espués de su desastrosa actuación en la guerra franco-prusiana de 1870, el emperador
Napoleón III y su familia salieron de Francia y se establecieron en Gran Bretaña, donde les brindó asilo la reina
Victoria. El hijo del emperador, Luis, llegó a sentirse tan ligado con su país de adopción, que realizó de forma voluntaria el servicio militar en Sudáfrica. Y, en 1879, dio su vida por Inglaterra en la batalla de Isandlahuana contra los zulúes. Fue enterrado en la selva no lejos del lugar de su muerte, aunque nadie estaba muy seguro del lugar exacto.
Deseando que su hijo fuese enterrado en Inglaterra en la tumba familiar, la emperatriz
Eugenia acompañó, en 1880, a una expedición en busca del cadáver de Luis. Día tras día, la partida de búsqueda exploró la selva africana, incapaz de localizar el lugar del enterramiento. Luego, con su salud quebrantada por el clima tropical y su espíritu decaído, la emperatriz, de repente, detectó el aroma de violetas, la flor favorita de su hijo. Siguió el rastro del olor hasta qué se extinguió, en cuyo punto la emperatriz se encontró directamente encima de la tumba de Luis, que estaba cubierta y escondida por la crecida maleza de la selva.
uchos críticos sostienen que la coincidencia no es más que un artefacto de la conciencia humana. Incidentes separados, dicen, afloran en la superficie de nuestra conciencia, donde son advertidos y convertidos en coincidencias. Dicho en otras palabras, recordamos la llamada coincidencia, pero olvidamos otros innumerables sucesos que no tienen una relación evidente.
¿Qué hemos de pensar, pues, del curioso ataúd de Charles
Coughlan? Coughlan nació en la provincia canadiense de Prince Edward Island, en la costa nordeste del Estado. Pero, a finales del siglo XIX, se hallaba en Galveston, joya de la Costa del Golfo, Texas, trabajando en una compañía de cómicos de la legua para ganarse el pan de cada día. Era en 1899; Coughlan sufrió un ataque y murió, tal vez de una de las fiebres tropicales que hacían estragos en aquella era anterior a las autopistas.
Coughlan fue depositado, para lo que se presumía que sería su eterno descanso, en un ataúd forrado de plomo, y enterrado en el cementerio de la comunidad. Galveston, a la sazón la más poblada y próspera ciudad de Texas, estaba construida sobre algo equivalente a un banco de arena, precaria posición que la hacía vulnerable, tanto a los huracanes como al mar encrespado.
El 8 de septiembre de 1900, vientos de 150 kilómetros por hora lanzaron una pared de agua de siete metros contra la ciudad, sumergiéndola completamente, salvo las estructuras más altas. La ciudad quedó totalmente destruida. Perecieron ahogados entre seis y ocho mil galvestonianos, y sus cuerpos fueron arrastrados hasta el mar abierto por la resaca.
Tampoco se salvaron los muertos. Los cementerios fueron revueltos por las furiosas olas y los ataúdes salieron de sus tumbas y flotaron arrastrados por el reflujo. Durante ocho años, el cadáver de Coughlan se meció, en su ataúd, en las tibias aguas de la
Corriente del Golfo. En definitiva, dio la vuelta a los Cayos de Florida y se adentró en el Atlántico, donde las corrientes dominantes lo llevaron hacia el norte, a lo largo de las Carolinas y de la costa de Nueva Inglaterra.
En octubre de 1908, una pequeña barca de pesca de Prince Edward Island descubrió la caja que flotaba en la marea. Valiéndose de un garfio, los tripulantes la subieron a bordo. Una placa de cobre les reveló el contenido del deteriorado ataúd.
Este fue desembarcado a poco más de un kilómetro de la pequeña iglesia donde Coughland había sido bautizado. Sus restos fueron sacados de la caja y enterrados
de nuevo, precisamente donde había empezado su viaje de tantos kilómetros, muchos años antes.
os
banshees gaélicos son una especie de espíritus de lo más benévolos. Estos espíritus femeninos guardianes se apegan a una persona o familia para toda la vida y predicen su inminente muerte por medio de chillidos y gemidos.
Uno de los más conocidos fue el banshee de los Rossmore del Condado de Monaghan, Irlanda. Su grito se oyó por primera vez en 1801, a la muerte del general
Robert Cunningham, el primer barón Rossmore.
Una noche, durante su estancia en la residencia de Cunningham, Sir Jonah y Lady Barrington se retiraron pronto a sus habitaciones, con el propósito de levantarse temprano por la mañana.
Pero hacia las dos de la madrugada se despertaron a causa de un aullido penetrante. La voz empezó a gritar con claridad repetidas veces el nombre de Rossmore hasta extinguirse al cabo de media hora, momento en el cual
Sir Jonah y Lady Barrington volvieron a dormirse aún desconcertados y turbados.
Más tarde, al levantarse, advirtieron que su anfitrión había muerto hacia las dos y media de la madrugada, mientras dormía.
ncluso mientras lo estaban construyendo, el acorazado nazi
Scharnhorst tenía una mente propia. Cuando estaba solamente en la mitad de su construcción, crujió de pronto y cayó de lado, matando 60 hombres e hiriendo gravemente a otros 110.
La noche antes de su proyectada botadura, el Scharnhorst rompió las amarras y destruyó un par de enormes barcazas al pasar sin dirección del muelle al agua. Después, en uno de sus primeros encuentros, estalló una torreta, matando a doce hombres.
Cerca ya del final de la guerra, el acorazado fue enviado al extremo norte de Noruega para destruir convoyes británicos. Un capitán de fragata británico, al ver que se acercaba una nave nazi, ordenó una salva de cañonazos a discreción. El
Scharnhorst fue alcanzado de lleno y destruido por las explosiones. Volcó y se sumergió en el mar, a unos noventa kilómetros de la costa de Noruega.
La mayoría de los tripulantes murieron en el acto, pero unos pocos supervivientes fueron recogidos por los británicos. Otros dos consiguieron llegar a una pequeña isla en un bote salvavidas. Sus cuerpos fueron encontrados unos años más tarde, cuando la guerra ya no era más que un cruel recuerdo. Por lo visto, había estallado su hornillo de petróleo de emergencia, matándoles instantáneamente.
También a ellos les había alcanzado la maldición del Scharnhorst.
n mayo de 1977, varios conejos domésticos de una familia de Nueva Jersey fueron aplastados hasta matarlos por alguien que clavó unas garras en las tablas y derribó la puerta del granero para atrapar a los animales durante la noche. El culpable se mostró de nuevo a la noche siguiente, apareciendo ahora en el patio brillantemente iluminado. Grande y peludo, parecía un ser humano con barba y bigote, pero con unos enormes y relucientes ojos rojos. Golpeó al perro que saltó sobre él y lo lanzó a seis metros de distancia.
En la tercera noche, el señor Sites y otros tres se hallaban sentados a la espera, provistos de escopetas de caza cargadas. Cuando la criatura apareció, dispararon contra ella varias veces. El ser empezó a aullar y salió corriendo hacia los bosques. Estaban seguros de haber alcanzado su blanco, pero no pudieron a continuación encontrar el menor rastro de sangre.
Los investigadores de la Sociedad para la Investigación de lo Inexplicable registraron la zona, pero nunca llegaron a ver a la
criatura, aunque escucharon lo que afirmaron que eran unos gritos. Tras proseguir en sus exámenes, la criatura fue divisada varias veces más, una de ellas por los hijos de los Sites, que la vieron arrastrándose por la hierba. Tenía el brazo extendido como si lo tuviese herido y pidiese ayuda.
n 1933,
Anthony Marino y cuatro amigos, que atravesaban problemas financieros, llevaron a cabo un ingenioso plan aunque más bien diabólico: asesinaron a la novia de Marino para cobrar su seguro de vida. Como el plan había funcionado tan bien, decidieron intentarlo de nuevo, esta vez poniendo sus miras en
Michael Malloy, un alcohólico asiduo a la taberna clandestina de Marino en el Bronx. Tras tomar tres seguros de vida a su nombre, la idea era matarlo de un modo tal que jamás nadie sospechara el juego sucio, pero Malloy se mostró una víctima difícil de matar.
Pensando que, si tenía la oportunidad, Malloy bebería hasta morir, Marino le ofreció un crédito ilimitado en el bar. Pero al ver que Malloy bebía y bebía sin tambalearse siquiera, el camarero, que también participaba en la estafa del seguro de vida, empezó a servirle anticongelante en vez de licor.
A pesar de que, por fin, Malloy perdió el sentido, volvió una hora más tarde y se puso a beber y beber otra vez, y así continuó durante una semana más.
El camarero pasó a servirle aguarrás y luego linimento para caballos, reforzado con veneno para ratas. Con todo, Malloy siempre venía a por más. Le dieron de comer ostras podridas empapadas con alcohol metílico y sardinas estropeadas mezcladas con tachuelas de alfombras. Pero Malloy aún seguía pidiendo más. Lo
enterraron en la nieve y le empaparon con agua, dejándolo toda la noche a la intemperie, a una temperatura de veinticinco grados bajo cero. Pero nada de eso lograba matar a Michael Malloy.
Terminaron por contratar a un asesino profesional que, conduciendo un coche a 75 kilómetros por hora, golpeó a Malloy, lanzándolo por los aires y pasándole luego por encima. Sin embargo, después de pasar tres semanas en el hospital, Malloy volvió a la taberna y se dedicó de nuevo a beber.
Hasta que, al final, conectaron una manguera de goma a una salida de gas y se lo pusieron a Malloy a la fuerza delante de la nariz, hasta que la cara se le quedó violácea. Lograron matar al hombre, pero, a la larga, fallaron una vez más porque las autoridades descubrieron el crimen. Fueron detenidos y condenados a la silla eléctrica.
a Policía estaba perpleja por la brutalidad del asesinato.
Charles Watson, un viejo inofensivo, había sido clavado en el suelo con una horca de dos púas que le había atravesado la garganta. De su pecho sobresalía la punta de una hoz para cortar setos, otra herramienta familiar de los granjeros de Warwickshire.
Los lugareños difundieron el rumor de un asesinato ritual de brujería, pero no se suponía que hubiese brujas en febrero de 1945, ni siquiera en la Inglaterra destrozada por la guerra. Como la Policía local tenía pocas pistas para actuar, llamaron al famoso superintendente
Fabian, de Scotland Yard. Aunque Fabian pasó meses estudiando el caso, nunca pudo entregar un sospechoso a la justicia.
Quién mató al viejo Watson, sigue siendo un misterio. Pero Scotland Yard creyó en definitiva que aquel hombre había sido considerado como un brujo. Ciertamente, el comportamiento excéntrico de Watson despertó sospechas a sus vecinos. Pasaba casi todo el tiempo a solas, compartiendo una casita de campo con su sobrino. Desdeñando la camaradería de las tabernas, compraba su sidra a galones y la bebía solo.
Sin embargo, los rumores giraban alrededor de otras costumbres peculiares de Watson. Solía dar paseos solitarios por los descampados de Warwickshire, donde era visto y oído con frecuencia hablando con los pájaros. Watson decía que les comprendía.
También criaba sapos en un pequeño jardín. Según rumores, les enganchaba unos arados en miniatura y los seguía a través de los campos por la noche.
Pero si eran éstos los rumores y las insinuaciones, ¿cuál era la realidad? ¿Podía haber sido Watson realmente un brujo, practicando abiertamente su arte y teniendo atemorizados a sus vecinos? Créase lo que se crea, lo cierto es que Watson fue brutalmente asesinado un frío día de invierno al pie de un sauce. El único motivo que pudo descubrir
Scotland Yard fue el de brujería en primer grado.
na de las cosas más asombrosas acerca de los yoguis tibetanos es su capacidad de permanecer a gusto viviendo en cuevas a altitudes muy elevadas, donde la temperatura está muy por debajo del nivel de tolerancia para la mayoría de las personas. Y los yoguis lo hacen vistiendo finísimas prendas o nada en absoluto. La clave es, por cierto, el tumo, un calor místico. El modo de alcanzarlo es un secreto entre los sacerdotes tibetanos, pero forma parte de las prácticas del yoga.
Un monje neófito que cree tener la capacidad de calentarse desde su interior es sometido a una curiosa prueba ritual. Durante la
noche es conducido a un río o lago helado, a orillas del cual debe sentarse desnudo. Se hacen huecos en el hielo y se sumerge una sábana en el agua helada. Luego se envuelve al novicio con ella y se le manda secarla usando el calor generado por su cuerpo. Se repite este procedimiento durante toda la noche y al amanecer se cuentan las sábanas. Algunos llegan a secar hasta cuarenta en una noche.
l psiquiatra checo
Stanislov Grof, experto en alucinógenos, trabaja actualmente en el famoso
Instituto Americano Esalen, en Big Sur. Pero antes de abandonar su patria, trató a una joven y autodestructora ama de casa llamada
Renata.
Grof pidió a su paciente que recordase su doloroso pasado, con ayuda de LSD, y al poco tiempo, empezó ella a referir escenas de la Praga del siglo XVII. Describió correctamente la arquitectura, la indumentaria y las armas de aquel periodo. Tenía vividos recuerdos de la invasión de Bohemia por el Imperio austríaco de los
Habsburgo. E incluso describió la decapitación de un joven noble por los Habsburgo.
Grof trató de comprender aquellas visiones con todos los medios terapéuticos a su alcance, pero no pudo encontrar ninguna explicación psicológica. Salió para los Estados Unidos sin poder resolver el caso. Pero, dos años más tarde, recibió una carta de su antigua paciente. Resultó que Renata había encontrado a su padre, al que no había visto desde su primera infancia. Durante sus conversaciones, se enteró de que su padre había descubierto la historia de su familia desde el siglo XVII, desde un noble que había sido decapitado por los Habsburgo durante su ocupación de la que es ahora Checoslovaquia.
Cómo consiguió Renata «recordar» este incidente, sigue siendo un misterio, ya que por lo visto, su padre hizo aquellos descubrimientos después de abandonar a su familia. Renata cree que sus impresiones fueron fruto de alguna forma de memoria «heredada». El propio Grof sostiene que los recuerdos de Renata proceden de una pasada vida en Praga.
ctualmente, Francia es el único país con una agencia para el estudio de los OVNIs patrocinada por el Gobierno. El
GEPAN, grupo de estudios de fenómenos aéreos no identificados, es un departamento separado dentro de la agencia espacial nacional francesa. Todas las noticias sobre OVNIs que tienen origen en Francia pasan directamente al GEPAN, que determina los méritos del caso.
Debido a la naturaleza transitoria de los fenómenos OVNI, el GEPAN ha llegado a unos pocos resultados extraordinarios o incluso concluyentes. Pero un caso ocurrido en Francia se destaca
de todos los demás. El 8 de enero de 1981, a eso de las cinco de la tarde, un tal
Monsieur Renato Nicolai, de cincuenta y cinco años, estaba trabajando en su jardín de Trans-en-Provence cuando oyó un ruido sibilante. Se volvió en redondo, dijo, y vio una nave espacial que descendía.
Nicolai dijo que la nave «tenia la forma de dos platillos invertidos, pegados el uno al otro. Debía tener aproximadamente 1,50 metros de altura y era de color de plomo.. Según Nicolai, la nave permaneció en el suelo cosa de un minuto. Después, dijo, «se elevó rápidamente en dirección al bosque, es decir, hacia el
Nordeste.»
Los investigadores del GEPAN tomaron muestras del suelo y de plantas en el lugar del aterrizaje, el día siguiente, y de nuevo tres días más tarde. La agencia recogió también pruebas treinta y nueve días después del incidente y, una vez más, al cabo de dos años.
Según el GEPAN, se encontraron huellas físicas de un aterrizaje. El suelo, dijo la agencia, tenía pequeñas cantidades de fosfato y de zinc, y parecía haber sido calentado a una temperatura entre trescientos y seiscientos grados centígrados. Pero tal vez el descubrimiento más importante fue una disminución del 30 al 50 por ciento de la cantidad de clorofila y de pigmentos carotenoides producidos por las plantas en la vecindad inmediata de la nave que había aterrizado. Además, según el GEPAN, «había una correlación significativa entre las alteraciones observadas y la distancia desde el centro del fenómeno. El trastorno, observó el GEPAN, podía haber sido inducido por un campo electromagnético.
Aunque vacilando en concluir que una real nave espacial extraterrestre había aterrizado en el jardín de Nicolai, el científico francés
Alain Esterile, ex director del GEPAN, concluyó que «por primera vez hemos encontrado una combinación de factores que sugieren que ocurrió realmente algo parecido a lo que describió el testigo ocular.»