uando el transbordador espacial estadounidense
Challenger
estalló el 28 de enero de 1986, una nación observó horrorizada cómo
las vidas de siete astronautas y héroes estadounidenses, incluyendo a una maestra, acababan de una manera trágica. Aquella noche, una testigo estaba observando de manera repetida una
cinta de vídeo del desastre, confiando, tal vez, captar su realidad. Sin embargo, al observar la cinta de cerca, se percató de una imagen que afectó sobremanera a los en extremo devastados empleados del Centro Espacial Kennedy.
Una enfermera del Centro Espacial Kennedy, Debi Hall, observaba el desastre directamente, sentada junto a los periodistas y las familias de los astronautas. Ya en su hogar, agotada y enervada emocionalmente por los acontecimientos del aquel día, Hall pensó en un principio que se estaba imaginando cosas cuando se sentó delante de la televisión. Estuvo rebobinando la cinta y reproduciendo la escena una y otra vez, hasta que se convenció de que, sí, había una imagen de
Cristo entre las nubes de humo que envolvían al Challenger.
Al día siguiente, ella y su marido vieron la cinta juntos y convinieron en que
había claramente una imagen de un rostro alargado y con barba. Y cuando Hall se llevó la videocinta al centro espacial, otros también vieron la imagen, sin que se les indicara nada previamente. ¿Explicación de Hall?
-Creo que muestra una intervención divina -afirmó la mujer.
ada es más terrible que un incendio incontrolado, especialmente si -en la verdadera tradición de
La Incendiaria de Stephen King- el incendiario está subconscientemente dentro de la mente. Éste es el problema con que se enfrentó la familia
Willey en su granja de Macomb, Illinois, en 1948. Mr. Willey explotaba la granja con su cuñado y dos hijos. Su sobrinita
Wanet estaba siempre rondando por la casa. Nada parecía haber fuera de lo corriente hasta que unas curiosas manchas castañas empezaron a aparecer
en el papel de las paredes de la casa. Estas manchas se calentaban de un modo increíble, alcanzando a menudo los 450 grados Fahrenheit antes de inflamarse. El fuego era tan frecuente que los vecinos de Willey solían tener preparados cubos de agua para apagar el fuego cada vez que se producía, lo cual era diariamente.
Nadie podía imaginarse la causa de las llamas, ni siquiera el cuerpo de bomberos local. «Todo esto es tan absurdo y fantástico que casi me avergüenzo de hablar de ello», confesó el jefe de bomberos
Fred Wilson a los reporteros.
Al transcurrir los días, los incendios se hicieron más frecuentes y extraños. Pronto empezaron a producirse en el porche, las cortinas y diferentes lugares de la casa. Y comenzaron a circular explicaciones. Representantes de una base próxima de la
Air Force pensaban que ondas de radio de alta frecuencia eran las causantes del problema, mientras que los bomberos sugerían que se formaba un gas combustible en las paredes de la casa. A pesar de estas ingeniosas explicaciones, no se hallaba ninguna solución práctica al problema de los Willey.
Por fin, después de presenciar los incendios durante días, el cansado y frustrado departamento de incendios arrancó una confesión a la pequeña Wanet. Ella había provocado los incendios, dijo el departamento a los reporteros, arrojando cerillas encendidas cuando nadie la veía.
Nadie creyó aquella explicación. La mejor interpretación fue dada por
Vincent Gaddis, que estudió el caso en 1962. En su libro
Luces y Fuegos Misteriosos, declaró que la pequeña Wanet hubiese debido tener una «persistencia increíble, una provisión ilimitada de cerillas y unos parientes y vecinos excepcionalmente cortos de vista». En otras palabras, sugirió que, como la heroína de
La Incendiaria, tenía que haber causado los incendios por medios paranormales, de una manera incomprensible para los funcionarios locales.
n 1931 una joven fue asesinada mientras era conducida a su casa después de un baile en el
O'Henry Ballroom de la avenida Archer de Chicago. Vistiendo su blanco vestido de fiesta y sus zapatos de baile, fue enterrada en el
Cementerio de la Resurrección, también en la misma calle.
Durante varios años después de lo ocurrido, algunos automovilistas han declarado haber visto a una joven con un antiguo vestido blanco practicando el autostop en la avenida Archer. Se cuenta que, sobre todo, la recogían hombres solteros o que ella subía a los coches sin ser invitada y pedía que la llevaran a casa y luego les hacía dejarla en el
Cementerio de la Resurrección. Algunos automovilistas han asegurado que la mujer salía del coche sin abrir la puerta.
Una noche del mes de diciembre de 1977 un hombre pasó en coche y reparó en una mujer joven vestida de blanco detrás del portón del
Cementerio de la Resurrección. Creyendo que tal vez se hubiera quedado inadvertidamente cerrada dentro, el automovilista llamó a la
policía. Pero cuando llegaron, la joven había desaparecido. Notaron, sin embargo, que las barras de hierro forjado del portón del cementerio estaban ligeramente dobladas hacia fuera y distinguieron a ambos lados las huellas de dos manos.
ue consejero de reyes, celebridad social, alquimista y hombre sabio de gran reputación. Pero todo sobre el hombre conocido
como Conde (de) Saint-Germain se halla envuelto en el misterio. Por ejemplo, no se conoce dónde o cuándo nació, o cuándo murió. En realidad, hay quienes creen que el conde Saint-Germain aún sigue con vida.
Vibrante conversador, violinista de talento, hábil pintor e increíblemente conocedor de cualquier tema concebible, el conde de Saint-Germain se convirtió en una celebridad durante mediados del siglo XVIII por su íntima asociación con
Luis XV de Francia. Algunos llamaron al conde genio: otros creyeron que era un charlatán de considerables proporciones. Fue, en especial, objeto de desconfianza por parte de los miembros de la corte del rey, que envidiaban la posición del conde como consejero real. Saint-Germain también se halló implicado en decisiones de política exterior, para consternación del resto del Gobierno. Ante la amenaza del arresto, el conde Saint-Germain huyó a Inglaterra.
Se creyó comúnmente que Saint-Germain era también miembro de una sociedad secreta, tal vez los
francmasones o rosacruces y que se hallaba familiarizado con los ritos antiguos. Unos quince años antes de la Revolución
Francesa, previno al rey de la inminencia de un baño de sangre. Y además de predecir el futuro, el conde fue asimismo un historiador que contaba los acontecimientos como si hubiera estado allí.
Además, la muerte de Saint-Germain es tan misteriosa como lo había sido su vida. Según los registros de la corte, el conde murió el 27 de febrero de 1784. En aquella época se dedicaba a la alquimia con el príncipe
Carlos de Hesse-Kassel, en Alemania, y más tarde, cuando alguien le preguntaba por la muerte de su amigo, el príncipe siempre cambiaba de tema, corno si intentase encubrir algo. En realidad, Saint-Germain fue registrado en la convención de los francmasones de 1785 y se le citó, a través de fuentes de confianza en Viena y en el Lejano Oriente, incluso ya en años del siglo XIX.
na talla encontrada en Palenque, México, en la losa sepulcral de un noble maya, demostró ser un tesoro superviviente del arte pictórico de los mayas. Fue excavado en un cripta debajo de un templo de una pirámide, y se da por supuesto que es el sarcófago y retrato de alguien llamado
Pacal. Los arqueólogos lanzaron la teoría de que Pacal era un antiguo dirigente maya, aunque resulta difícil estar muy seguro al respecto, pues el sistema maya de escritura, una serie de centenares de complicados
glifos, aún no ha sido descifrada de manera satisfactoria. Sin embargo, dejando aparte su nombre, debió haber sido una persona de suma importancia para ser objeto de semejante tumba.
Tampoco se sabe muy bien lo que representa la losa. Cuando se contempla a lo largo la losa rectangular, parece una figura maya emplumada y enjoyada que cabalga sobre alguna clase de forma estilizada, que algunos arqueólogos creen que es el
Árbol de la Vida. Además, parece haber una especie de monstruo representado en la parte inferior de la losa.
Otra teoría, mantenida por algunos ingenieros espaciales rusos, y escritores como
Alexander Kazentsev, sugieren que la pintura es la interpretación artística de un astronauta o cosmonauta. Kazentsev ha señalado que muchos de los extraños detalles de la talla evocan el peculiar panel de control de la cápsula diseñada para un viaje espacial. Cuando la talla se coloca horizontalmente, la posición sedente del astronauta aparece correcta respecto de una sonda espacial. Kazentsev también ha indicado los detalles de una reconocible antena, un sistema de dirección espacial, un cuadro de mandos, un turbocompresor y, detrás del dibujo de
Pacal, existen unos objetos que representan depósitos de combustible, una turbina y una cámara de combustión.
Aunque resulta evidente que, como en muchos hallazgos arqueológicos misteriosos, lo que uno ve en las tallas depende de la manera en que se considere, no puede negarse que la tapa del sarcófago de Pacal representa, como mínimo, una coincidencia de lo más extraordinaria.
egún la Biblia, la primera mujer fue Eva, la compañera de Adán y madre de Caín y Abel, la matriarca de la Humanidad. Sin embargo, algunos eruditos han considerado a Eva, lo mismo que a Adán, naturalmente, sólo como representativos de los comienzos de la raza humana. Pero un estudio reciente de la Universidad de California, en
Berkeley, ha llegado a encontrar el rastro de los seres humanos modernos en un único antepasado, una mujer que vivió en África hace unos 200.000 años.
La teoría del antepasado único se basa en el estudio del ADN de las mitocondrias -la parte de la célula que convierte los alimentos en energía- en 147 personas. El bioquímico
Mark Stoneking, de la Universidad de California, en
Berkeley, realizó el diagrama del ADN, que sólo es transmitido por la hembra de cada especie, y lo rastreó atrás en el tiempo. Tras estimar el índice de mutación, determinó que no sólo el antepasado común sería una mujer, sino que habría vivido entre hace 140.000 y 280.000 años.
espués de que su marido muriera de un ataque cardíaco cuando le llevaba a casa en coche su
chófer, Lynda Dick puso a la venta la mansión Dunnellen
Hall, de 28 habitaciones. Comparó la morada de Greenwich,
Connecticut, con el Diamante de la Esperanza, y contó al agente inmobiliario que traía mala suerte a cualquiera que la poseyese. En efecto, desde que salió de las manos de los dueños de la familia originaria, la mayoría de los ocupantes habían sufrido dificultades financieras y algunos incluso fueron procesados.
Dunnellen Hall, una mansión jacobina con 12 hectáreas de extensión y con vistas del Long Island
Sound, fue construida en 1918, encargada por Daniel Grey Reid como regalo de boda para su hija
Rhea y su marido, Henry Ropping. En 1950, sus hijos vendieron la finca a
Loring Wasburn, presidente de una empresa fabricante de acero.
En 1963, después de que Wasburn sufriera dificultades financieras, Dunnellen fue comprada por una compañía financiera y estuvo desocupada hasta que la compró
Gregg Sherwood Dodge Moran; corista y ex esposa de un heredero de la fortuna de los automóviles
«Dodge», se casó con Daniel Moran, un agente de
policía de la ciudad de Nueva York, que más tarde se suicidó de un disparo.
El financiero Jack Dick pagó un millón de dólares por Dunnellen
Hall, en 1968. Poco después, en 1971, fue procesado y acusado de haber robado 840.000 dólares a través del uso de documentos falsos para conseguir un préstamo. Murió en 1974, antes de que se celebrara el juicio de su causa.
A pesar de la conclusión de Lynda Dick de que la finca estaba maldita, el precio por Dunnellen Hall aumentó hasta los tres millones de dólares cuando, un ciudadano de la India,
Ravi Tikko, propietario de superpetroleros, la compró en 1974. Un hundimiento en el mercado petrolero, durante el embargo de mediados de los años setenta, forzó a Tikko a vender la propiedad a sus más recientes propietarios, el magnate de fincas y hoteles
Harry Helmsley y su esposa, Leona. En 1988, los Helmsley fueron procesados, acusados de delitos federales por evadir más de cuatro millones de dólares en
impeustos. En 1989, la misma Leona Helmsley fue procesada por evasión de impuestos y sentenciada a pena de prisión.
a planeada construcción de una carretera de 7 km a través de
Deptford, un municipio de Nueva Jersey, fue recibida con una rotunda protesta por parte de
Carl Peirce, un indio nanticoke, conocido asimismo con el nombre de
Wayandaga. En una conferencia de prensa, Wayandaga predijo en público que el proyecto de la Carretera 55 estaba predestinado porque pretendía atravesar un antiguo pueblo indio y un cementerio. Argumentó que la nueva carretera profanaría las tumbas de los
paleoindios, que habían habitado en aquella zona ochocientos años atrás. Dijo a los funcionarios que si seguían con el asunto de la carretera, sus antepasados se vengarían.
Naturalmente, los constructores de la carretera no tuvieron en cuenta la predicción y siguieron adelante con el proyecto. Transcurrió muy poco tiempo antes de que comenzasen a afectar al equipo de las obras unos sucesos desastrosos e incluso mortales. Un trabajador resultó muerto por una apisonadora de asfalto, mientras otro quedaba gravemente herido al caerse desde un puente. Un inspector fue inexplicablemente afectado por una
neurisma cerebral. Y otro obrero sufrió tres ataques cardíacos durante el transcurso de la construcción. Sin embargo, el peor suceso implicó a una camioneta, que llevaba a cinco miembros del equipo y que, de repente, y de una manera misteriosa, estalló.
Según Wayandaga, las muertes y las lesiones continuarían afectando el proyecto hasta que la construcción de la Carretera 55 se detuviese o su trazado evitase los terrenos sagrados.
unque las grandes Pirámides de Egipto permanecieron intactas durante siglos, muchas de las estructuras y tumbas de los faraones fueron saqueadas por los arqueólogos y los buscadores de tesoros hacia 1920.
Una tumba permaneció sin embargo intacta: la del ahora famoso Tutankhamen, o
«Rey Tut». Según la leyenda, la tumba estaba protegida por una maldición que condenaba a muerte a quien entrase en ella. Pero esto no disuadió a
George E. S. N. Herbert, quinto duque de Carnarvon, que en principio fue a Egipto con la esperanza de que el clima seco aliviase su asma.
Aunque Herbert no era experto en arqueología, tenia el dinero necesario para patrocinar expediciones. Y al poco tiempo, él y el arqueólogo
Howard Carter decidieron buscar la fabulosa tumba.
Después de varias excavaciones a lo largo de muchos años, encontraron al fin algunos fragmentos de objetos que llevaban el nombre de
Tutankhamen. Y esto les condujo a la cámara, llena de oro y otros tesoros, que albergaba al tan buscado
Tutankhamen.
Un grupo de veinte personas presenciaron la entrada de Carter en aquella cámara el 17 de febrero de 1923, pero
Lord Carnarvon pudo disfrutar poco tiempo de su hallazgo. Murió en abril en el
«Hotel Continental» de El Cairo, después de contraer repentinamente unas fiebres no diagnosticadas que sacudieron su cuerpo durante doce días. A los pocos minutos de su muerte, hubo un apagón en El Cairo. Y el perro de
Carnarvon, que estaba en Londres, murió aquel mismo día.
Aquel mismo año murieron doce de los veinte componentes del primitivo grupo. Pero otros morirían también.
George Hay Gould, hijo del financiero Hay Gould y amigo de
Carnarvon, fue a Egipto después de la muerte de éste para ver personalmente el lugar. Murió de peste bubónica
a las veinticuatro horas de visitar la tumba.
En 1929, otras dieciséis personas que entraron de algún modo en contacto con la momia murieron también. Entre las víctimas se contaron el radiólogo
Archibald Reid, que había preparado los restos de Tutankhamen para los rayos
x; la esposa de Lord Carnarvon, y Richard Bethell, su secretario particular. Incluso murió el padre de Bethell, que se suicidó.
El misterio de esta famosa momia, en la que se han inspirado algunas películas de horror, fue probablemente factor importante del éxito de las visitas a los Tesoros del Rey Tutankhamen por parte de los estadounidenses, pero, como pueden atestiguar las decenas de millares de personas que han visto la momia, la maldición parece haber terminado, al menos por ahora.
Pero los otros que entraron en la tumba tuvieron ciertamente ocasión de recordar, mientras vivieron, el jeroglífico escrito en el sello de la entrada: «La muerte vendrá con
a las veloces a aquel que viole la tumba del Faraón.»