a Humanidad lleva vagando por la Tierra sólo durante uno o dos millones de años, según la aceptada teoría paleontológica. Pero si alguno de los fósiles descubiertos en Norteamérica resulta indicativo, los seres humanos -o algo muy parecido a lo
humano- han estado presente desde hace varios cientos de millones de años.
En los años 1880 se realizó un asombroso descubrimiento en las Montañas Cumberland, en Jackson County, Kentucky. Mientras cruzaba Big Hill, un tren de carga procedía a abrirse paso por la arenisca del pico de la cumbre. Cuando se despejaron los cascotes, se descubrió una capa de rocas y, más tarde, se determinó que tenía más de 300 millones de años de antigüedad. Empotradas en la antigua roca, los excavadores encontraron varios rastros de animales, así como dos pisadas humanas, descritas como «de buen
tamaño, con los dedos bien extendidos y muy bien marcadas».
Incluso antes, otra extraña serie de pisadas fue también desenterrada en la orilla occidental del río Mississippi, en St.
Louis, en 1816. Las huellas tenían unos 26 cm de longitud y 10 cm de anchura en los dedos de los pies. Según
Henry Schoolcraft, que las examinó, las huellas parecían haber sido hechas por alguien acostumbrado a caminar grandes distancias sin el empleo de calzado. Schoolcraft las describió como «sorprendentemente naturales, exhibiendo todas las impresiones musculares, así como el talón y los dedos, con una precisión y fidelidad tan naturales, que me he visto incapaz de copiarlas». Sin embargo, por seguro que estuviese de que las huellas de pisadas eran auténticas, Schoolcraft fue incapaz de explicar cómo habían conseguido aparecer en una capa de arenisca que se había endurecido hacía 270 millones de años.
e presume que la conquista de los cielos por el hombre empezó un día de diciembre de 1903, cuando dos mecánicos de bicicletas, los hermanos
Orville y Wilbur Wright, volaron unos cuantos metros en su frágil biplano, sobre las dunas de Kitty Hawk. Pero siete años antes de aquel breve pero importante vuelo, en noviembre de 1896, algo aparentemente hecho por el hombre fue visto en el cielo sobre San Francisco. En abril del año siguiente, en plena fiebre informativa, la Gran Aeronave de 1897 había sido vista en ambas costas y en todo el interior de la nación, desde Chicago hasta Texas.
Apenas hubo una comunidad que no la viese. Sin embargo, la ubicua aeronave de 1897 nunca ha sido satisfactoriamente explicada. Los historiadores de la aviación
oficial la rechazan despectivamente. Pero las páginas de los periódicos de la época describieron la misteriosa aeronave en términos sorprendentemente parecidos a los de los subsiguientes
OVNIs. Incluso los folcloristas y los sociólogos se ven en dificultades para explicar la insistencia de aquellos informes.
Típicamente, lo que se veía podía dividirse en dos categorías. Algunas personas lo describían solamente como luces nocturnas y rayos brillantes. Otros describían una magnifica máquina volante tripulada por extraños individuos. Con frecuencia se dijo que la nave se había posado en el campo, generalmente para sencillas reparaciones, antes de continuar su ruta.
Se especuló tanto sobre el origen de la aeronave que famosos inventores como
Thomas Alva Edison convocaron conferencias de Prensa para negar que el invento fuese suyo. Otros inventores menos honorables reivindicaron la aeronave como propia, aunque nunca pudieron presentar un modelo que funcionase. En todo caso, las noticias sobre la aeronave decayeron espectacularmente en el año de 1897 y, al empezar el nuevo siglo, se habían virtualmente olvidado.
Sin embargo, los estudiosos de fenómenos anómalos continúan debatiendo actualmente el significado de la Gran Aeronave.
Charles Fort, el más grande catalogador de cosas extrañas y desacostumbradas, sugirió que la máquina voladora fue simplemente una idea cuyo tiempo había llegado. Otros creen que la Gran Aeronave de 1897 espoleó de alguna manera los subsiguientes adelantos en la tecnología de la aviación. Los hermanos Wright pudieron no ser innovadores inocentes, arguyen aquellas lumbreras, sino más bien instrumentos involucrados de un impulso evolucionista inconsciente. Este impulso hacia fuera, sugieren incluso algunos, se refleja en la preeminencia de las noticias actuales sobre
OVNIs.
l más profundo misterio de la aviación americana es un episodio casi olvidado, pero todavía inexplicable, que empezó en noviembre de 1896 y terminó en mayo del año siguiente.
Desde California hasta Maine, miles de americanos dijeron haber visto grandes «aeronaves» pilotadas, diferentes de todo lo que podía volar en aquella época, varios años antes de que los hermanos Wright inventasen el aparato volador más pesado que el aire y cambiasen con ello la Historia. Aquellas «aeronaves» sorprendieron y dieron lugar a especulaciones sobre quiénes eran su inventor o inventores, pero, hasta hoy, nadie lo sabe. Lo único que tenemos son varias claves tentadoras, pero ninguna más intrigante que las concernientes a un hombre muy extraño llamado
Mr. Wilson.
El 19 de abril de 1897, Mr. Wilson se dio a conocer. Un joven de Lake Charles, Louisiana, estaba conduciendo un tronco de caballos cuando vio una enorme aeronave pasando por encima de su cabeza y asustando tanto a los animales que se desbocaron y arrojaron al suelo al conductor. Entonces la aeronave se detuvo y quedó inmóvil a poca distancia -la capacidad de inmovilizarse en el aire era una de las inverosímiles facultades del misterioso avión- y una escalera de cuerda fue lanzada desde ella. Dos ocupantes de la aeronave bajaron por aquélla y ayudaron al testigo a levantarse. «Desde luego, me satisfizo descubrir que eran americanos corrientes, como yo mismo, refirió después el joven. Los aeronautas se disculparon por la molestia que le habían causado. En compensación, le invitaron a subir a la nave, presentándose como
Scott Warren y «Mr. Wilson». Wilson dijo que era el propietario de la nave. Ya a bordo, Wilson y Warren le explicaron el sistema de propulsión del aparato, pero los datos eran tan técnicos que el joven no comprendió nada de lo que le decían.
Un día más tarde, cerca de Uvalde, Texas, una aeronave aterrizó y fue descubierta por el sheriff
H. W. Bayler, que conversó con miembros de la tripulación. Uno de ellos se identificó como Wilson y dijo que era natural de
Goshen, Nueva York. Entonces preguntó Wilson por el capitán C. C.
Akers, un hombre de la localidad.
Más tarde, al ser preguntado acerca de Wilson, Akers dijo a un reportero: «Puedo decir que, cuando vivía en Fort Worth en el setenta y seis y el setenta y siete, conocí bastante bien a un hombre llamado Wilson, del Estado de Nueva York, y tuve buena amistad con él. Era experto en mecánica y trabajaba entonces en navegación aérea y en algo que decía que asombraría al mundo. Era un hombre muy bien educado, a la sazón de veinticuatro años, y parecía tener dinero para sufragar sus inventos, a los que dedicaba todo su tiempo. Dadas las conversaciones que sostuvimos en Forth Worth, creo que Mr. Wilson, después de construir una aeronave práctica, probablemente me buscaría para mostrarme que lo que había pretendido no era tan descabellado como había presumido yo entonces.»
La aeronave reapareció un día o dos más tarde, cuando aterrizó para ser reparada en Kountze, Texas. Unos testigos hablaron con los pilotos, que dijeron llamarse «Wilson y Jackson». El
San Antonio Daily Express informó de que el día 25, entre la medianoche y la una de la mañana, «el cielo estaba muy nublado y no se veía ninguna estrella. Esto hizo que fuese más fuerte la extraña luz blanca de los faros de la aeronave y el resplandor que la fuerte iluminación proyectaba a su alrededor. Sin embargo, impedía ver claramente la propia estructura, aunque, al girar y acercarse más el extraño aparato, una docena o más de luces más pálidas, entre ellas un grupo de luces verdes en el lado de la nave que miraba a la ciudad, y otro grupo enorme de luces rojas en la popa, indicaban claramente su naturaleza artificial.
El periódico seguía diciendo, sin explicar cómo lo sabía, que los «inventores eran
Hiram Wilson, natural de Nueva York e hijo de Willard B.
Wilson, maquinista ayudante de "New York Central Railroad", y el ingeniero electricista
C. J. Walsh, de San Francisco. Los hombres habían trabajado en su proyecto durante varios años y, cuando habían madurado sus planes, habían hecho construir las partes de la nave en diferentes lugares del país, desde donde fueron enviadas a San Francisco y montadas en la isla».
El Daily Express decía que, después de ser probada en California, la nave voló a Utah y fue escondida
en algún lugar apartado del Oeste, donde fueron corregidos los defectos. Entonces reanudó su vuelo hacia el Este a través de los Estados Unidos.
Y no se volvió a saber más de Wilson y de su notable máquina.
¿Quién era él? Investigaciones practicadas en años recientes no han dado resultado. Y un estudio de la historia de las aeronaves desde 1897 nos da motivos para sospechar que Mr. Wilson era aún más misterioso de lo que sugieren sus primeras apariciones. Según el escritor
Daniel Cohen, autor de The Great Airship
Mystery, «hay muchas cosas desconcertantes y contradictorias en el
episodio de Wilson. Todos los intentos de seguir el rumbo de la "aeronave de Wilson" sobre el sur de Texas durante la última o las dos últimas semanas de abril de 1897 han sido inútiles. Las aeronaves parecieron menudear en toda la región. Tenía que haber al menos dos o tal vez tres aeronaves diferentes, siguiendo rumbos erráticos, para explicar las muchas veces que fueron vistas o encontradas. Aparte del nombre Wilson, que aparece al menos en cinco relatos diferentes, los nombres de los otros tripulantes varían. Lo mismo que el número de tripulantes entre dos y ocho. Y aunque muchos informes consignan que el inventor dijo que pronto haría pública su aeronave, no lo hizo jamás..
Otro investigador, Jerome Clark, advirtió algo todavía más extraño: «Tenemos un simple hecho "imposible", que por sí solo es suficiente para despertar profundas dudas sobre el pretendido papel de Wilson -dijo Clark-. A saber, el capitán Akers dice que, veinte años antes de la aparición de Wilson en Uvalde, éste tenia veinticuatro años. En Lake Charles, en 1897, es descrito como "un hombre visiblemente joven". Incluso hoy, a pesar de nuestra mayor longevidad, un hombre de cuarenta y cinco años nunca es llamado joven, salvo en un sentido muy relativo; hace ochenta años, habría sido un hombre de edad
madura».
Algunos investigadores han presumido que el episodio no fue lo que parecía ser. Las aeronaves y sus ocupantes de aspecto humano no eran inventores americanos que, inexplicablemente, nunca reclamaron la recompensa merecida por sus inventos, sino más bien producto de una inteligencia alienígena enigmática, que trataba de disfrazarse adoptando una actitud que la cultura americana del período podía aceptar.
Ésta es una explicación fantástica y no tenemos manera, casi un siglo más tarde, de saber si es cierta o no. Sólo podemos estar seguros de que el misterioso Mr. Wilson y las extrañas aeronaves relacionadas con su aparición- seguirán siendo un enigma.
l año 234 a. de C.,
Alejandro Magno, tras haber extendido sus conquistas tan lejos como hasta la India occidental, ordenó al almirante
Nearco que regresase al golfo Pérsico y transportase a las agotadas y diezmadas tropas griegas de regreso a Grecia. Sin embargo, parte de la armada naval jamás llegó a su patria. Algunos historiadores especulan acerca de que sus naves continuaron más allá de la India, hasta el océano Pacífico, y que en su momento arribarían a Tahití y Hawai. Existen algunas evidencias que avalan la idea de que los griegos realizaron todo el trayecto hasta la costa occidental de las Américas.
En la costa este de Norteamérica, los primeros hombres blancos en llegar a las costas de Maryland y Virginia descubrieron un río al que los nativos llamaban Potomac. De manera similar, la palabra griega para río, lo cual es ya de por sí bastante raro, es potamós.
Cuando los conquistadores españoles del siglo XVI invadieron el imperio azteca, por ejemplo, se enteraron que la palabra para los templos de las pirámides aztecas era
teocalli, con el significado de «morada de los dioses». Estudios posteriores por parte de los historiadores, revelaron que
teocalli es notablemente parecido a las dos voces griegas théos y kalías, que, empleadas juntas, también tienen el mismo significado que
teocalli.
Y, en Hawai, cierto número de palabras, como aeto (águila),
mele (canción) y nu-nu (inteligencia) están sorprendentemente cerca de las palabras griegas con el mismo significado:
aetós, melodía y nous. Además, los cascos hawaianos para la guerra, aunque diseñados en madera y plumas, en vez de ser metálicos y con pelo de caballo, resultaban casi idénticos a los de sus colegas griegos.
La simple, pero intrigante explicación para el parecido del idioma griego y de los artefactos en culturas muy alejadas, se centra en torno de Alejandro, conquistador de la mayor parte del mundo antiguo. Tras haber aplastado al poderoso Imperio persa, las tropas terrestres de Alejandro siguieron hacia el este y el norte de la India, en lo que hoy son Estados de la CEI (ex URSS). Mientras tanto, su armada de 88 navíos, al mando del almirante Nearco, exploraron la costa de la India.
Si los griegos llegaron a abrirse camino hasta las tierras del Pacífico Sur y de las Américas, probablemente habrían parecido semidioses, y su idioma y arte serían lo bastante valiosos como para ser adoptados por las culturas nativas.
l Gobierno de Westfalia reunió nada menos que 50 declaraciones de los testigos de una batalla de fantasmas que ocurrió el 22 de enero de 1854 en el pueblo de Büderich. Según los observadores, todo el Ejército -infantería, caballería y numerosos carros- marcharon en procesión a través del campo.
Los disparos de fusiles y el color de los uniformes podían distinguirse con claridad y el batallón, al dirigirse hacia el bosque de Schafhauser, dejó tras su estela dos casas en llamas y un rastro de espeso humo negro. Luego el Ejército desapareció en el bosque.
Al atardecer toda la escena se disipó, tan repentina e inexplicablemente como había surgido.