n lo más profundo de los pinares de Bardin, en Florida, una enorme bestia peluda, humaniforme, con una chata nariz, permanecía oculta, aguardando a saltar y golpear los coches que pasaban. Los residentes de la zona le pusieron el nombre de
«Bardin Booger», y se convirtió en cierto modo en una celebridad de la región. Bud Key, propietario de la «Bud's Grocery», en el corazón de Bardin, vendía camisetas estampadas con imágenes del monstruo. Y un intérprete local de música country incluso compuso una canción que hablaba del «Booger Man».
Se encontraron enormes huellas de pisadas en la zona donde «Booger» había sido localizado. Entre los testigos presenciales se encontraba
Doug Crew, un residente desde hacía mucho tiempo en Bardin, que se encontraba sentado en su camioneta una noche con dos mujeres jóvenes, cuando el vehículo comenzó a vibrar con violencia.
-La mejor forma que tengo de describirlo -explicó más tarde Crew- es que se parecía a cuando un perro se sacude el agua del lomo.
Aunque el fenómeno indujo a algunos bromistas a falsificar las huellas de las pisadas de «Booger» y a instalar sistemas sonoros en
sus vehículos para producir ruidos extraños, cierto número de personas alegan haber visto a «Booger». Como dice Kay: -Por lo que a mí respecta, aún sigue por ahí...
la
1:45 de la tarde de un día lluvioso, 28 de enero de 1967, en Studham Common, en los montes Chiltern de Inglaterra, siete muchachos se dirigían ala escuela por un valle poco profundo llamado el
Dell. Uno de ellos, Alex Butler, de diez años, estaba mirando al Sur sobre el Dell cuando vio lo que describió más tarde como un «hombrecillo azul, con barba y sombrero alto.»
Lo señaló rápidamente a un amigo que caminaba junto a él y los dos decidieron mirar más de cerca al curioso personaje. Corrieron hacia él, pero, cuando se hallaron a veinte metros de distancia, «desapareció en una nubecilla de humo.»
Los muchachos lo dijeron a sus compañeros, que empezaron a buscar al hombrecillo, esperando que reapareciese. Y no tardó en volver, esta vez en el lado opuesto de los matorrales donde había sido visto antes.
Al acercarse los muchachos a él, se desvaneció de nuevo, para reaparecer en el fondo del
Dell. Entonces oyeron los muchachos «voces» que hablaban en «una jerga que parecía extranjera, en una espesura próxima, y por primera vez sintieron un poco de miedo.
Cuando llegaron a la escuela aquella lluviosa tarde del 28 de enero de 1967, su maestra,
Miss Newcomb, advirtió que estaban excitados por algo.
Al principio no quisieron explicarle la razón. Lo único que decían era: «No nos creería.» Por último, ella separó a los siete e hizo que cada cual escribiese su versión del extraño suceso. Los relatos eran notablemente parecidos, lo bastante para que Miss Newcomb se convenciese de que algo fuera de lo corriente había ocurrido aquella tarde.
En definitiva, aquellos relatos fueron publicados en un folleto titulado
El hombrecillo azul de Studham Common.
A su debido tiempo, la noticia llamó la atención de los investigadores británicos
Bryan Winder y Charles Bowen, que se enteraron de que, en meses recientes, varias personas del lugar habían dicho que habían visto
OVNIs. Se había informado de dos aterrizajes en el lugar donde había sido visto el hombrecillo azul. Sin embargo, la relación con los
OVNIs siguió siendo conjetural, ya que los muchachos decían no haber visto ninguno.
Los investigadores interrogaron a los chicos en presencia de su maestra. Winder escribió:
«Calculan que el hombrecillo tenía un metro de estatura, a los que había que añadir otro medio metro que medía un sombrero o casco, mejor descrito como un alto bombín sin ala. Pudieron discernir una raya que podía ser un flequillo de cabellos o el borde inferior del sombrero, dos ojos redondos, un pequeño triángulo al parecer plano en vez de nariz, y una vestidura de una pieza con un ancho cinturón negro que sostenía una caja negra de unos quince centímetros cuadrados en la parte delantera.»
n 1848,
Alexandre Dumas escribió la clásica novela El hombre de la máscara de
hierro, basada en un incidente auténtico pero misterioso que tuvo lugar durante el reinado de
Luis XIV de Francia, en el siglo XVII. En el relato de Dumas, un hombre era mantenido prisionero en secreto durante 34 años en una gran variedad de recintos carcelarios, y llevaba una máscara de hierro para ocultar su identidad. Según Dumas, el prisionero era el hermano gemelo del rey, cuyo rostro hubiera reconocido cualquiera que lo viese. Sin embargo, en realidad, la identidad histórica del prisionero no ha llegado jamás a determinarse.
¿Qué se sabe al respecto? En julio de 1669, un hombre fue capturado cerca de Dunkerque. Al parecer demasiado peligroso para liberarlo y, por alguna razón, demasiado valioso para matarlo, fue encarcelado en la Bastilla, donde vivió en solitario confinamiento hasta que murió en 1703, probablemente de causas naturales. Y, a diferencia del personaje del relato de Dumas, el histórico prisionero llevaba una máscara de terciopelo negro, en vez de una de hierro.
Algunas personas creen que el hombre de la máscara de terciopelo negro era el hermano mayor del rey, encarcelado para evitar disputas, dado que era el heredero por derecho del trono. Pero hay otros que proponen que se trataba del propio Luis, con su trono usurpado por un impostor, un ilegitimo hermanastro. Pero tal vez la más creíble explicación sea la de que se trataba del auténtico padre de Luis.
Los padres de Luis habían estado alejados durante muchos años cuando el futuro rey nació en 1683. Y
Luis XIII, además, era viejo, estaba enfermo y, probablemente; impotente. Como existía la necesidad de un heredero para que sucediese al rey, los consejeros reales proporcionarían a la reina un marido sustituto. En ese caso, si el prisionero era el padre biológico de Luis, y si el hijo le hubiera ejecutado, se habría cometido un parricidio. Y, probablemente, Luis no tendría nada contra él. Pero, en el caso de estar encarcelado, y bajo los dictados de un decreto real se le prohibiese hablar con nadie (mientras se ordenaba a los demás que no lo escuchasen), bajo pena de muerte, en ese caso el hombre no podría revelar la auténtica herencia de Luis XIV.
ed Serios ha sido llamado «el hombre de la mente fotográfica», no a causa
de su memoria, sino por su facultad de imprimir imágenes en películas «Polaroid» por pura concentración.
Mucho de lo que sabemos del caso procede de Jule Eisenbud, psiquiatra de Denver que trabajó con Serios en los años sesenta. Ex botones en Chicago, Serios vivió en la casa de Eisenbud durante los experimentos. Su procedimiento acostumbrado era mirar fijamente la lente de la cámara, con frecuencia a través de un cilindro de papel negro, y decir a los experimentados cuándo tenían que disparar el obturador. Con frecuencia se encontraba una imagen borrosa en la instantánea resultante.
Desde luego, los escépticos clamaron diciendo que era una superchería desde el principio hasta el fin, alegando que el extraño cilindro con que solía trabajar Serios contenía una lente escondida. Pero estas críticas no pueden explicar en modo alguno todos los éxitos de Serios.
Un experimento especialmente provocador fue concebido por el doctor Eisenbud en 1965. Varios testigos se reunieron en su casa y cada uno de ellos escribió un tema en una hoja de papel. Entonces, sin decirle lo que contenían éstas, se pidió a Serios que imprimiese uno de los temas propuestos en una película «Polaroid». Esto significaba que una parte de la mente de Serios tenía que captar, por clarividencia, el contenido de las hojas de papel, elegir un tema y grabarlo en la cinta fotográfica.
Serios empezó su actuación bebiendo varias cervezas y, después, puso manos a la obra mirando fijamente la cámara «Polaroid». La imagen resultante parecía un confuso primer plano de una araña. No pareció coincidir con ninguno de los temas propuestos por los invitados. La única hoja de papel que podía guardar alguna relación era una en la que se habían escrito las palabras
staggerwing airplane
(una clase de avión biplano en el que una de las alas estaba un
poco adelantada respecto a la otra). Pero dos años más tarde, el doctor
Elsebundo estaba mirando un ejemplar de The American Heritage of Flight cuando, para sorpresa suya, encontró una serie de fotografías de aquella clase de aviones..., y la de Serios era idéntica a una de ellas.
no de los encuentros más extraños que se produjo en una fría noche de noviembre de 1961. Los testigos fueron cuatro hombres de Dakota del Norte que volvían en coche a casa, después de una excursión de caza, mientras una lluvia fría repicaba en el parabrisas del automóvil. El sistema de calefacción casi se había apagado y el agua de la lluvia se helaba en los cristales de las ventanillas. Tres de los viajeros estaban durmiendo, cuando el único que estaba despierto, el conductor, vio un objeto brillante que descendía del cielo.
Bajó a una distancia de seiscientos metros, a la derecha de la carretera. El conductor, alarmado, golpeó con el codo al hombre que dormía a su lado, el cual se despertó lo bastante de prisa para ver también el objeto. Igualmente lo vio uno de los que iban en el asiento de atrás. Todos estaban seguros de que era un avión que iba a estrellarse.
Corrieron hacia allí y se encontraron con un objeto en forma de silo, colocado sobre el suelo en un ángulo de unos ochenta y cinco grados y a 150 metros de ellos.
Había cuatro figuras a su alrededor. Tratar de ver aquello en una noche oscura y a cierta distancia requería un gran esfuerzo de la vista, por lo que los hombres del coche enchufaron un proyector en el encendedor eléctrico y enfocaron con él la nave y sus ocupantes. En aquel momento, según refirió más tarde uno de los cazadores a un investigador del Comité Nacional de Investigaciones sobre Fenómenos Aéreos,
hubo una explosión y todo desapareció».
Los hombres estaban horrorizados. Creyeron que el avión había estallado y empezaron a recorrer el campo. Pero al acercarse al lugar de la explosión, no encontraron nada.
Entonces despertaron al cuarto hombre, un médico de la base local de la
Air Force, y le dijeron que, en cuanto encontrasen el lugar del «accidente», necesitarían su ayuda. El médico les aconsejó que volviesen al lugar desde el que habían visto primero el objeto. De esta manera, dijo, podrían volver sobre sus pasos e intentar de nuevo descubrir el lugar al que había descendido el aparato.
En cuanto volvieron a la carretera, vieron de nuevo el objeto y sus ocupantes. El médico encendió el proyector y resiguió con él el vehículo plateado y en forma de silo. Entonces iluminó una de las figuras, una forma parecida a un hombre de un metro ochenta de estatura y vestida con un mono blanco. Les extrañó que el personaje agitase un brazo, como indicándoles que se marchasen de allí. Si se trataba de un accidente de aviación, ¿por qué les hacia aquel hombre señas de que se alejasen?, se preguntaron los testigos.
Los cazadores rodaron en su coche un breve trecho, discutiendo mientras tanto lo que tenían que hacer. Alguien pensó que el objeto era un aparato de prueba de la
Air Force que no debía ser visto. Uno sostuvo que aquel personaje era un agricultor y que el
«avión» era un silo. En definitiva, prosiguieron su camino. Habían avanzado un par de millas más cuando el objeto volvió y aterrizó suavemente a menos de 150 metros de distancia. De pronto, vieron dos figuras delante de la nave.
Uno de los cazadores se tumbó en el suelo, con un rifle, y disparó una vez. El personaje que estaba más cerca fue
alcanzado en un hombro. Giró en redondo y cayó de rodillas. Mientras su compañero le ayudaba a levantarse, gritó:
«¿Por qué diablos habéis hecho esto?»
Los cuatro hombres trataron más tarde de reconstruir lo sucedido y advirtieron que, en el mejor de los casos, sus recuerdos eran confusos. Dos de ellos negaban que hubiese sido tomado un rifle del coche. El hombre que recordaba haber disparado contra el personaje dijo que su comportamiento parecía irracional y extraño. Lo único que recordaban claramente era que habían llegado a casa cuando se hacía de día y que sus esposas les estaban esperando, preocupadas.
El día siguiente, el médico -el hombre que había hecho el disparo- se sorprendió al ver que unos desconocidos le estaban esperando al volver él al trabajo. Llamándole por su nombre, le dijeron que habían «recibido un
informe» sobre su experiencia de la noche pasada. Le preguntaron si se había apeado del automóvil durante la primera parte del incidente y también quisieron saber cómo iba vestido. Al responderles él que llevaba traje de cazador y botas, le pidieron que les llevase a su casa para examinar las prendas.
Después de examinar su equipo, se despidieron. El que había hablado más le dio las gracias por su cooperación y después le advirtió: «Será mejor que no diga nada de esto a nadie.» Los hombres montaron en su coche y se alejaron, dejando confuso al médico. Éste tuvo que tomar un taxi para volver a la base.
-No me preguntaron nada sobre el disparo y todas sus preguntas se refirieron
a la primera parte del incidente -recordó el médico-. Creo que probablemente sabían más de lo que decían, pero no lo sé.
Nunca volvió a verles y no tiene la menor idea de quiénes eran y de lo que querían exactamente de él.
n 1831, una anónima víctima inglesa de una fiebre tifoidea fue exhumado cuatro días después de su entierro y llevado ante un grupo de estudiantes de medicina para su disección. Sin embargo, cuando el profesor comenzó a cortar en el pecho, el cuerpo empezó a gritar y agarró al profesor por el brazo. Los acontecimientos que llevaron a su presunta muerte hicieron su relato aún más pintoresco.
Aunque su fuerza física declinó como resultado de la fiebre tifoidea, explicó el inglés, nunca perdió la conciencia de su mente. Incapaz de hablar o comunicarse de cualquier otro modo, escuchó cómo el médico le declaraba muerto y sintió que le tapaban el rostro. Permaneció tendido y alerta mientras la familia y los amigos le velaban durante tres días. Tras lo que denominó un brutal tratamiento por parte de la funeraria,
escuché el chasquido de la madera mientras martillaban los clavos en la tapa. Apretado en aquella estrecha caja, experimenté una sensación como si mi cabeza y mis miembros se estuviesen haciendo pedazos». Luego escuchó cómo un amigo leía junto a la tumba la oración fúnebre.
Siguió consciente durante los siguientes cuatro días. Pero cuando el escalpelo del profesor comenzó a cortarle, «conseguí gritar, se soltaron los lazos de la muerte y regresé a la vida».
l pie del patíbulo levantado para su ejecución, el verdugo preguntó a
John Lee si quería decir unas últimas palabras.
-No -dijo él-. Sigue adelante.
Era el 23 de febrero de 1885 y Lee iba a ser ahorcado por el asesinato de su patrona,
Emma Ann Keyes, de Exeter, Inglaterra, la cual había sido encontrada con el cuello cortado y la cabeza destrozada con un hacha. Ahora estaba a punto de hacerse justicia. El verdugo cubrió la cabeza de Lee con un saco y apretó el nudo alrededor de su cuello. Entonces dio la señal de que abriesen la trampa. No ocurrió nada.
Se quitó la cuerda del cuello de Lee y se examinó el mecanismo de la trampa, buscando algún defecto. No se encontró nada anormal y el reo fue colocado de nuevo en su sitio. Se dio de nuevo la orden y tampoco se abrió la trampa. Esta vez cepillaron los bordes de aquélla para asegurarse de que se abriría sin dificultad. Pero por tercera y cuarta vez, la trampa se negó a caer.
El sheriff, desconcertado, mandó que llevasen a Lee a su celda. El caso mereció rápidamente grandes titulares en los periódicos e incluso hubo un debate en la Cámara de los Comunes sobre lo que había que hacer con «el hombre a quien no podían
colgar». En definitiva, la pena fue conmutada por la de reclusión perpetua. Después de veintidós años entre rejas, el afortunado reo fue puesto en libertad condicional en diciembre de 1907.
Lee vivió al menos otros treinta y cinco años y se cree que murió en Londres alrededor de 1943. Aunque su milagrosa salvación de la cuerda del verdugo fue frecuentemente recordada por los reporteros de lo extraño y extraordinario, jamás se encontró una explicación satisfactoria del defectuoso funcionamiento de la trampa.
l joven
Will Purvis fue juzgado por el asesinato de un granjero en Columbia, Mississippi, y aunque insistió durante todo el juicio en que era inocente, los doce jurados lo encontraron culpable. A continuación fue sentenciado a la horca y se le sacó de la sala del tribunal.
Purvis les gritó a los jurados:
-Viviré para ver cómo muere el último de vosotros.
El 7 de febrero de 1894, Purvis se hallaba en el patíbulo, con un recio nudo corredizo en torno del cuello. Pero, en vez de quedar colgando y con el cuello roto al abrirse la trampilla, Purvis cayó recto por la trampilla. De manera misteriosa, el nudo corredizo se había desanudado y, por lo tanto, el lazo se deslizó por la cabeza del condenado. Los agentes volvieron a atar el nudo corredizo y se preparó por segunda vez la ejecución. Sin embargo, la multitud que se había congregado en el lugar tenía una opinión diferente. Para ellos, la salvación de Purvis era un milagro y, obviamente, no se le debía ahorcar. Gritando, cantando y chillando alabanzas a Dios, los espectadores tuvieron la suficiente influencia como para que se pospusiera la ejecución. Se rechazaron varias apelaciones presentadas por el abogado de Purvis y se volvió a fijar el ahorcamiento para el 12 de diciembre de 1895, a pesar del hecho de que Purvis era ahora una figura popular.
Unas cuantas noches antes de la segunda ejecución programada, un pequeño número de admiradores sacó a Purvis de la cárcel y éste se ocultó en espera de la llegada del mandato de un nuevo gobernador que mostrase más simpatía por su apuro. No obstante, en 1896 se entregó y la sentencia se le conmutó por cadena perpetua.
En 1898, una serie de cartas y una opinión pública favorable dio finalmente sus frutos. Purvis fue indultado y liberado de la prisión. Pero no fue hasta 1917 cuando quedó vindicado. En su lecho de muerte, un hombre llamado
Joseph Beard confesó ser el asesino por el que Purvis estuvo a punto de ser ejecutado.
Para coronar su curioso caso, Purvis murió el 13 de octubre de 1938, tres días después del fallecimiento del último jurado superviviente de su juicio. Tal y como había prometido, Purvis los sobrevivió a todos ellos.
l ayudante del sheriff del Condado de Grays Harbor, Washington,
Verlin Herrington volvía en coche a casa una noche cuando se encontró lo que, al principio, creyó que se trataba de un oso. Mientras seguía por la Deekay Road, aproximadamente a las
2:35 de la madrugada del día 26 de julio de 1969, pisó a fondo el freno y paró el coche. Apuntando con los focos a la bestia, se percató entonces de que no se trataba de un oso. Y aunque andaba erguido, tampoco era un ser humano. Estaba cubierto por un pelo grueso de un color negro-marrón, excepto en su rostro humaniforme, que tenía un aspecto de cuero oscuro. En lugar de garras, tenía pies con unos dedos, al igual que los de las manos, bien distintos. Y parecía tener una talla de unos 2,20 m y debía de pesar por lo menos 160 kg.
Presa del miedo, Herrington sacó su pistola pero, antes de que pudiese disparar, la criatura se adentró con rapidez en los bosques y desapareció de la vista.
Al día siguiente, el ayudante del sheriff regresó al lugar, donde encontró y fotografió una pisada que medía 20 cm de longitud.
Puede una persona «sintonizar» con acontecimientos pasados? Sí, según la médium
Joan Grant, a quien había convencido una experiencia que había tenido en 1929.
Estando de vacaciones con su marido en el Continente, Grant había pasado la noche en una habitación de hotel de Bruselas. Por alguna razón inexplicable, aquella habitación la había inquietado, pero, como no había otras disponibles, se habían quedado en ella. Su marido pensó que sus temores eran tontos y pronto salió para hacer unos recados.
Grant pensó al fin que tomar un baño caliente le calmaría los nervios; pero, al no dar esto resultado, leyó durante un rato y después se acostó. Entonces se produjo el shock. Mientras yacía en la cama, tuvo una visión espantosa. Un joven pareció salir corriendo del cuarto de baño y arrojarse por la ventana. Ella esperó oír el ruido de su cuerpo al chocar con el suelo, pero no oyó nada. La perpleja médium trató de rezar, pero más tarde volvió a tener la misma visión.
Entonces llegó Grant a la conclusión de que la inquietud que le había producido la estancia se derivaba de un suceso pasado. La víctima, pensó, había ocupado alguna vez la habitación y ahora le estaba comunicando su aflicción. También decidió que podía
liberar al espíritu del suicida, o lo que fuese, confundiéndose con él. Pero temió que, si se confundía demasiado con el suicida, se arrojaría también por la ventana.
Arriesgándose, se asomó a la ventana y dijo:
-Tu miedo ha entrado en mí y ahora eres libre.
Repitió varias veces este mensaje hasta que, de pronto, sintió que la habitación volvía a ser normal.
Cuando regresó su marido a una hora avanzada de la tarde, Grant estaba enfadada.
-Monstruo -le dijo-. Irte de esta manera y dejar deliberadamente que tu esposa se apañase con un suicida. No ha sido gracias a ti que no he caído por la ventana y me he roto el cuello.
-¿Qué te pasa? -preguntó él-. ¿Qué ha ocurrido?
-Esta habitación estaba hechizada -declaró Mrs. Grant-. Te dije que algo malo había en ella. Un hombre salió corriendo del cuarto de baño y saltó por la ventana. Tuve que ponerme a su altura y liberarle, y a punto estuve de caer también yo misma.
El día siguiente, Mrs. Grant comprobó la historia con el director del hotel. Resultó que, realmente, se había producido un suicidio en aquella habitación cinco días antes, al saltar su ocupante por la ventana.