na mujer desesperada por encontrar a sus hijos perdidos es capaz casi de todo. Obsérvese el caso de la neoyorquina
Joanne Tomchik, que perdió a sus hijos, de tres y cinco años, al ser éstos secuestrados por su ex marido en 1972.
Tomchik, frenética, pidió ayuda a la policía e incluso contrató
a detectives privados. Pero un año más tarde, y después de gastar seis mil dólares en honorarios, no había aún ninguna pista sobre el paradero de su marido y de sus hijos.
Entonces oyó un programa de radio sobre percepción extrasensorial y decidió acudir a una vidente. El grupo que había intervenido en la emisión le recomendó a
Mrs. Millie Cotant, quien observó fotografías de los pequeños Tomchik y tuvo al fin una visión.
Vio un remolque y una camioneta pintada de azul pálido, con placas de matricula de Carolina.
Esto bastó a Mrs. Tomchik. Lo notificó a la Policía de Carolina del Norte y Carolina del Sur, entregándoles fotografías de sus hijos y su ex marido. Un mes más tarde fue localizado
Andrew Tomchik en Carolina del Norte; vivía con los niños en una aparcamiento de caravanas. Había empleado una camioneta pintada de azul claro. Tomchik fue declarado culpable de abusar de sus derechos de visita y Mrs. Tomchik se reunió felizmente con sus hijos.
n 1492, cuando
Cristóbal Colón descubrió la primera de las muchas islas caribeñas, había emprendido una expedición para encontrar una nueva ruta hacia Oriente, en busca de especias, joyas, oro y plata.
Pero no halló nada de eso, y ya hacía tiempo que Europa perdía las esperanzas de desenterrar grandes riquezas en el Nuevo Mundo. En 1520, empero, renació el interés cuando
Hernán Cortés volvió con los tesoros con que le había obsequiado el último emperador azteca,
Moctezuma: un plato espléndidamente labrado, ornamentos en forma de figuras humanas, pendientes, chihuahuas, esculturas de tigres, panteras y monos -todo de oro- y otros objetos que deslumbraron a los europeos. Era la indicación de
El Dorado, el hombre dorado. Y su búsqueda se ha prolongado hasta el siglo XX.
Diez años después de que Hernán Cortés mostrara las riquezas mexicanas ante los monarcas españoles,
Carlos I de España nombró al banquero alemán Ambrosius Dalfinger primer gobernador de Venezuela.
No bien llegó, Dalfinger emprendió una exploración del territorio. Tras alcanzar el lago Maracaibo, encontró oro y leyendas sobre el oro. Abundaban los adornos y objetos de oro.
El precioso metal, le dijeron a Dalfinger, provenía de gentes de más al interior, un pueblo tan rico que su jefe, El Dorado, se había pintado con oro. Tras repetidos intentos, Dalfinger murió en la selva sin lograr encontrar El Dorado. Pero había conseguido otro indicio: el oro, le dijeron, provenía del mismo lugar que la sal.
El deseo de hallar El Dorado creció. El sucesor de Dalfinger, Georg Hohermuth, entre otros, también salió en su búsqueda, sin éxito, a pesar de que, sin advertirlo, llegó a menos de 160 km de lo que habría sido su meta, más tarde alcanzada por
Gonzalo Jiménez de Quesada.
En la frontera meridional de la región bajo el dominio de los indios chibcha, la sal era en extremo abundante. Allí los hombres de Quesada torturaron a algunos indios para que les revelaran la fuente de sus esmeraldas, que luego cambiaron por oro en el curso de la expedición.
Más tarde, en junio de 1536, Quesada fue conducido hasta Hunsa, pueblo cuyos habitantes iban cargados de oro. Había incluso un verdadero El Dorado: la ceremonia de coronación de los
chibcha consiste en ungir al nuevo rey con savia y cubrirlo de oro en polvo.
Con todo, el mismo Quesada no creyó haber encontrado la ciudad de El Dorado y su descubrimiento no alteró en nada la búsqueda. Hasta hubo dos intentos por parte de
Sir Walter Raleigh.
Dos o tres veces cada siglo, alguien ha salido en busca de El Dorado. A principios del nuestro, el coronel
Percy Fawcett sucedió a los antiguos exploradores aventureros en su búsqueda, desapareciendo alrededor de 1920 probablemente en la densa frontera
entre Brasil y Bolivia. Más importante que el modo en que muriera es el dilema de si logró encontrar lo que buscaba.
Si El Dorado en verdad existe, y no ha sido hallado, aún aguarda a alguna persona de suficiente valor y fuerza para intentarlo.
a popularidad de los cristales de cuarzo está renaciendo vigorosamente en la actualidad, debido a que se le atribuyen propiedades espirituales. Pero el mismo material fascinó a nuestros antepasados. Los griegos lo llamaban
crystallos, o sea «hielo claro». En Egipto, en fecha tan remota como el 4000 a. de J. C., las frentes de los muertos eran adornadas con un «tercer ojo» de cristal de cuarzo, para que pudiese ver el alma su camino hacia la eternidad. Tradicionalmente, el material preferido para las bolas de cristal empleadas por los videntes y los médiums ha sido siempre el
cuarzo de alta calidad.
Pero el más curioso de los objetos de cuarzo que se conocen es la llamada
Calavera de Cristal de Mitchell-Hodges, que algunos creen de origen azteca o maya o de la Atlántida. Incluso su descubrimiento es muy discutido. Se dice que fue encontrado por
Anna, joven de dieciocho años, hija adoptiva del aventurero
F. A. Mitchell-Hodges, en 1927, mientras se excavaban las ruinas de Lubaantun, «Ciudad de las Piedras Caídas», en la jungla de Honduras Británica. Después de tres años de excavación en el antiguo paraje maya, Anna descubrió el cráneo de cristal de cuarzo, de tamaño natural, entre los restos de un altar derrumbado y una pared contigua. Una mandíbula inferior haciendo juego fue descubierta a ocho metros de distancia, tres meses más tarde.
El equipo de Mitchell-Hodges excavó extensamente en aquella zona. En realidad, contribuyó en gran manera a nuestra presente colección de artefactos y a nuestro conocimiento de la civilización precolombina en el Nuevo Mundo. Pero Mitchell-Hodges era también conocido como ferviente creyente en la leyenda de la Atlántida. Ciertamente, la creencia de que podía demostrarse que había existido un lazo entre la Atlántida y los mayas fue lo que más le impulsó a arriesgarse en las junglas de América Central.
Desgraciadamente, la antigüedad del cristal de roca no puede determinarse por medios convencionales. Sin embargo, los laboratorios
«Hewlett-Packard», que estudiaron el misterioso cráneo, calcularon que su confección habría requerido un mínimo de 300 años de trabajo por una serie de artesanos sumamente hábiles. En la escala de dureza, el cristal de roca está poco por debajo del diamante. ¿Por qué era tan apreciado por los que lo tallaron que pasaron tres siglos puliendo pacientemente un trozo de piedra que no era del país?
El misterio de la calavera de cristal aumentó cuando se juntaron las dos piezas y se vio que el claro cráneo oscilaba sobre la base de la mandíbula inferior, dando la impresión de una calavera humana que abría y cerraba la boca. Tal vez fue utilizado por sacerdotes como oráculo.
Otras propiedades atribuidas a la calavera de cristal son todavía más peculiares. Se dice, por ejemplo, que el lóbulo frontal se empaña algunas veces, adquiriendo un color blanco lechoso. En otras ocasiones emite un aura casi fantástica,
fuerte y con un débil matiz de color de heno, parecido al anillo que rodea la luna. Sea como producto de una imaginación calenturienta, o estimulados desde dentro del propio cráneo, los que están largos períodos de tiempo en su compañía refieren experiencias desconcertantes que afectan a los cinco sentidos, incluidos sonidos etéreos, olores e incluso fantasmas. El impacto visual de aquel cráneo es hipnótico, incluso para los escépticos.
Pero, sean cuales fueren sus poderes, no parece llevar consigo una maldición fatal contra su poseedor. El propio Mitchell-Hodges estuvo más de treinta años sin perder de vista la calavera y, durante aquel periodo, sobrevivió a tres cuchilladas y ocho heridas de bala. Murió el 12 de junio de 1949, a los setenta y siete años de edad, y legó la calavera de cristal y su misteriosa herencia a su hija adoptiva, que la había encontrado enterrada debajo de un antiguo altar en la jungla hondureña. La calavera, cuyo valor se estima en 250.000 dólares, ha permanecido en manos privadas.
a existido siempre la costumbre de enterrar cápsulas del tiempo conteniendo artículos de la vida contemporánea y de épocas anteriores, en ciertas ciudades de Ferias Mundiales, como Nueva York, Chicago y otras. Pero la mayor cápsula del tiempo no está enterrada; tiene cuarenta y cinco pisos de altura. Las Grandes Pirámides de Egipto, que pasan por ser las tumbas del faraón
Kufu y de Kafra, de la IV dinastía, han sido, finalmente, reconocidas como compendios de los conocimientos antiguos, tales como la geografía, la astronomía y las ciencias.
Las leyendas egipcias han avalado que el propósito de las dos mayores pirámides no fue desempeñar la función de tumbas sino almacenar conocimientos (la pirámide de Kufu) y ocultar tesoros (la de Kafra). Durante la Edad Media, los dirigentes árabes de Egipto intentaron practicar minas en ambas pirámides. No tuvieron éxito, aunque eliminaron los bloques de suave arenisca que contenían jeroglíficos en la Gran Pirámide, y luego emplearon esos bloques, inviertiéndoles las caras (y por lo tanto, haciéndolos ilegibles) para construir la Mezquita de Ibn Tulún, en El Cairo.
Cuando Napoleón invadió Egipto, en 1798, y derrotó a los ejércitos egipcios, ordenó a sus topógrafos que emplearan la Gran Pirámide como base de una triangulación para levantar una cartografía militar. Ante la sorpresa de los topografos franceses, descubrieron que una continuación de las líneas diagonales que cruzan la base abarcarían con precisión el Delta del Nilo, y que la meridiana longitudinal pasaría a través del ápice de la pirámide y cortaría el delta en dos mitades iguales.
Los científicos franceses que siguieron a los topógrafos, descubrieron una serie de notables coincidencias. Por ejemplo, midieron la distancia total en torno de la base, y la dividieron por el doble de su altura (teniendo en cuenta su altura original, antes de que se quitaran algunas piedras del gran ápice) y calcularon 3,1416, el número pi exacto, y no la posterior aproximación griega de 3,1428.
Los científicos han calculado desde entonces que una línea recta hacia el Norte, desde la intersección de las líneas transversales de la base, erraría el Polo Norte sólo por poco más de 4 minutos, aunque desde la época en que se construyó la pirámide el mismo Polo Norte se ha desplazado la misma cantidad de tiempo de distancia. Averiguaron asimismo que una flecha en la Cámara real de la pirámide señalaba directamente a la estrella polar y luego a la constelación del Dragón, aunque ahora apunta a la Osa Mayor.
Cada lado de la pirámide da, en codos egipcios, el número de días del año como 365, sometido a un nuevo cálculo cada 1460 años. La altura original de la pirámide calculada en mil millones proporciona, aproximadamente, la distancia media de la Tierra al Sol
Dado que los franceses, antes de ir a Egipto, habían adoptado la medida del metro como una diezmilésima parte de un meridiano terrestre, no sabían que el metro era similar, aunque no de una manera exacta, a la longitud del codo de la pirámide, indicando una diezmillonésima parte del eje polar, con lo cual la antigua medición egipcia era, básicamente, más correcta, puesto que el meridiano varia según la superficie de la Tierra.
Tal vez el cálculo más sorprendente de todos, lo cual demuestra hasta dónde llegó la cultura de un pasado muy distante, sea el sugerido al sumar las líneas diagonales a la base de la pirámide, en pulgadas piramidales, lo cual proporciona una cifra de 25.826,6, que da la coincidencia que representa casi exactamente el número de años que el eje polar terrestre consume para alcanzar su posición original respecto del Sol mientras éste viaja a través del espacio: 25.827 años.
Éstas son sólo algunas de las coincidencias que sugieren que la pirámide de Kufu no es una tumba sino más bien una cápsula del tiempo, construida de piedra, que vuelve a contar los conocimientos antiguos perdidos durante millares de años, pero que aún son legibles a medida que el saber científico adelanta respecto de cosas que ya fueron antes conocidas en un alejado pasado.
éja vu es un término francés que literalmente significa «ya
visto». Se manifiesta en forma de un intenso sentimiento de familiaridad con una situación o un lugar no experimentados por la persona con anterioridad. Muchos expertos dicen que estos incidentes pueden ser causados por pequeños ataques cerebrales, pero algunos casos van más allá de la psicología, sugiriendo un fenómeno paranormal.
Un caso fascinante, referido por el parapsicólogo D. Scott
Rogo, es un buen ejemplo de ello. En 1895, una mujer de llueva Jersey le escribió sobre un viaje que había hecho a lo largo de la autopista de peaje de Nueva Jersey. El paisaje le resultaba extrañamente familiar y la mujer se volvió al fin a su compañera de viaje y le dijo:
-Mira, nunca había estado aquí, pero creo que dos kilómetros más abajo, más o menos, hay una casa en la que había vivido.
«Al cabo de aproximadamente cinco kilómetros -refirió la mujer-, dije a mi amiga que después de la próxima curva llegaríamos a una pequeña población situada muy cerca de la autopista. Le dije que las casas eran blancas, de dos pisos, bastante apiñadas
entre sí. Tenia la impresión de que había vivido allí cuando
tenía unos seis años y de que solía sentarme con mi abuelita en el porche de la entrada. Los recuerdos me abrumaban y podía recordar que estaba sentada en el columpio del porche mientras mi abuela me abrochaba las botas.»
Cuando las mujeres llegaron al pueblo, reconoció inmediatamente la casa, aunque el columpio del porche ya no estaba allí. Recordó también que había caminado dos manzanas calle abajo hasta un drugstore, donde había un mostrador de mármol blanco, y pedido una limonada. Conduciendo por aquella calle, las mujeres encontraron la casa, cerrada y ruinosa, pero todavía allí.
Al salir las dos amigas del pueblo, la mujer tuvo otra experiencia de
déja vu.
-A unas tres manzanas de aquí, hay una pequeña y ondulada colina y un cementerio en ella, y allí es donde me enterraron.
El cementerio estaba allí, pero la amiga de la mujer, presa ahora de pánico, se negó a detenerse y buscar la tumba.
urante la excavación en el patio trasero para construir una piscina,
Sam y Judy Haney desenterraron dos cadáveres. Pero aquello fue sólo el principio de sus problemas. No pasó mucho tiempo antes de que el televisor reluciera incluso estando apagado; salían chispas de relojes no conectados a la corriente, y los zapatos desaparecían y se encontraban más tarde encima de una de las tumbas del patio.
Se descubrió que la casa de los Haney, así como otras más fruto del desarrollo suburbano, se habían edificado encima de un cementerio del siglo XIX. Estas perturbaciones habían afectado también a otros inquilinos: las tazas se rompían mientras estaban de pie en los estantes, los electrodomésticos dejaban de funcionar sin una causa
aparente y las luces y los grifos del agua se encendían y se abrían de una manera misteriosa. También comenzó a verse una aparición, conocida como
Betty, y algunos residentes se asustaron y comenzaron a marcharse.
Alegando angustia mental y diabetes inducida por el estrés, los Haney pusieron un pleito de dos millones contra la inmobiliaria. El jurado recomendó llegar a un acuerdo por 142.000 dólares, pero el juez invalidó la decisión y no concedió nada a los Haney. No había existido negligencia por parte de la inmobiliaria, decretó el juez, pues no les había engañado de manera intencionada respecto de la presencia de las tumbas.
A continuación, los Haney se mudaron y no existe mención de que recurriesen la sentencia.
xiste cierto número de legendarias ciudades perdidas en el fondo del océano Atlántico y de los mares Mediterráneo, Egeo y Caribe. Existe también cierto número que ciertamente quedaron sumergidas, aunque no perdidas, puesto que se conocen sus localizaciones. Por ejemplo, el antiguo centro costero romano de Baiae se encuentra no muy lejos de Nápoles y ha sido explorado y fotografiado intensivamente por submarinistas trabajando a una profundidad de 15 a 20 m.
Síbaris, cuyo nombre se ha convertido en sinónimo de forma de vida lujosa o «sibarita», yace en el fondo marino del golfo de Tarento. Partes de Cartago, Leptis Magna, Tiro, Cesarea, Alejandría, y otras grandes ciudades, siguen aún bajo las aguas del Mediterráneo.
Esas ciudades se hundieron en el mar como resultado de la acción sísmica y se pueden localizar con facilidad a causa de que los cronistas antiguos nos han dicho dónde se encuentran. Sin embargo, algo inusual le sucedió a
Heliké, una gran ciudad de la Grecia clásica, que, en 373 a. de C., desapareció de la superficie durante un terremoto y un maremoto, con todos sus edificios, calles, barcos y millares de habitantes. Ninguno escapó a la imponente ola que barrió no sólo los buques de Heliké, sino también de diez buques de guerra visitantes pertenecientes a la flota espartana, anclados en el puerto. Donde solía hallarse Heliké, se encuentran hoy sólo las aguas del golfo de Corinto.
Cuando las aguas están transparentes es posible ver las ruinas de la ciudad en el suelo marino. Durante centenares de años, Heliké ha permanecido en su localización debajo del mar, perfectamente visible a través de las cristalinas aguas. Los turistas romanos de una época posterior contrataban barqueros griegos para que les llevasen a fuerza de remo por encima de las bien conservadas ruinas. Los turistas empleaban con frecuencia buceadores para que les recogieran monedas y otros hallazgos de la ciudad sumergida. Los buceadores se zambullían hasta 15 o 20 metros a través del agua con una visibilidad por completo cristalina. Desde la superficie podía verse una estatua de
Cace (Júpiter para los romanos), aún en pie en medio de las ruinas de su templo.
Sin embargo, hacia el final de la ocupación romana de Grecia, otro terremoto abrió el suelo marino bajo esta Pompeya sumergida y luego se cerró encima de ella. Heliké, en la actualidad perdida, pudo haber contenido tesoros de un valor mucho más considerable que las monedas de plata y oro que los submarinistas andaban buscando.
A menos que una nueva conmoción lleve de nuevo la ciudad a la superficie, Heliké yacerá donde está para siempre, a un tiempo perdida y no perdida a algunas millas náuticas al este de la actual ciudad de Aíyion, en la costa norte, y a una distancia desconocida debajo del suelo marino del golfo de Corinto.
usyoka
Mututa, de Kitui, Kenya, fue enterrado en septiembre de 1985. Su hermano
Timothy dijo que habían tardado dos días en enterrarle..., por si acaso, aunque «no esperábamos otro
milagro. Me había dicho que la cuarta vez sería definitiva».
Aunque no era más que un humilde pastor, Mututa era legendario en Kenya. Era conocido como «el hombre que burlaba la muerte».
Su primera «muerte» ocurrió cuando tenía tres años. Al ser bajado a la tumba, empezó a llorar y fue rápidamente sacado a la superficie.
Cuando tenía diecinueve años, desapareció. Seis días más tarde, los que le buscaban encontraron su cuerpo aparentemente exánime en un campo. Se celebraron las exequias y, al ser bajado el ataúd, los asistentes se sobresaltaron al ver que se levantaba la tapa. Mututa había «vuelto a la vida».
«Murió» de nuevo en mayo de 1985, después de una corta enfermedad. Un médico certificó su muerte. Su cuerpo yació inmóvil durante un día, al término del cual se levantó y pidió un vaso de agua.
Mututa afirmaba que, durante cada una de sus tres «muertes», su alma había abandonado el cuerpo y subido al cielo, donde los ángeles le habían explicado que era un «caso de identidad equivocada» y le habían devuelto a la Tierra.
Por lo visto, encontraron al verdadero hombre en el cuarto intento.
a historia de los milagros católicos está llena de informaciones históricas documentales que son de particular interés para los parapsicólogos. Sin embargo, pocas carreras espirituales pueden compararse, cuantitativamente, con la de la humilde
Dama de Azul, Sor María Coronel de Agreda. Por su propia cuenta, sor María apareció en dos lugares al mismo tiempo unas quinientas veces entre los años de 1620 y 1631.
Nacida en España en 1602, de una familia religiosa de la clase media, sor María experimentó intensas visiones cuando era todavía una niña. En su adolescencia, caía fácilmente en trances de éxtasis. Siendo todavía muy joven, ingresó en el convento franciscano de la
Inmaculada Concepción de Agreda.
Allí se impuso un régimen que incluía largos períodos de ayuno, noches sin dormir y flagelaciones infligidas por ella misma. Entre los milagros que se le atribuyen durante aquella época estaban la extraordinaria capacidad de responder a pensamientos no formulados de otros y de levitar sobre el suelo del convento.
Pero sor María es sobre todo famosa por su asombrosa facilidad de manifestarse en dos sitios diferentes al mismo tiempo. Se dice que sus fantásticas proyecciones la lanzaban a través del océano Atlántico y hasta las zonas desérticas del oeste de la Texas del siglo XVII, donde atendía a las necesidades físicas y espirituales de los casi desnudos pieles rojas.
De todas las tribus indias indígenas que habitaban en el Sudoeste antes de la llegada de los conquistadores, la menos conocida es la de los pobres
jumanos, que vivieron a orillas del Río Grande, cerca de lo que es hoy Presidio, Texas. Al principio de la migración española desde México, fueron encontrados por el padre
Alonso de Benavides, sacerdote franciscano. Para su gran sorpresa, descubrió que la mayoría de los jumanos, dedicados a la caza y al cultivo, habían sido ya convertidos al cristianismo. Y lo que es más, afirmaban que habían sido dirigidos a la reunión por una misteriosa «mujer de
azul», la misma alma amable que les había dado rosarios, curado sus heridas y les había iniciado en el mensaje de Jesucristo.
Casi tan confuso como sorprendido, el padre Benavides escribió al papa
Urbano VIII y al rey Felipe IV de España, preguntándoles quién le había precedido en su ministerio. No tuvo la respuesta hasta 1630, al regresar a España, cuando se enteró de los milagros de sor María, visitó personalmente su convento y vio que el hábito de su orden era azul.