigue siendo el escritor más apreciado de América. Nacido en la pequeña ciudad de Florida, Missouri, y educado en la cercana Hannibal, describió a los verdaderos americanos en libros tales como
Huckleberry Finn. Pero pocas personas saben que, debajo de su humor y su cinismo, Mark Twain era un serio estudioso de lo paranormal. Su interés en el tema procedía de la experiencia personal, incluido el día de 1858 en que predijo la muerte de su hermano.
El escritor estaba trabajando entonces como timonel de un paquebote que hacía el viaje entre Nueva Orleáns y St. Louis. Estando en tierra durante unos días, una noche soñó que su hermano
Henry yacía en un ataúd metálico llevando uno de los trajes del propio Twain. El ataúd estaba suspendido entre dos sillas, y un ramo de flores -con una rosa roja en el centro- descansaba sobre el pecho del muerto. El sueño fue tan vívido que, cuando se despertó, Twain no se dio cuenta de que había estado soñando y pensó que estaba en casa.
El sueño tuvo un trágico final dos días más tarde. Mientras Twain permanecía en Nueva
Orleans, el paquebote en el que trabajaba siguió su ruta por el Mississippi. Su hermano trabajaba también en aquel barco y estaba en él cuando estalló una caldera. Henry sufrió lesiones graves y fue llevado a Memphis, donde murió cuando el médico le inyectó, accidentalmente, demasiada morfina.
Cuando estaban preparando a Henry para el entierro, algunas amables damas recogieron dinero para comprarle un ataúd de metal. El cadáver fue vestido con uno de los trajes de Twain. Mientras el escritor lloraba la muerte de su hermano, una dama entró en la habitación y colocó un ramo de rosas blancas -con una rosa roja en el centro- sobre el pecho del difunto. Más tarde, el féretro fue enviado a St. Louis, donde fue colocado en el piso alto de la casa de su cuñado. Cuando Mark Twain visitó la habitación donde estaba el cadáver, vio que el ataúd había sido colocado sobre dos sillas, tal como lo había visto en su sueño.
Pueden las facultades
metapsíquicas ayudar a predecir las oscilaciones del mercado? Ésta es la pregunta que se hicieron recientemente el psicólogo y médium
Keith Harary y el físico Russell Targ. Para realizar su experimento, los investigadores se fijaron en el mercado de la plata, notoriamente inestable y que fluctúa rápidamente de un día a otro. Varios inversores estaban dispuestos a arriesgar importantes cantidades de dinero fundándose en las predicciones de Harary.
Para suavizar el experimento e impedir que Harary sintiese una tensión excesiva al hacer sus predicciones, los pronósticos se hacían de una manera indirecta. Todos los jueves, a partir del 16 de
septiembre de 1982, Targ pedía a Harary que describiese el objeto -elegido entre varios- que él vería el lunes siguiente. Cada uno de los cuatro objetos designaba un movimiento particular, hacia arriba o hacia abajo, del mercado de la plata.
Después de que el médium diese sus respuestas, Targ miraba los objetos y decidía cuál de ellos había descrito Harary. Entonces se comunicaba el movimiento del mercado de la plata a los inversores, que se valdrían de la información para comprar o vender.
El experimento constituyó un extraordinario éxito. Se hicieron siete transacciones consecutivas fundadas en las siete predicciones correctas, y los inversores ganaron 120.000 dólares en el juego.
asada con un pastor y madre de cuatro hijos,
Dolores Jay no creía en la reencarnación ni habla o comprende alemán, ni tampoco ha estado nunca en Alemania. Pero cuando esta ama de casa estadounidense es hipnotizada, regresa en el tiempo, pasa su niñez y su infancia hasta que, de repente, se convierte en una muchacha adolescente en la Alemania del siglo XIX, que recuerda sus muñecas, su hogar y su propia muerte.
La chica de dieciséis años Gretchen Gottlieb está aterrada y se esconde de los anticatólicos que ya han matado a su madre. Le duele la cabeza. Murmura en alemán, menciona un cuchillo reluciente pero, desesperadamente, evade las preguntas. Finalmente gime. Y la cosa acaba aquí. Jay no recuerda nada más hasta su propio nacimiento en 1923.
La casa de Gretchen Gottlieb estaba en Eberswalde, una pequeña ciudad de la que ha sido hasta hace poco República Democrática Alemana (RDA), cerca de la frontera polaca. Durante la Segunda Guerra Mundial fue el lugar de la última resistencia contra los rusos, que casi la arrasaron por completo. Y así han desaparecido todos los registros que pudieran demostrar la existencia de Gretchen.
n mayo de 1917, el
Hilary, mercante armado de 6.000 toneladas, navegaba por aguas tranquilas cerca de Islandia, cuando el vigía descubrió
algo grande en la superficie. Temiendo un ataque por sorpresa de un submarino alemán, el capitán
F. W. Dean alertó a sus artilleros y dirigió el barco hacia el objetivo.
Pero Dean y su tripulación no encontraron ningún submarino enemigo. En cambio, encontraron un misterio marino. Desde una
distancia de treinta metros, el capitán contempló asombrado una «cabeza... aproximadamente de la forma, pero algo más grande, que la de una
vaca» asomando sobre la superficie. No vio ninguna protuberancia, como cuernos u orejas. La cabeza fue descrita como
negra, salvo la parte delantera de la cara, que se observó claramente que tenía una franja blanquecina muy parecida a la de una vaca entre las fosas nasales. También pudieron ver una aleta dorsal «delgada y fláccida». Se calculó que la criatura tendría unos veinte metros de largo, siete de los cuales correspondían a un cuello nervudo.
Entonces, en una de las más desafortunadas chapucerías de la historia marítima y zoológica, Dean decidió que sus artilleros practicasen su puntería. Retirándose a una distancia de 1.200 metros, ordenó que abriesen fuego. Un proyectil alcanzó a la criatura. Agitando el agua en las convulsiones de la agonía, el submarino viviente se sumergió y se perdió de vista.
Dos días más tarde, el 25 de mayo de 1917, el Hilary avistó un submarino real. Sin embargo, tuvo más suerte que la serpiente de mar a la que había hundido. La mayoría de su tripulación sobrevivió para seguir luchando.
l lugar de Glastonbury, en Somerset, Inglaterra, ocupa posición destacada en las antiguas tradiciones y el folclore. Los arturianos sostienen que el
Rey Arturo fue enterrado debajo de la Abadía de Glastonbury. La leyenda cristiana dice que
José de Arimatea llevó el Santo Grial a Glastonbury y plantó un árbol espinoso que todavía puede verse allí. Además, se dice que Glastonbury es el lugar donde los que trabajan en el campo de la «arqueología psíquica» hicieron tal vez su principal hazaña.
En 1907, la Abadía de Glastonbury, un montón de ruinas abandonadas y llenas de vegetación, fue comprada por el Estado y puesta al cuidado de una fundación diocesana ansiosa de excavar el lugar. La fundación encargó el trabajo a la Sociedad Arqueológica de Somerset, la cual eligió para dirigir las excavaciones a un prometedor arquitecto eclesiástico de Bristol, llamado
Frederick Bligh Bond.
Sin que lo supiesen los clérigos y los funcionarios interesados en el caso, Bond era miembro de la
«Society for Psychical Research», lo mismo que su amigo el capitán
John Bartlett. Los dos convinieron en emplear la facultad de escritura automática de Bartlett, presumiendo que los espíritus informarían a través de la pluma del capitán, sobre dónde había que excavar en Glastonbury.
El experimento empezó a las 4:30 de la tarde del 7 de noviembre de 1907. «Puedes decirnos ¿algo sobre Glastonbury?», preguntó Bond. Bartlett respondió trazando planos de la abadía, con medidas incluidas, y continuó con mensajes en una mezcla de mal latín y lo que parecía ser inglés antiguo, dictados al parecer por monjes muertos hacía mucho tiempo. Buena parte de ellos iba contra los conocimientos especializados de Bond, pero siguió adelante.
Entonces empezaron los descubrimientos: primero una capilla insospechada en el extremo oriental de la abadía; después,
un portal desconocido; después, un ábside poligonal y una cripta. El genio de Bond fue celebrado tanto en los círculos arqueológicos como en los eclesiásticos... hasta 1918, cuando reveló en
The Gate of Remembrance cómo le habían guiado los espíritus de los monjes en sus hallazgos. Las autoridades, horrorizadas, iniciaron un movimiento para despojar a Bond de su posición, y lo consiguieron. Entonces quitaron o alteraron muchas de las inscripciones arqueológicas que había puesto en el lugar e incluso prohibieron la venta de sus libros en la abadía.
A pesar de los sorprendentes descubrimientos de Bligh Bond en la abadía, y de su amor personal al lugar, fue echado de Glastonbury por mentes mezquinas, solamente porque había empleado técnicas no convencionales para revelar sus maravillas.
adie
sabía su verdadero nombre. Él se hacia llamar Cheiro el Grande y, cuando llegó a Nueva York procedente de Londres en 1893,
tenía ya fama de ser el más conocido y mejor pagado adivino del mundo.
Varios años antes había ocupado los titulares de los periódicos ingleses al revelar la identidad de un asesino después de estudiar la huella de una mano ensangrentada en una pared sucia. Ahora, los cínicos reporteros de Nueva York exigieron pruebas de la facultades de Cheiro. Le invitaron a observar trece huellas palmares y describir después las diversas personas a quienes correspondían aquéllas.
En diez minutos había descrito correctamente a los donantes de doce de las huellas, incluida la célebre actriz
Lilian Russell, a la que identificó correctamente como hija del destino con gran talento y ambición, pero también muy desdichada.
Pero, ¿y la treceava huella? ¿Por qué vaciló antes de referirse a ella?
Por fin, explicó: «Me niego a identificar esta huella a nadie que no sea el que la ha imprimido -dijo-, porque es la marca de un asesino. Él se delatará por su propia confianza y morirá en la prisión.»
La treceava huella era la del doctor Henry Meyer, que estaba entonces en la prisión de Tombs, acusado de asesinato. Meyer fue condenado y murió unos meses más tarde en una institución para dementes criminales.
l primer emperador de China,
Qin Shi-Huang-di, fue sepultado en un masivo e intrincado complejo funerario construido especialmente para él. Tal y como lo describe el historiador
Qian Sima, en el siglo II a. de C., el complejo se hallaba rodeado por un río de mercurio que era hecho circular de manera manual.
Aunque Qian Sima es el más famoso de todos los historiadores chinos, y un estudioso altamente considerado, su descripción de los ríos de mercurio y otros detalles acerca de la tumba del emperador se consideran mitos. No obstante, unas excavaciones recientes en China han tendido a aceptar gran parte de lo afirmado por Qian. Tal y como informa el
Diario Guangming, el periódico oficial chino, un análisis del suelo que rodea el complejo fúnebre ha revelado unos niveles inusualmente elevados de mercurio.
En realidad, la descripción de Quian Sima de la tumba se ha convertido en tan creíble que los arqueólogos que excavan los terrenos funerarios se han vuelto muy cautos. A fin de cuentas, Qian también avisó de que la zona funeraria tenía una trampa, «con ballestas accionadas mecánicamente para disparar contra cualquier intruso».
n 1982
David Grundman apuntó su arma y disparó dos veces a un
cactus saguaro gigante en el desierto de las afueras de Phoenix, Arizona. Con los impactos, un pedazo de
cactu, de 7 metros de longitud, salió volando y cayó encima de Grundman que murió aplastado.
acida en 1926 en Delhi, India,
Shanti Devi tenía sólo tres años cuando comenzó a hablar acerca de personas a las que se refería como su marido e hijos. Interrogada por sus confundidos padres, Shanti dijo que el nombre del esposo era
Kedarnath. Además, tanto él como un hijo vivían en Muttra.
Pensando que la niña sufría de alguna clase de alucinación, sus padres la llevaron a ver a un médico. En su presencia, Shanti contó aún más detalles de su otra vida, incluyendo entre ellos su embarazo. Había muerto durante el parto, en 1925, según le contó al médico.
Cuando tuvo ocho años, Shanti había ya sido examinada por media docena de médicos, pero ninguno había llegado más allá que a interrogar a la niña. Sin embargo, su tío abuelo decidió finalmente investigar su relato y buscar al hombre que Shanti afirmaba que era su marido. En efecto, Kedarnath vivía aún en Muttra con sus dos hijos, el más joven de los cuales era el bebé a causa del cual su mujer había muerto de parto en 1925. Pero, creyendo que estaba siendo engañado, Kedarnath se negó a entrevi