a mañana del 10 de noviembre de 1819 amaneció oscura y lúgubre en la ciudad de Montreal, Quebec, Canadá. Cuando
los residentes vieron las pesadas nubes que rápidamente cambiaron desde un verde oscuro a un negro como la pez, esperaban una repetición de la densa y melosa lluvia que dejara detrás unos residuos de hollín dos días antes. Sin embargo, no estaban preparados para el misterioso y aterrador asalto del violento tiempo que siguió, que no se había visto antes ni se ha vuelto a ver después nada parecido.
A mediodía de aquel martes se encendieron las luces en toda la ciudad, y brillaron como si fuese de noche. El sol, cuando podía verse a través de las densas nubes, iba desde un color castaño oscuro a un amarillo pálido, y luego anaranjado y, finalmente, a un rojo sanguíneo. A eso de las dos de la tarde, una oleada de nubes atravesó la ciudad, seguidas de un gran resplandor brillante que iluminó el cielo como si se tratase del sol. Luego los truenos hicieron vibrar las ventanas y sacudieron los edificios hasta sus cimientos.
A continuación se presentó otra serie de nubes, y acto seguido comenzó a caer una lluvia ligera, similar a un aguacero caído dos días antes. Los aterrados residentes observaron el siguiente resplandor de un rayo que se precipitó contra el remate en punta de la iglesia parroquial francesa. La electricidad danzó en torno de la cruz de hierro encima de una bola en la zona aguzada de su remate. La cruz se desplomó al suelo y se rompió.
Sin embargo, cuando los residentes despertaron al día siguiente, el cielo apareció despejado y azul. La única huella de la tormenta fue la destrozada cruz que yacía en el suelo.
on discreción, el poderoso emperador de Francia,
Napoleón Bonaparte, mandó representantes por toda Europa en busca de algunos hombres que pudiesen pasar por su doble. Se encontraron cuatro. Uno de ellos fue asesinado poco después de Waterloo y otro sufrió lesiones que le dejaron inservible para poder pasar por Napoleón. Pero los otros dos hombres, que parecían, virtualmente, hermanos gemelos del emperador, siguieron perteneciendo al personal de Napoleón durante el resto de su reinado. Uno de estos dobles,
François Eugène Robeaud, pudo haber desempeñado el papel de Napoleón hasta su muerte.
Después de su derrota de Waterloo, Napoleón quedó a merced de sus vencedores. Los británicos decidieron que debía permanecer prisionero donde nunca pudiera escaparse. En la isla de Santa Elena. Mientras tanto, François Robeaud, regresó a su casa, en Baleycourt, para ejercer de granjero.
Según los relatos históricos, Napoleón vivió en el exilio, frente a las costas de África, hasta su muerte. Pero una serie de coincidencias sugieren que pudo haberse escapado, sustituyéndole en su lugar un doble.
En 1818, sucedió algo fuera de lo corriente en Baleycourt. Un carruaje muy elegante se detuvo ante la casa del doble de Napoleón, Robeaud. ¿Tuvo tal vez la visita algo que ver con el regreso a Francia del general
Gourgard, que acababa de ser relevado en el puesto de comandante de Santa Elena? Los amigos de Gougard se sabía que incluían acaudalados valedores de Napoleón.
Robeaud les contó a sus vecinos que el hombre del carruaje era sólo alguien que deseaba comprar unos conejos. Pero, muy pronto, Robeaud y su hermana desaparecieron.
Las autoridades intentaron rastrear el paradero del doble de Napoleón y, finalmente, localizaron a su hermana, varios años después, viviendo, dentro de un lujo inexplicable, en Tours. ¿Pero, dónde se encontraba su hermano?
Le dijo al inspector al que habían asignado el caso:
-Se fue a hacer un largo viaje.
Dio la coincidencia de que un extranjero llamado Revard se estableció en Verona, Italia, en 1818, poco después de la desaparición de Robeaud, junto con un socio en los negocios llamado
Petrucci, «Revard» abrió una tiendecita. El propietario se parecía tanto a Napoleón, que muy pronto le apodaron El Emperador.
Mientras tanto, en Santa Elena, el prisionero conocido como el auténtico Napoleón, se volvió olvidadizo. Su escritura cambió. Se volvió grosero. Las autoridades francesas atribuyeron todos estos cambios, «sin duda, a las secuelas de su encarcelamiento».
El 5 de mayo de 1821, Napoleón murió en el exilio. ¿O no era él?
Dos años después, el tendero italiano, con un parecido tan sorprendente con Napoleón, de repente abandonó su negocio y jamás regresó a Verona. Doce noches después de la desaparición de «Revard», el 4 de
septiembre de 1823, un intruso fue asesinado cuando se dirigía a un castillo austriaco en Schönbrunn, donde el hijo de Napoleón Bonaparte estaba en cama y cerca de la muerte a causa de una fiebre escarlatina.
Cuando las autoridades vieron el cadáver, colocaron el edificio bajo guardia. La esposa de Napoleón insistió en que el cuerpo fuese enterrado en el castillo. El misterioso «intruso» sin nombre, fue enterrado en una tumba en línea recta con la parcela donde, llegado su momento, descansarían en paz la mujer de Napoleón y su hijo.
Treinta años después, el hombre que había tenido un negocio en Verona, con el misterioso parecido a Napoleón, confesó que le habían pagado 100.000 coronas de oro por su silencio acerca de la verdadera identidad de su socio en la tienda. Estaba convencido, afirmó Petrucci, que «Revard» no era otro que Napoleón en persona.
lgunos expertos creen que todo es psíquico. El problema, dicen, está en descubrir este sexto sentido en los recovecos secretos de la mente.
Uno de los procedimientos más eficaces para ayudar a la gente a emplear la percepción extrasensorial es la técnica de
Ganzfield, en la que el sujeto voluntario se sienta en una cabina cerrada e insonorizada y se le dice que se relaje mientras le sujetan pelotas de ping-pong sobre los ojos. Como las esferas translúcidas difunden la luz, el sujeto sólo ve un campo visual rojo y no diferenciado. Unos auriculares colocados sobre sus oídos emiten un suave sonido sibilante y el sujeto se ve ahora aislado de la mayoría de los estímulos sensoriales.
Ahora, el experimentador, sentado en otra habitación, mira unas imágenes escogidas al azar y trata de transmitirlas al sujeto por vía de percepción extrasensorial. Cuando termina el experimento, unos treinta y cinco minutos más tarde, se pide al sujeto que separe las imágenes transmitidas de varios grupos de copias.
En los experimentos de Ganzfield, referidos por primera vez por Charles
Honorton, de la sección de parapsicología y psicofísica del
«Centro Médico Maimónides», en 1973, cerca de la mitad de los sujetos eligieron la copia correcta. Por ejemplo, cuando el tema de una sesión fue «Pájaros del
Mundo», el sujeto dijo que había percibido «la cabeza de un gran halcón» y «la sensación de unas plumas
lustrosas».
No se puede pedir mucho más a la telepatía.
Desde que los especialistas del «Maimónides» informaron de su éxito, el Efecto Ganzfield ha sido repetido por otros varios laboratorios de parapsicología. Sigue siendo uno de los instrumentos más dignos de confianza para comprobar la percepción extrasensorial.
l faraón
Kufu (Kefrén en griego) se dice que construyó el legendario monumento, medio hombre y medio león, conocido como la
Esfinge, en Giza, hacia el año 2700 a. de C. Pero si la teoría del egiptólogo
Anthony West, autor de "Clave para los viajeros al Egipto
antiguo", es correcta, la Esfinge fue en realidad construida mucho antes. Y de ser así, de ello se sigue que la civilización egipcia también es mucho más antigua de lo que se creía hasta ahora.
West señala que la erosión sufrida por la piedra de la Esfinge es mucho peor que la de las pirámides, sus supuestas contemporáneas. Y los canales de 60 cm de profundidad que se encuentran en sus paredes, afirma, fueron talladas por el agua de las Grandes Inundaciones de Egipto que asolaron la región desde los años 15000 a 10000 a. de C. Si, en efecto, la Esfinge se construyó en Giza antes de las inundaciones, eso explicaría por qué la cultura egipcia floreció tan rápidamente después: su fundación ya se había realizado y, de cierta forma, sobrevivió a las aguas devastadoras.
nas voces blasfemas y extrañas habilidades por parte de una mujer estadounidense, identificada únicamente como
Mary, empezaron a manifestarse cuando sólo era una chica de catorce años. Durante los siguientes 26 años, los médicos la diagnosticaron como «normal en el más amplio sentido de la palabra», aunque no pudieron explicar las extrañas peculiaridades de su personalidad. Además, los sacerdotes consultados fueron escupidos y maldecidos por alguna entidad que controlaba las palabras y actos de la mujer. Finalmente, a la edad de cuarenta años, Mary fue llevada a un monasterio franciscano en Earling, Iowa, para ver a
Teophilus Reisinger, un monje de sesenta años muy versado en el ritual del exorcismo.
La posesión demoníaca del cuerpo de Mary luchó contra los esfuerzos del monje, retorciéndose, contorsionándose, chillando de un modo inhumano y lanzando grandes cantidades de malolientes vómitos y heces. Habló en lenguas extrañas y profirió sacrilegios y blasfemias contra Reisinger y cuantos se hallaban reunidos en la estancia. En un momento dado, el demonio incluso predijo el accidente de coche que unos días después mató al padre
Joseph Steiger, el pastor del convento que ayudaba a Reisinger. Sin embargo, los labios de Mary nunca llegaron a moverse y, en realidad, permaneció siempre inconsciente durante aquella dura prueba.
El angustioso exorcismo continuó durante meses, en cuyo tiempo Reisinger llegó a identificar a más de uno de los malévolos espíritus que moraban en el cuerpo de Mary. El jefe de todos se llamaba
Belcebú, pero se le unió también Jacob, el padre de Mary, que instigaba la posesión, tras haber maldecido a su hija por negarse ésta a sus incestuosas proposiciones. La amante de Jacob,
Mina, que se encontraba asimismo entre las entidades demoníacas, se hallaba condenada, según contó a Reisinger, por haber matado a cuatro de sus propios hijos.
Finalmente, el exorcismo se completó dos días antes de las navidades de 1928, cuando Reisinger pudo expulsar a los demonios mientras rugían tan ensordecedoramente que el cuarto vibró con los sonidos.
a
forma-idea es un objeto físico materializado gracias al poder de la mente humana. Pero, ¿existen las formas-ideas? En el verano de 1972, varios miembros de la
Society for Psychical Research de Toronto, decidieron investigar las llamadas formas-ideas conjurando un espíritu. Después de varios intentos frustrados, el grupo concibió al fin un procedimiento que parecía prometedor: reproducir el ambiente de una típica sesión victoriana. Para facilitar los experimentos, el grupo decidió establecer contacto con un ser totalmente ficticio. Para ello, uno de los miembros inventó una biografía del espíritu. Llamado
Philip, era un noble católico de la Inglaterra del siglo XVII, que se había suicidado cuando su esposa denunció a su amante como presunta bruja.
El grupo se reunía semanalmente y, sentados alrededor de la mesa, exhortaban a Philip para que se manifestase. Cuando colocaban las manos sobre la mesa, Philip respondía a menudo inclinándola. En definitiva, la mesa empezó a moverse y emitir golpes misteriosos en su superficie.
«Me pregunto si será Philip quien está haciendo esto», dijo al fin uno de los presentes. Le respondió un claro golpe y el grupo se excitó muchísimo y empezó a conversar regularmente en clave con el espíritu.
Como podía esperarse, los golpes -a los que no se pudo dar una explicación normal- respondían de completo acuerdo con la biografía ficticia de Philip. Si se
hacía a éste una pregunta para la que no hubiese inventado el grupo una respuesta adecuada, la mesa sólo emitía unos sonidos extraños como de sierra.
El sonido y el movimiento se hacían más fuertes cuanto más se prolongaba la sesión. Los miembros del grupo informaron de que la mesa se alzaba sobre una pata e incluso levitaba. También dijeron que mostraba un tosco sentido del humor. Si alguien trataba de sentarse sobre la mesa para sujetarla, una fuerza súbita le arrojaba al suelo. Los golpes abandonaban a veces los confines de la mesa y sonaban en otras partes de la habitación.
Debido a la naturaleza. espectacular de estos experimentos, el grupo de Toronto empezó a dudar de la existencia de espíritus de
buena fe. Y declaró que el comportamiento de los presuntos espíritus podía atribuirse a formas-ideas creadas solamente por los poderes de la mente.
a idea de que los espíritus pueden guiar a los seres humanos no es nueva, pero algunos estudiosos de la ciencia espiritista han creído que tal compañero, o fantasmas consejeros, han desempeñado un papel en algunas de las mayores aventuras de la Humanidad. El explorador
Ernest Schackleton, por ejemplo, que dirigió un brutal viaje de tres hombres a través de las montañas de la Antártida en 1917, escribió que, a menudo, parecía que había más de tres hombres en el grupo. Sus dos colegas, durante aquella incursión de 36 horas, tuvieron la sensación de tener una fuerza que les guiase y les hiciese compañía. Y el espectral compañero les proporcionó un apoyo de lo más real durante la penosa expedición.
n 1943, se diseñó un experimento de alto secreto, en el Astillero de la Armada de Estados Unidos, en Filadelfia, para experimentar un arma definitiva: un buque de guerra invisible. Sin embargo, como resultado de ello numerosas personas implicadas sufrieron pintorescos efectos secundarios -el más notable de los cuales fue una combustión humana espontánea- y el Gobierno, llegado el momento, canceló y encubrió aquel proyecto.
La Armada estaba empleando un poderoso campo electromagnético (EMF), en sus intentos por hacer el destructor de escolta
USS Eldridge invisible al radar y a las minas magnéticas. Naturalmente, durante la Segunda Guerra Mundial, los científicos no entendieron los dañinos efectos que el EMF pudiera tener sobre el sistema nervioso central. Consiguientemente, mientras trabajaban para conseguir que el barco fuese invisible a la detección, algunos tripulantes, inadvertidamente, se habrían acercado demasiado a la fuente de la energía electromagnética.
La Armada sigue negando que se llegase a producir alguna vez un experimento de este tipo, aduciendo que todo fue urdido por un libro, publicado en 1955, acerca de los ovnis. Pero los archivos del caso siguen aún abiertos y, de vez en cuando, continúan apareciendo pruebas nuevas.
a
rectoría de Borley, en Essex, Inglaterra, fue un lugar agitado desde el principio de su existencia en los primeros años de 1860. Tal vez su aspecto obsesionante (con frecuencia se decía que era monstruosa y tenía veinte habitaciones) tuvo algo que ver con ello. Sus primeros habitantes, el reverendo
Henry Dawson Ellis Bull, su esposa y sus catorce hijos, contaron muchas historias sobre ruidos extraños y la frecuente aparición del fantasma de una monja. Después de la muerte de Henry, el hijo mayor,
Harry Bull, se hizo cargo de la rectoría desde 1892 hasta 1927, y los extraños sucesos continuaron. Tan a menudo era vista la
monja que el sitio donde se aparecía fue llamado «paseo de la Monja». Algunas personas dijeron haber visto incluso un cochero sin cabeza conduciendo un coche tirado por caballos que exhalaban fuego por la boca.
Los siguientes moradores, el reverendo Lionel Foyster, su esposa
Marianne y su hija. Continuaron las historias, con Marianne insistiendo en que un fantasma la había abofeteado y echado de su cama.
Resuelto a investigar lo que pasaba, el «British National Laboratory of Psychical
Research» intervino. Su fundador, Harry Price, publicó un anuncio en el
Times de Londres, solicitando personas que quisieran unirse a él para velar en la rectoría encantada. El anuncio advertía que debían ser observadores imparciales, críticos e inteligentes, y Price llevó a cuarenta de ellos a la casa. De nuevo hubo noticias de objetos que se movían y de ruidos inexplicables. Por ejemplo, el comandante
A. B. Campbell dijo que le había golpeado una pastilla volante de jabón y otro hombre, el filósofo
C. E. M. Joad, explicó que había visto que un termómetro bajaba diez grados sin razón aparente.
De nuevo surgió la controversia. Cuando se marcharon los
Foyster, el propio Price se trasladó allí e informó de una gran variedad de fenómenos, con los que se habría podido llenar un libro. Sin embargo, después de su muerte, los críticos dijeron que Price se había inventado algunos de los fenómenos y exagerado otros.
Pero la historia se hace más interesante después de que un incendio arrasara el edificio en 1939. El reverendo
W. J. Phythian-Adams, canónigo de Carlisle, Canadá, sugirió que la monja vista tan a menudo no era inglesa, como siempre se había presumido, sino francesa.
Al parecer, una mujer llamada Marie Laurie había abandonado su convento para fugarse con su amante en el siglo XVIII. Fueron a Inglaterra, pero el canalla se volvió contra ella y la asesinó. En realidad, la estranguló y se decía que la había enterrado en el edificio que existía allí antes de que se construyese la rectoría. Después del incendio, se excavó y descubrió una tumba que contenía solamente algunas medallas religiosas y el cráneo de una mujer.
La destrucción del edificio parece que representó el fin de los fantásticos paseos de la monja, pero la historia no termina aquí. Un grupo que trataba de realizar un reciente estudio científico del lugar oyó ruidos extraños e inexplicables en la noche, registró súbitos cambios de temperatura, vio luces de origen desconocido y percibió olores extraños.
ientras miraban la televisión, en una apacible y seca noche de octubre de 1963,
Francis Martin y su familia se percataron de la existencia de una mancha de humedad, que cada vez se extendía más, en la pared de su vivienda en Methuen, Massachusetts. Habían oído un claro ruido de reventón y observaron que de aquel sitio brotaba una fuente de agua. El agua fluía durante unos veinte minutos, paraba de manar y seguía haciéndolo quince minutos después. Durante los siguientes días, el fenómeno se extendió a otros lugares en torno de la casa.
Muy pronto el hogar de los Martin estuvo demasiado encharcado como para poder vivir en él y la familia se vio forzada a mudarse con la madre de la señora Martin, en la vecina Lawrence. No obstante, el fantasma de las fuentes empezó también a presentarse en la vivienda de Lawrence. El subjefe de bomberos, llamado para un examen a fondo de las cañerías, se vio incapaz de descubrir escapes que pudiesen haber causado que el agua manase, de lo que él también fue testigo.
Tras decidirse a regresar a Methuen, Martin vació la conducción
principal del agua, así como las cañerías de su propia casa. Aunque las cañerías se hallaban en perfectas condiciones, la inundación persistió. Cuando la familia se trasladó de nuevo a Lawrence, las fuentes también les siguieron.
Llegado el momento, los asaltos acuosos cesaron tan misteriosa y repentinamente como se habían iniciado.