Volvería de la tumba el autor de una de las más famosas historias americanas de fantasmas, para gastar una broma?
Washington Irving, autor de The Legend of Sleepy
Hollow, era un hombre ingenioso a quien le gustaba divertirse, a veces a expensas de los demás. Poco después de su muerte, un viejo amigo del autor, el doctor
J. G. Cogswell, estaba trabajando en la biblioteca cuando vio que un hombre dejaba un libro en un estante y desaparecía. Cogswell estuvo seguro de que aquel hombre era Irving, hasta que vio otro fantástico personaje, la imagen de un segundo amigo difunto, que devolvía también un libro.
Pero aquí no terminó la cosa. Se dice que un sobrino de Irving,
Pierre, vio el fantasma de su tío en la casa de éste en Tarrytown, Nueva York. Pierre y sus dos hijas dijeron que habían visto claramente al famoso autor cruzar el salón y entrar en la biblioteca donde
solía trabajar.
Durante su vida, Irving declaró que no creía en fantasmas. El jinete sin cabeza de su obra era, a fin de cuentas, un mortal disfrazado para espantar a un rival. Es probable que su sobrino fuese igualmente escéptico..., hasta que el propio Irving demostró que estaban ambos equivocados.
l
Great Eastern era indudablemente uno de los barcos más grandes que ha navegado por los siete mares. Fue también uno de los de más mala estrella, maldito desde el principio por el fantasma de un trabajador emparedado en su doble casco.
Su creador, Isambard Kingdom Brunel, era ya un afortunado contratista de puentes y ferrocarriles cuando concibió la idea de una ciudad flotante que conectase Londres con el resto del mundo. Los ingenieros navales habían diseñado ya y construido barcos de
línea transatlánticos que desplazaban casi tres mil toneladas. Pero el
Great Eastern de Brunel dejaba enanos a todos sus predecesores. En realidad, con un desplazamiento calculado en cien mil toneladas avergonzaba a todas las estructuras flotantes. Diez grandes calderas alimentadas por 115 hornos impulsaban sus dos ruedas de paletas de 20 metros y una hélice de 10 metros. Cinco chimeneas lanzaban hacia el cielo el humo del carbón. El
Great Eastern tenía sistemas auxiliares suficientes para una pequeña flota, incluidas diez anclas de cinco toneladas cada una, seis enormes mástiles y velas, y su propia fábrica de gas para la iluminación.
Sin embargo, el barco pareció maldito desde el principio. Para la botadura del barco más grande del mundo, Brunel invitó al ejército de trabajadores que lo habían construido. El único que no compareció fue un tranquilo maestro carpintero que había trabajado en el doble casco.
La ceremonia del bautizo no se desarrolló del todo según el plan trazado, al fallar el mecanismo de botadura a causa del peso y el volumen del
Great Eastern. Probablemente no habría sido botado en manera alguna si una marea extraordinariamente alta no le hubiese hecho flotar en el Támesis. Pero poco después de aquel pequeño éxito, la
«Great Eastern Steam Navigation Company» de Brunel quebró, y el propio Brunel murió. Precisamente el día de su muerte, el capitán se quejó a su primer maquinista de que su sueño había sido «rudamente interrumpido por un constante martilleo desde abajo...»
Después de aquel misterioso incidente, estalló una de las chimeneas del
Great Eastern, matando a seis personas y destrozando el gran salón. Aunque su suerte mejoró momentáneamente, en la cuarta travesía del Atlántico de la lujosa embarcación, una furiosa galerna destruyó las ruedas de paletas y lanzó por la borda los botes salvavidas. Una vez más, y a pesar de los zumbidos del
vendaval, volvió a oírse el martilleo fantástico debajo de la cubierta.
El Great Eastern pudo llegar a puerto, pero se había acabado como barco de pasajeros. Sus últimos propietarios tuvieron incluso dificultades para venderlo como chatarra. Por fin, en 1885, al ser finalmente desguazado, los soldadores hicieron un tétrico descubrimiento.
Al lado de una bolsa de oxidadas herramientas yacía el esqueleto del carpintero desaparecido, entre las paredes de hierro del doble casco del
Great Eastern.
primeros de
septiembre de 1983, empezó una pesadilla para Mr. y Mrs. Berkbigler y sus cinco hijos. Acababan de trasladarse a su grande pero aún no terminada casa en el desierto, cuando grandes
piedras empezaron a golpear la estructura cada noche. Las piedras no parecían venir de ninguna parte y ni siquiera la
policía podía encontrar al responsable. Dicho en pocas palabras, los Berkbigler eran víctimas de un poltergeist, una especie de duende particularmente enojoso que se divierte apedreando las casas. Los miembros de la familia salían invariablemente para pescar al culpable, pero nunca podían ver a nadie. Los ataques empezaban generalmente entre las
5:30 y las 7:00 de la tarde, cuando volvían a casa del trabajo o del colegio. Las piedras llegaban en breves ráfagas, cesaban y empezaban de nuevo. A veces, la familia oía también misteriosos golpes en las puertas y ventanas.
Los Berkbigler creyeron al principio que un vagabundo era el responsable de aquella trastada, pero Mrs. Berkbigler estaba menos segura de la causa. «Tal vez es un espíritu -dijo al fin a los reporteros del
Arizona Daily Star-. Tal vez hemos construido la casa sobre un cementerio sagrado o algo parecido.»
Pronto la prensa local se refirió al problema del «fantasma lanzador de
piedras» de los Berkbigler. Durante las semanas siguientes, la
policía local visitó la casa y puso un helicóptero de vigilancia para resolver el misterio. Terminaron siendo ellos mismos alcanzados por las piedras, a menudo a plena luz del día, y se mostraron reacios a visitar la finca.
El episodio más espantoso se produjo el domingo 4 de diciembre. Las piedras se habían mostrado activas pero esporádicas durante todo el día, por lo que dos reporteros del
Star visitaron la casa para entrevistar a la familia. A las
6:10 de aquella tarde, fueron lanzadas piedras con tanta violencia contra la puerta lateral de la casa que los reporteros no podían salir. El asedio duró
dos horas, hasta que la familia llamó al fin a la policía que acompañó a los reporteros lejos de allí.
Lo más chocante era que, para golpear la puerta lateral, las piedras tenían que pasar a través del garaje abierto de la casa. Como aquella tarde había una furgoneta aparcada allí, las piedras tenían que ser lanzadas con extraordinaria puntería a través de un espacio de sesenta centímetros entre el techo del garaje y el de la furgoneta. Sin embargo, el fantasma conseguía esta hazaña sobrehumana sin la menor dificultad.
El caos llegó a su punto culminante el 6 y el 7 de diciembre, cuando docenas de personas se presentaron en la casa para ayudar a la familia a atrapar al culpable. A pesar de la constante vigilancia de la finca, las piedras fueron arrojadas como de costumbre, alcanzando a personas en la noche oscura del desierto con asombrosa habilidad. El improvisado pelotón consiguió arrojar a un intruso de la propiedad, pero éste resultó ser miembro de la oficina del sheriff.
Pero entonces cesó simplemente el lanzamiento de piedras. Los asedios diarios terminaron después de la segunda noche de búsqueda y el caso del misterioso lanzador de piedras de Tucson quedó sin resolver. Y hoy continúa la incógnita.
n antiguo colono llamado
Lakey del pequeño pueblo de McLeansboro, Illinois, fue encontrado muerto. El cadáver, descubierto por un transeunte, tenía cortada la cabeza, al parecer por el hacha que estaba todavía clavada en un tocón junto a su cuerpo. Nadie podía comprender el crimen, ya que Lakey no tenía ningún enemigo conocido.
Un día, después de su entierro, dos hombres pasaron a caballo cerca de la cabaña de Lakey, en lo que ahora es conocido como
Lakey's Creek. Probablemente habían ido a pescar al río Wabash y pasaban por delante de la cabaña al anochecer, cuando se les
reunió un jinete sin cabeza montado en un gran caballo negro. Incapaces de hablar, los hombres siguieron cabalgando, temerosos, y descendieron por la margen del torrente. De pronto, el misterioso jinete dio media vuelta, cabalgó torrente abajo y pareció desaparecer en una charca, más allá del paso para cruzar aquél.
Al principio, temerosos de contar su historia, aquellos hombres descubrieron pronto que otros habían visto la misma aparición. El fantástico jinete seguía siempre el mismo trayecto. Se reunía con los caballeros viniendo del
este, se volvía cerca del centro del torrente y desaparecía.
Actualmente, un puente de hormigón da paso a los automóviles sobre el mismo lugar donde vadeaban antaño los jinetes el
Lakey's Creek, y ningún motorista ha visto todavía al inquieto fantasma. El misterio de la muerte de Lakey está aún por resolver.
l doctor
Julian Burton trabaja en Los Ángeles como psicoterapeuta, ayudando
a la gente a resolver sus problemas. Sin embargo, su disertación para el doctorado
tenía más que ver con lo sobrenatural que con lo patológico, ya que versaba sobre el tema del contacto espontáneo con los muertos. Burton observó a cientos de personas durante su investigación y se convenció de que la comunicación con amigos y parientes muertos no era nada desacostumbrado. Esto sorprendió poco al psicólogo, ya que la idea para el proyecto había surgido de su propia experiencia personal.
La madre de Burton murió en 1973 a la edad de setenta y siete años, después de sufrir un ataque fulminante.
É1 sintió terriblemente esta muerte, pero se recobró en
septiembre siguiente, aunque el lazo entre ellos había de continuar mucho después de la muerte de la madre.
«Una noche de aquel septiembre -refiere Burton- mi esposa y yo recibimos la visita de unos parientes. Yo estaba en la cocina cortando una piña, cuando oí a mi derecha unas pisadas que creí que eran de mi esposa. Me volví para preguntarle dónde estaba un cuenco, pero entonces me di cuenta de que había pasado al lado izquierdo de mi campo visual. Me volví en aquella dirección para repetir la pregunta y vi a mi madre plantada allí. Era perfectamente visible y parecía años más joven que en el momento de su muerte. Llevaba una bata de diáfano color azul pálido ribeteada de marabú, que yo nunca había visto.»
Al seguir mirando Burton, la figura se desvaneció y, la mañana siguiente, él telefoneó a su hermana para contarle su experiencia.
«Ella se afligió mucho -sigue diciendo el psicólogo-, y se echó a llorar, preguntando por qué no había ido nuestra madre a ella. Esto me molestó, y le pregunté si creía lo que le había contado.»
Resultó que dos semanas antes de su ataque, las dos mujeres habían ido de compras y la madres había visto aquella bata de color azul pálido. Había deseado comprarla, pero no había querido gastar los doscientos dólares que costaba.
La experiencia influyó profundamente en Burton, que, a sus cuarenta y dos años, decidió volver a estudiar para terminar su doctorado. «Sentí -dijo- que muchas personas tenían probablemente experiencias parecidas que contar.»
a meditación trascendental tuvo gran notoriedad en los años setenta, cuando los líderes del movimiento sostuvieron que sus practicantes podían levitar. Pero, a pesar de todas sus afirmaciones, jamás se vio un meditador que flotase en el aire.
Sin embargo, esto no quiere decir que la energía de la mente no pueda ayudar a una persona a desafiar la gravedad. Las declaraciones de testigos oculares de levitaciones humanas abundan en la historia de las culturas oriental y occidental. Una de las
declaraciones más impresionantes a este respecto fue hecha en la década de 1860 por
Louis Jacolliot, juez francés que viajó mucho por Oriente. Según Jacolliot, su interés por el yoga aumentó cuando se hizo amigo de un fakir llamado
Covindasamy en 1866. Los dos hombres empezaron a realizar juntos experimentos metapsíquicos y un día, antes de almorzar, Covindasamy decidió hacer una demostración sorprendente a su amigo.
El yogui se dirigía hacia la puerta de la galería de Jacolliot, escribió el juez en su libro
Ciencia oculta en la India y entre los antiguos, cuando por lo visto lo pensó mejor. «El fakir se detuvo en la puerta de la terraza que daba a la escalera de servicio y, cruzando los brazos, se alzó -o al menos así me lo pareció- gradualmente y sin apoyo visible hasta un pie por encima del suelo. Pude determinar la altura exacta, gracias a un punto de referencia en el que mantuve fija la mirada durante el breve tiempo que duró el fenómeno. Detrás del fakir pendía una cortina de seda con rayas rojas, doradas y blancas, de igual anchura, y advertí que los pies del fakir estaban a la altura de la sexta raya. Cuando vi que empezaba a elevarse, saqué mi reloj..
Según Jacolliot, el fakir permaneció suspendido durante unos diez minutos; durante cinco de ellos, pareció no moverse en absoluto.
n papiro egipcio puede contener uno de los primeros relatos escritos conocidos del avistamiento de un ovni. Según estos registros, que datan del tiempo del faraón
Tutmosis III, que reinó desde hacia 1504 hasta hacia 1450 a. de C., escribas de la Casa de la Vida avistaron un «círculo de fuego, que viajaba silenciosamente por el cielo. «No tenía cabeza -declara el papiro- y el aliento de su boca tenía un tremendo hedor.» Los atemorizados observadores cayeron al suelo, no sabiendo si temer o venerar la extraña llama celestial. Durante los días siguientes, aparecieron sobre Egipto más y más bolas de fuego parecidas, tan brillantes como el Sol.
En un esfuerzo por prevenir el poder de los objetos, el faraón ordenó a los sacerdotes que quemasen incienso para alentar la pacífica intercesión de los dioses. Y cuando los objetos no identificados partieron, Tutmosis ordenó poner por escrito las cosas para que el incidente se recordase para siempre.
n 1936, en su camino de regreso a casa por la noche, el financiero
Fred Lloyd compartió el taxi con un amigo. Tras dejar a su compañero en mitad de Manhattan, Lloyd se despidió de él y continuó en el mismo taxi hacia la parte alta de la ciudad. Pero a Lloyd no se le volvió a ver más.
A pesar del hecho de que la búsqueda ulterior resultó ser infructuosa, la esposa de Lloyd pasó el resto de su vida en la firme creencia de que su esposo regresaría. Cuando murió, en 1945, se encontraron aún sin cobrar tres pólizas de seguro de vida de
Lloyd.
ansado de la tediosa vida en el Castillo de Brahan, el
conde de Seaforth hizo las maletas en 1660 y se fue a París donde llegó a
quedarse de forma indefinida. No esperaba que su acción afectase a todo el linaje familiar de Seaforth.
A medida que pasaban los días y el conde no regresaba a Seaforth, su suspicaz esposa,
Isabella, fue encolerizándose cada vez más y más. Una noche, durante una reunión de invitados en el castillo, convocó a
Kenneth MacKenzie, un vidente local conocido con el nombre de
Wurlock of the Glen, y cuyas facultades eran famosas en todo el país escocés. Mirando en el agujero de una pequeña piedra blanca, podía prever acontecimientos futuros y predijo, entre otras cosas, la sangrienta batalla de Culloden Moor y otros sucesos históricos.
Sin embargo, Isabella no estaba preocupada por la guerra y la política. Deseaba saber qué estaba haciendo su marido y dónde lo estaba haciendo. Para responder a su petición, MacKenzie comenzó a escudriñar en su piedra y al cabo de unos momentos se echó a reír. Cuando Isabella quiso saber de qué se reía, MacKenzie replicó a desgana que, en efecto, había percibido la imagen del conde. Sí, aún seguía en París, le dijo, y estaba pasándolo en grande en compañía de dos hermosas mujeres jóvenes. Una sentada en sus rodillas y la otra acariciándole el pelo. Humillada delante de sus invitados, Isabella se puso muy furiosa y ordenó que ejecutasen al vidente. Pero antes de ser ejecutado, MacKenzie lanzó una maldición sobre Isabella y su familia.
Según lo que ha llegado a conocerse como «Funesto destino de Seaforth», MacKenzie declaró que el linaje familiar de los Seaforth se extinguiría, detallando el destino que tendrían los maldecidos descendientes. El último superviviente sería sordo y mudo y sobreviviría a sus cuatro hijos. El castillo de Brahan acabaría en manos de una mujer, que en su momento sería la responsable de la muerte de su hermana. Además, la finca Seaforth dejaría de existir.
Con el tiempo, dado que la familia continuó prosperando, a pesar de algunos pequeños retrocesos durante los cambios del ambiente político, la maldición se olvidó. Luego, en 1783, el único heredero Seaforth vivo,
Francis Humberston MacKenzie, heredó el castillo y la hacienda. Durante la infancia, el nuevo dueño del Castillo de Brahan contrajo la escarlatina. A resultas de le enfermedad, quedó sordo y mudo, aunque más adelante, en el transcurso de su vida, consiguió un limitado dominio del lenguaje, se casó y fue padre de diez hijos, incluyendo a cuatro niños.
Cuando Francis murió, en 1815, tras haber sobrevivido a sus cuatro hijos, no hubo herederos varones para el título de Seaforth.
ohn Henry Pepper fue un químico analítico que, en 1852, llegó a director del
Real Instituto Politécnico de Londres. Pero en la Inglaterra victoriana, igualmente fascinada por el espiritismo que por la ciencia, Pepper fue también conocido como el creador del Espectáculo de los Fantasmas.
Este número deleitó a sus auditorios, al presentar una serie de imágenes fantasmales, en conjunción en el escenario con personajes de carne y hueso. El «fantasma era en realidad un actor que se encontraba debajo del escenario. Desde su oculta posición, un proyeccionista iluminaba al actor, reflejando su imagen desde un espejo a una gran lámina de cristal, también fuera del campo visual de los espectadores. Lo que aparecía en el escenario eran etéreas apariciones que parecían amenazar tanto a los actores como al público.
Famoso como preeminente organizador de espectáculos científicos, tanto en Australia, Canadá y Estados Unidos, como en su Gran Bretaña natal, Pepper nunca alegó que sus fantasmas fueran otra cosa que ilusiones, algo en claro contraste con la práctica común y fraudulenta en la época de presentar a los fantasmas como entes que podían ser convocados por aquellos que sabían cómo llamarlos.