l escenario fue New Bedford, población costera de Massachusetts, donde dos personas muy diferentes podían dar largos paseos exploratorios. La primera era un artesano corriente y pintor dominguero llamado
Frederic Thompson, y la segunda el artista internacionalmente famoso
Robert Swain Gifford. Frederic Thompson gustaba de cazar a lo largo de la costa y, en raras ocasiones, se encontraba con Gifford, quien gustaba de pintar
escenas que le sugerían el paisaje local.
La extraña odisea psíquica de Frederic Thompson empezó en el verano de 1905, cuando sintió de pronto la necesidad de pintar y dibujar. Estaba continuamente obsesionado por paisajes que invadían su mente e incluso creía que parte de su personalidad estaba en cierto modo ligada a R. Swain Gifford. No sabía que el célebre pintor había muerto y sólo algún tiempo después descubrió este hecho mientras trabajaba en Nueva York. Andando por una calle a la hora del almuerzo, Thompson descubrió una galería de arte donde se exhibían pinturas del difunto R. Swain Gifford. La impresión fue tan grande que perdió el conocimiento. Su último recuerdo antes de entrar en su breve amnesia fue el de una voz que le decía: «Ya ves lo que he hecho. Sigue con el trabajo.»
Al finalizar el año, la personalidad de Thompson había empezado a desintegrarse y ya no podía trabajar en su oficio. Todavía se sentía obligado a pintar y dibujar y con frecuencia imitaba el estilo de Gifford. Por último visitó al profesor
James H. Hyslop, a la sazón al frente de la «American Society for Psychical
Research», de Nueva York.
Hyslop, buen conocedor de la psicología de su tiempo, no se sintió impresionado por el relato de Thompson. Creyó que el hombre estaba sufriendo una depresión nerviosa y poco más; pero creyó que debía hacer un sencillo experimento. Como
tenía que visitar a un médium poco después de esta entrevista, decidió llevar a Thompson con él. Tal vez pensó que el médium podría ayudarle a diagnosticar los problemas del hombre. Esta sesión resultó eficaz, puesto que el médium sintió inmediatamente que había un artista en la sesión e incluso describió un paisaje que había estado obsesionando la mente de Thompson.
El misterio se agudizó en julio de 1907, cuando Frederic Thompson dio a Hyslop una serie de dibujos sobre dos escenas diferentes: un grupo de cinco árboles aislados, y dos robles nudosos en una playa desierta. Deseando investigar el caso por su cuenta, Thompson fue entonces a visitar a la viuda de Gifford en Nonquitt, pequeña población de Massachusetts. Allí encontró que su boceto de los cinco árboles reproducía exactamente una pintura sin terminar que estaba en poder de
Mrs. Gifford. Su marido estaba trabajando en ella cuando murió. En octubre siguiente, Thompson descubrió la escena que había inspirado su boceto de los robles y la playa en la costa de New Bedford.
James H. Hyslop publicó su estudio del caso en Proceedings de la
American Society for Psychical Research en 1909. El propio
Frederic Thompson se convirtió más tarde en un artista afortunado, que exhibió sus trabajos durante casi dos décadas en las mejores galerías de Nueva York.
l pequeño y solitario letón trabajaba principalmente de noche, bajo el aire húmedo de Florida, para levantar un monumento a un amor que nunca sería suyo. Desde 1920 hasta 1940, el menudo
Edward Leedskilnin (media solamente 1,65 metros de estatura y pesaba 50 kilos) talló grandes bloques de coral que pesaban nada menos que treinta toneladas, empleando técnicas que sólo él conocía. El resultado, que parece más fundido o moldeado que tallado, continúa asombrando a los arquitectos y a los ingenieros, así como a los cien mil turistas que acuden allí en tropel todos los años.
El objeto del amor y el trabajo de Leedskilnin era una novia adolescente a la que siempre llamó
Sweet 16. Desdeñado el día antes de la boda, salió de Letonia y se estableció en Florida. Empleando los bloques del lugar que tenía al alcance, Leedskilnin empezó a construir el Castillo de Coral sobre diez acres de tierra, esperando presumiblemente atraer hacia América a su reacia amada.
Ella no fue nunca allí, pero Leedskilnin continuó tercamente su trabajo, envolviendo en un aura impenetrable de misterio y majestad su único proyecto. Nadie supo cómo había levantado y cargado sobre su camión descubierto los gigantescos bloques de coral, ni cómo les daba forma y colocaba en su sitio, equilibrando en una ocasión tan delicadamente una plancha de nueve toneladas que se abría tocándola con un solo dedo. Si acudía algún visitante, Leedskilnin interrumpía su trabajo y lo continuaba cuando se marchaba aquél.
Leedskilnin se llevó sus secretos a la tumba cuando murió en 1951, aunque dejó entrever que se relacionaba con las técnicas empleadas para construir la Gran Pirámide de Keops. Lo único que decía francamente era que había vencido las leyes naturales del peso y el equilibrio.
Leedskilnin fue menos afortunado en el amor. Hace varios años, alguien se puso en contacto con Sweet 16 y le preguntó si le gustaría visitar el Castillo de Coral. «Si él no me interesó a los dieciséis años
-respondió-, no va a interesarme a los ochenta.»
Aproximadamente ocho mil visitantes acuden hoy a contemplar su obra todos los meses, maravillándose ante prodigios tales como un modelo de Saturno de dieciocho toneladas, con sus anillos, colocado sobre paredes de tres pies de grueso. Marte, también representado por un globo de coral de dieciocho toneladas, aparece inmovilizado en su órbita a poca distancia.
Monumento construido por amor, recuerda el Taj Mahal, de Agra, India, tumba que se considera el edificio más hermoso del mundo. Fue construido por el emperador mogol
Shah Jehan para su esposa favorita Mumtaz Mahal. Pero el Taj Mahal fue construido por cientos de trabajadores especializados, ayudados por los tornos y grúas empleados para edificar los maravillosos palacios mogoles, por fondos ilimitados y un ejército de proveedores y largas recuas de bueyes para transporte, mientras que el Castillo de Coral fue construido de noche... por un solo hombre.
obert
Sarbacher, físico americano que murió en julio de 1986, afirmaba conocer un secreto que era «el tema más reservado del Gobierno de los Estados Unidos, incluso más que la bomba H», según dijo a un grupo de científicos canadienses que se reunieron con él en su despacho del Departamento de Defensa el 15 de
septiembre de 1950.
¿Cuál era este extraordinario secreto? Era que el Gobierno de los Estados Unidos poseía los restos de naves espaciales extraterrestres y los cuerpos de sus tripulantes.
El doctor Sarbacher dijo a los científicos que el asunto estaba siendo estudiado por el doctor
Vannevar Busch, que era el primer asesor científico del presidente
Truman.
Sarbacher no era hombre dado a locas exageraciones. Su mención en
Who's Who in America abarca siete centímetros de letra pequeña, acreditándole como científico, académico y hombre de negocios muy afortunado. Durante la Segunda Guerra Mundial y después, ofreció sus servicios al Gobierno, como «hombre de un dólar al año» y se especializó en problemas relacionados con el control de
misiles dirigidos.
Los canadienses, que regularmente se reunían con Sarbacher para discutir cuestiones de mutuo interés para la seguridad nacional de ambos países, habían preguntado a su colega estadounidense si había algo de verdad en los persistentes rumores sobre pruebas físicas directas de la realidad de los OVNIs. Sarbacher confirmó que era verdad, pero no quiso dar más detalles, porque el tema era sumamente delicado.
Uno de los canadienses, el ingeniero de radio W. B. Smith, quedó tan impresionado que, cuando regresó a Ottawa, aconsejó a su Gobierno que iniciase su propio proyecto OVNI. Poco después se puso en marcha el proyecto, llamado
«Magnet» en clave, con Smith al frente del mismo. Pera éste fue incapaz de aprender algo más sobre los presuntos secretos del Gobierno norteamericano sobre los OVNIs.
En 1983, el investigador William Steiman localizó a Sarbacher que a la sazón vivía en Florida, y le preguntó sobre lo que había dicho a los científicos canadienses. Sarbacher le respondió que, si bien no habían intervenido directamente en el proyecto de recuperación de OVNIs, recordaba que «ciertos materiales que se decían procedentes de platillos volantes que se
habían estrellado eran sumamente ligeros y muy duros. Habla información de que
los instrumentos o las personas que manejaban aquellas máquinas pesaban también muy poco, de manera que podían soportar la tremenda aceleración y desaceleración de su maquinaria. Hablando con algunas personas de la oficina -dijo- saqué la impresión de que aquellos "aliens" tenían una constitución parecida a la de ciertos insectos que hemos observado en la Tierra.
En una entrevista posterior con otro investigador, Sarbacher dijo que se creía que la nave procedía de otro sistema solar. Añadió que había sido invitado a una conferencia en la Base Wright-Patterson de la Air Force, en Dayton, Ohio, donde científicos y autoridades militares tenían que informar sobre lo que habían descubierto en sus análisis del material y de los cuerpos. Desgraciadamente, Sarbacher no pudo asistir, debido a otros asuntos apremiantes, aunque habló más tarde con los que habían asistido.
Los que hablaron con Sarbacher se sintieron impresionados por su evidente sinceridad y su constante negativa a adornar o detallar su relato. Su testimonio puede muy bien representar una rara visión de lo que se oculta detrás del telón secreto con que cubre el Gobierno de los Estados Unidos lo que sabe sobre lo que son los OVNIs.
os ecologistas atacan frecuentemente al automóvil moderno, diciendo que es la maldición del siglo XX. Algunos coches han estado indiscutiblemente malditos, pero no de las maneras previstas por el «Sierra
Club.»
El coche descubierto en el que fue asesinado el archiduque Francisco
Fernando, heredero de los tronos austriaco y húngaro, parece haber sido uno de aquellos coches. Su esposa murió con él en el asesinato que provocó el estallido de la Primera Guerra Mundial.
Poco después de la ruptura de las hostilidades, el coche pasó a poder del general austríaco
Potoriek, que fracasó en la batalla de Valjevo y murió loco. Después fue propiedad de un capitán de su Estado Mayor. A los nueve días, el oficial atropelló y mató a dos campesinos, rompiéndose el cuello al estrellarse el automóvil contra un árbol.
El gobernador de Yugoslavia adquirió el maldito convertible después de terminar la guerra, pero no fue mucho más afortunado, al sufrir cuatro accidentes en cuatro meses. En uno de ellos, perdió un brazo.
El coche pasó entonces a ser propiedad de un médico, que seis meses más tarde volcó en una zanja y murió aplastado. Luego lo compró un rico joyero... que se suicidó.
Los desastres continuaron cuando otro propietario, un suizo que conducía coches de carreras, se estrelló en los Alpes italianos, salió despedido contra un muro y murió. Un agricultor servio que se olvidó de cerrar el encendido cuando el coche estaba siendo remolcado fue la víctima siguiente, al ponerse el vehículo en movimiento y salirse de la carretera. El último conductor fue
Tibor Hirschfield, dueño de un garaje, que volvía de una boda con cuatro compañeros. Los amigos de Hirschfield resultaron muertos al tratar él de adelantar a otro automóvil a gran velocidad.
El coche fue subsiguientemente instalado en un museo de Viena, donde parece haber quedado saciada su sed de sangre,
al menos temporalmente.
uando la revista alemana
Das Beste puso en marcha un concurso para sus lectores, en 1979, los editores no tenían la menor idea de que el participante vencedor daría origen a una pintoresca coincidencia. Al participar en el concurso con su experiencia personal más importante, un piloto llamado
Walter Kellner, de Munich, RFA, remitió su historia de supervivencia. Volaba con un
«Cessna 421» por encima del mar Tirreno, entre Cerdeña y Sicilia, escribió, cuando el avión experimentó problemas con el motor. Tras zambullirse en el mar, sobrevivió gracias a mantenerse a flote en un bote neumático de caucho hasta que fue rescatado.
Impresionados por el relato, los editores del Das Beste puntuaron el artículo de Kellner entre los finalistas del concurso. A continuación se pusieron en contacto con las autoridades alemanas e italianas para confirmar el incidente. La historia personal de Kellner era auténtica en todos sus detalles y fue declarado vencedor en el concurso de la revista.
Se anunciaron los resultados del concurso y Kellner fue recompensado con su premio el 6 de diciembre. Sin embargo ese día, el director en jefe de
Das Beste, Wulfg Schwarzwaller, recibió una extraña
carta de un tal Walter Kellner, de Kritzendorf, Austria, que alegaba que el relato del alemán Kellner era el suyo propio, aunque tuviera un final diferente. Según el Kellner austriaco, volaba con su
«Cessna 421» por encima del mar Tirreno cuando problemas en el motor le forzaron a aterrizar en el aeródromo de Cagliari, en Cerdeña. El segundo Kellner acusaba al primer piloto de ser un impostor y declaraba que su relato personal era una falsificación.
El primer Walter Kellner admitió que era consciente, según los registros del avión, de que otro piloto llamado Kellner había volado en el mismo
«Cessna», pero, según dijo, no sabía que compartieran el mismo primer apellido y que había sufrido fallos mecánicos similares cuando volaba sobre los mismos lugares.
Tras ulteriores averiguaciones, los editores llegaron al convencimiento de que ambas historias eran realmente auténticas.