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septiembre de 1890, el futuro de Louis Le Prince se veía brillante. Tras haber demostrado su procedimiento para la animación de imágenes (cine), en la ópera de París, debía recibir el espaldarazo por una técnica que más adelante fue reinventada por
Thomas Edison.
Pero la última vez que le vieron, Le Prince se subía a un tren en París. Siete años después fue legalmente declarado muerto.
l capitán
C. S. Chiles, de la «Eastern Airlines», y su copiloto,
J. B. Whitted, había esperado un vuelo de rutina el 23 de julio de 1948. Partieron de Houston hacia Boston en una noche clara y con luz de luna. A las
2:45 de la madrugada, unos cuantos kilómetros al sur de Montgomery, Alabama, Chiles se percató de un resplandor rojo que se encaminaba directamente hacia el
«DC-3» con alarmante velocidad.
Al principio pensó que se trataba, probablemente, de alguna clase de nuevo reactor militar y dio por supuesto que el piloto del reactor viraría al ver las señales de posición rojas y verdes del
«DC-3». Sin embargo, muy pronto quedó claro que éste no iba a ser el caso y la tripulación del vuelo de la «Eastern» sintió que la frente se les perlaba de sudor al observar que el reactor continuaba avanzando hacia ellos. Al carecer de otra alternativa, Chiles hizo girar violentamente su avión hacia la izquierda. Él y Whitted tuvieron una buena visión del avión que venía hacia ellos, mientras pasaba a unos 30 m del ala derecha del
«DC-3»
Lo que habían pensado que se trataba de un reactor militar no era otra cosa que un aparato en forma de cigarro y sin alas, con hileras de ventanillas iluminadas con una deslumbradora luz blanca. Luego comenzó a ascender de forma empinada, con un destello de llamas anaranjadas por su parte trasera, con lo que se desvaneció entre las escasas nubes.
El difunto experto en ovnis, J. Allen Hynek, creía que lo que Chiles y Whitted vieron era en realidad un meteoro, una explicación lógica excepto en un punto crucial: los meteoros no cambian de dirección ni retroceden hacia el espacio.
os investigadores suizos que han llevado a cabo un estudio de más de 2.500 sueños, creen que algunas figuraciones nocturnas pueden ser, en realidad, entrevisiones de la vida después de la muerte. Los psicólogos
Maria-Louise von Franz y Emmanuel Xipolitas Kennedy han descubierto que, aunque no todos los sueños acerca de la vida después de la muerte resultan significativos, algunos poseen una cualidad especial y sobrenatural, que hace que deban colocarse aparte.
Según Kennedy, parecen ser encuentros con almas posmortales, muy parecidos a los que ocurren de una forma típica entre el enfermo terminal. A veces, los soñadores se describen como rejuvenecidos en sus sueños, o pueden reunirse con amigos íntimos o parientes ya fallecidos. Kennedy cree que, aunque no sean en realidad una prueba de la vida después de la muerte, esos sueños poseen un valor considerable que confirma a la mente inconsciente que la muerte futura no es un final, lo cual apacigua el paso del paciente de la vida a la muerte.
Señalan la noción de que cualquier cosa que no se haya resuelto durante la vida debe, de alguna forma, como asegura Kennedy, continuarse después de la muerte. El propósito es en cierto modo unir al individuo con el ser arquetípico del que pensamos como Dios.
as reproducciones de muñecas antiguas eran perfectas excepto unas manchas negras en todas sus caras. Incapaz de evitar la aparición de las manchas, la muchacha que había confeccionado cada una de ellas manualmente estaba destrozada. Al pensar que sus sudorosas manos eran las responsables, acudió al gabinete del médico británico
Conrad Harris.
El doctor decidió llevar a cabo una sencilla prueba. Antes de meter la cabeza de arcilla de la muñeca en el horno, dio instrucciones a su paciente para que trazara la señal de la cruz con el dedo en la muñeca. Luego repetiría el procedimiento con una segunda muñeca, pero esta vez con unos guantes de goma puestos. Y, en efecto, la muñeca tocada con el guante no mostró manchas.
Tras haber determinado que la chica era la fuente del problema, Harris se dedicó a enterarse qué era exactamente de su sudor lo que causaba la reacción de las muñecas. Creyendo que se trataba de sulfuros, su suposición quedó confirmada cuando un análisis de la dieta reveló que la muchacha consumía grandes cantidades de ajo, rico en sulfuros. Y cuando dejó de comer ajo durante una semana, las manchas ya no aparecieron en las muñecas.
Naturalmente, el descubrimiento de Harris tuvo amplias implicaciones para la industria de reproducción de muñecas antiguas: los artesanos de Italia, Alemania y Francia -con alimentos tradicionalmente ricos en ajo- perdían con regularidad el 10% de sus muñecas a causa de la enfermedad de las manchas negras.
ace 25 años, 47.500 barriles de desechos radiactivos fueron arrojados en el océano Pacífico, exactamente más allá del puente del Golden Gate de San Francisco. Hoy, el contenido de plutonio en el lecho marino es 25 veces mayor de lo que predijeron originariamente los expertos. Incluso más asombroso es el descubrimiento de los oceanógrafos, en la misma zona, de un nuevo género de esponjas, mutantes de 30 a 40 cm de altura y con una forma parecida a vasijas.
n los tiempos modernos, la esvástica se ha convertido en un símbolo del mal, pero, según dos científicos de la Universidad de Texas, el emblema nazi puede poseer connotaciones místicas.
Cuando los físicos C.J. Ransom y Hans Schluter expusieron el gas hidrógeno a la electricidad y al magnetismo, el hidrógeno brilló. Luego, de repente, el gas se dividió para formar la silueta de una esvástica. El experimento condujo a los científicos a especular respecto de que un cometa, al pasar a través del campo magnético de la Tierra, podía crear un efecto similar. De ser así, entonces la esvástica podía haberse aparecido por primera vez a los humanos como un fenómeno de tipo natural, pero los atemorizados observadores lo tomaron más bien por un signo sobrenatural. De esta manera, concluyeron los científicos, se explica por qué el moderno
símbolo del mal fue en un tiempo reverenciado por los hindúes y los de otras religiones. Las esvásticas aparecen grabadas, por ejemplo, en tumbas antiguas cerca de la ciudad de Troya. E incluso los cristianos la representaron como un símbolo sagrado durante la Edad Media.
l hoy difunto reverendo
Donald Omand, pastor y exorcista anglicano, no dudaba de la existencia del fabuloso
monstruo de Loch Ness, a quien algunos llaman afectuosamente
Nessie. Pero tenía serias reservas sobre la noción de que era una clase de animal prehistórico o, para el caso, cualquier criatura viviente.
El escritor F. W. (Ted) Holiday, que había pasado años en las orillas de Loch Ness, tendía a estar de acuerdo con él. En un libro de 1973,
The Dragon and the Disc, rebatió las teorías biológicas sobre la criatura y aconsejó a los investigadores que considerasen la noción de visitantes del reino de lo paranormal.
Así, cuando Holiday se enteró de la creencia del doctor Omand, le escribió una carta y, a su debido tiempo, se encontraron los dos hombres. Una de las cosas de que hablaron fue el extraño relato del escritor sueco
Jan-Ove Sundberg, que había estado en Ness, el 16 de agosto de 1971. Aquella tarde, Sundberg había querido tomar un atajo a través del bosque, cerca del lago, y se había perdido. Mientras caminaba entre los árboles, vio una
«máquina sumamente extraña»: tenía la forma de un cigarro gris negruzco, de doce metros de longitud, y descansaba en el suelo a setenta o cien metros del lugar donde él se hallaba.
Sundberg afirmó haber visto tres figuras saliendo de entre los matorrales y vistiendo todas ellas traje de submarinista y casco. Al principio pensó Sundberg que eran trabajadores técnicos de una central eléctrica próxima. Al cabo de un rato, los personajes entraron en el aparato por una escotilla de la parte superior. Entonces, el aparato se elevó a doce o quince metros del suelo y se alejó a gran velocidad.
Cuando Sundberg regresó a Suecia, dijo que había sido seguido por personajes misteriosos vestidos de negro -los fabulosos «hombres de negro» que se dice que han intimidado a algunos testigos de
OVNIs- y en definitiva sufrió una crisis nerviosa.
Normalmente, Holiday habría rechazado la historia como «tonterías de psicótico» (son sus palabras), si no hubiese oído hablar de otras visiones de
OVNIs en el lago, aquella misma semana de agosto de 1971. Pero había un problema. En el lugar del incidente, los investigadores encontraron un bosque tan denso que «en ninguna parte habría podido aterrizar un OVNI mayor que una caja de
cerillas». La fotografía de Sundberg sólo había mostrado árboles.
Sundberg creía haber tenido un encuentro con un OVNI. Pero también parecía indudable que la cosa no había ocurrido como creía él. ¿Se había visto envuelto en alguna clase de acontecimiento sobrenatural?
Partiendo de esta teoría, Omand, acompañado de Holiday, se dirigió a Loch Ness el 2 de junio de 1973, para exorcizar al demonio. Omand practicó el rito del exorcismo en cinco lugares distintos alrededor del lago.
-Haz que por el poder otorgado a tu humilde siervo -rezó en cada lugar- este lago y las tierras contiguas sean librados de todos los malos espíritus; de todas las imaginaciones vanas; de proyecciones y fantasmas, y de todos los engaños del Maligno. Oh, Señor, somételos a las órdenes de
tu siervo, a su voluntad, para que no dañen al hombre ni al animal, sino que vuelvan al lugar que les está destinado y permanezcan para siempre en él.
«Yo no soy formalmente religioso -escribiría Holiday, refiriéndose a aquella experiencia-, pero sentí, en este punto, una clara tensión en la atmósfera. Fue como si hubiésemos levantado unas palancas invisibles y estuviésemos esperando el resultado.»
El lunes siguiente, Omand repitió el exorcismo delante de un equipo de la
BBC. El martes, Holiday decidió investigar el relato de Sundberg sobre el OVNI. Sin embargo, visitó primero a
Winifred Cary, una médium que vivía cerca. Cuando le habló del encuentro referido por Sundberg, le respondió que ella y su marido, comandante de la
Royal Air Force, también habían visto OVNIs en aquel sector. Aconsejó a Holiday que no fuese allí.
-He leído sobre personas que han desaparecido -dijo-. Puede que sean tonterías, pero yo no iría.
El doctor Omand le había dicho lo mismo.
«En aquel preciso instante -escribió Holiday en su libro The Goblin Univers
(El Universo de los Duendes)-, se oyó un ruido tremendo, como de un tornado, fuera de la ventana, y el jardín pareció llenarse de un indefinible y frenético movimiento. Sonaron una serie de violentos golpes, como si un objeto muy pesado golpease la pared o la puerta del solario. A través de la ventana, detrás de Mrs. Cary, vi de pronto lo que parecía una columna de humo negruzco en forma de pirámide y de unos tres metros de altura, girando frenéticamente. Parte de ella estaba enredada en un rosal que parecía que iba a ser arrancado del suelo. Mrs. Cary lanzó un grito y se volvió a la ventana. El episodio duró diez o quince segundos, y terminó de pronto.»
Cary oyó también el ruido.
-Vi un rayo de luz blanca que cruzó la habitación desde la ventana, a mi izquierda -dijo-. Vi un círculo de luz blanca sobre la frente de Ted Holiday. Me llevé un susto terrible.
Holiday decidió no ir al lugar de la visión de Sundberg. Pero,
a la mañana siguiente, al salir para un recado sin importancia, se sorprendió al ver un extraño personaje plantado a treinta metros de distancia. Era un hombre vestido completamente de negro.
-Sentí una extraña impresión de malevolencia, fría y desapasionada -recordó-. Mediría un metro noventa de estatura y parecía vestido de cuero o plástico negros. Llevaba un casco y guantes, y una máscara que le cubría incluso la nariz, la boca y el mentón.
Holiday se acercó al personaje y anduvo unos cuantos pasos más allá de él; después miró el lago durante varios segundos. Entonces volvió la cabeza en dirección al misterioso hombre de negro. En aquel momento, oyó un «curioso sonido, como un susurro o un
silbido». Se volvió y no vio nada.
Holiday corrió inmediatamente a la carretera próxima. «Había unos ochocientos metros de carretera vacía
a la derecha y casi cien metros a la izquierda -escribió-. Ninguna persona viviente hubiese podido perderse de vista con tanta rapidez. Sin embargo, era indudable que se había ido.»
El día siguiente se marchó el doctor Omand, diciendo que trataría de exorcizar al pertinaz fantasma cuando volviese a visitar el lago.
Holiday, por su parte, volvió a Loch Ness en 1974. A los pocos días, sufrió un ataque no fatal al corazón, mientras estaba en la orilla del lago.
Al ser llevado en camilla por la ribera, pasó directamente por encima del lugar donde había estado el hombre de negro.
Un segundo ataque al corazón mató a Ted Holiday en 1979.
as experiencias cercanas a la muerte, en que los individuos informan haber abandonado sus cuerpos, encaminándose hacia una luz brillante, constituyen un fenómeno cada vez más reconocido. Pero, según
Maurice Rawlings, profesor de medicina clínica en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chattanooga, alguno de los viajes a las proximidades de los cielos, pueden ser, en realidad, entrevisiones del infierno.
Rawlings entrevistó a casi 300 pacientes, inmediatamente después de sus reanimaciones. Y las historias que escuchó, por lo menos de la mitad de ellos, le convencieron de que
habían visto lagos de fuego y figuras demoníacas, no las benévolas imágenes de que se informa en las más conocidas de las historias de la casi muerte. Rawlings cree que muchas personas alteran sus relatos de manera sustancial, simplemente, porque tienen vergüenza de admitir que tal vez no estuviesen subiendo al cielo.
as experiencias extracorpóreas intencionadas y al azar
(OBE), aparecen a través de la historia por parte de personas de todas las edades, razas, creencias y culturas. Los OBE son tan frecuentes, por ejemplo, entre los rusos y los estadounidenses, como entre las razas primitivas de África y Australia.
En especial, los escritores y los artistas alegan que el OBE sirve como inspiración creativa y han sido capaces de describirlos con vívidos detalles. Entre estos famosos viajeros extracorpóreos cabe incluir a
D. H. Lawrence, Aldous Huxley, Emily Brontë,
Jack London y el poeta alemán Goethe.
Durante la Primera Guerra Mundial, el autor estadounidense Ernest Hemingway sirvió en el cuerpo de ambulancias de Estados Unidos. Una cálida noche del mes de julio de 1918, se encontraba agazapado en una trinchera en el frente italiano, cerca del pueblo de Fossato, cuando de repente, escuchó un obús de mortero que silbaba por el aire. La bomba estalló y la metralla le quemó las piernas. Más tarde, contó a los amigos que el dolor resultó horrible y que creyó encontrarse cerca de la muerte y, de manera real, percibió que su espíritu le abandonaba el cuerpo.
Hemingway inmortalizó su experiencia en su novela, de 1929, Adiós a las
armas. «Intenté respirar, pero no tenía aliento -explica el protagonista
Frederic Henry-. Me sentí correr atropelladamente fuera de mí, una y otra vez, durante todo el tiempo, mi cuerpo entre el viento. Salía con suavidad, todo yo, y supe que estaba muerto y que había sido un error creer que acababa de morir. Luego floté, y en lugar de seguir adelante sentí que volvía atrás. Respiré y estaba otra vez de regreso.»
urante el verano de 1983,
Larry Bryant, de Alexandria, Virginia, presentó un mandato de habeas corpus contra los Departamentos de Estados Unidos de Defensa y Estado, las Fuerzas Aéreas, el Ejército, la Agencia de Seguridad Nacional y la Oficina Federal de Investigación (FBI). ¿Su acusación? Todos los demandados habían conspirado para ocultar el accidente aéreo, en 1947, de un vehículo extraterrestre en el desierto de Nuevo México. Y lo que es más, en realidad las Fuerzas Aéreas poseían uno o más cuerpos de los ocupantes del ovni.
Un documento del FBI, añadido a la orden ante el tribunal, citaba a un investigador de las Fuerzas Aéreas que afirmaba que se
habían recuperado tres platillos volantes cerca de un gran aparato de radar del Pentágono, en Nuevo México. Evidentemente, el radar había interferido con el mecanismo de control del aparato. Según el memorándum, cada avión circular tenía un diámetro de, aproximadamente, 15 m y contenía una sección elevada en el centro. Sus ocupantes eran humanoides, continuaba, de un metro de estatura y llevaban puestos unos monos metálicos.
Bryant creía que los visitantes extraterrestres aún seguían vivos y que eran retenidos contra sus derechos constitucionales. No podían verse detenidos sin ser acusados de un delito, argumentaba, y al presentar aquel mandamiento de habeas corpus Bryant confiaba en que los alienígenas fuesen liberados por el Gobierno o, por lo menos, se pudiese recuperar sus cadáveres. Tal vez lo que en realidad desease fuese convertir todo aquel asunto en un verdadero escándalo público; no resultaba probable que el Gobierno, tras muchos años de negar la existencia de los ovnis, fuera ahora a reconocer su existencia, y mucho menos la posesión de los propios alienígenas, a causa de sólo un escrito de habeas corpus.