n más de cincuenta años de examinar arte precolombino,
Alejandro von Wuthenau ha encontrado docenas de estatuas con rasgos asiáticos, algunas de las cuales se remontan al año 2000 a. de C. Una, por ejemplo, es una reproducción en terracota de un luchador datado entre los años 1000 y 800 a. de C., encontrado en las montañas mexicanas de Guerrero. Los artefactos, según insiste Von Wuthenau, indican que los japoneses visitaron las Américas mucho antes de que lo hicieran los europeos. La única pregunta es: ¿cómo llegaron allí?
En 1986, Von Wuthenau descubrió lo que cree que tal vez sea una réplica de una nave de alta mar, empleada por los primeros exploradores asiáticos. El buque de terracota de 30 cm de longitud contiene diez figuritas de remeros, todos ellos con claros rostros japoneses.
l doctor
Michael Grosso estaba dando un curso de parapsicología en el
«State College» de Jersey City, en 1976, cuando conoció a
Elizabeth Sebben, brillante antropóloga que había experimentado muchos encuentros metapsíquicos y se alegró de encontrar alguien con quien pudiese hablar. Grosso se interesaba especialmente en sus experiencias extracorporales. Él le sugirió que si trataba de visitarle, pronto se encontraría viajando fuera de su cuerpo. La visita se produjo en el otoño de 1976. El doctor, que vivía solo en un apartamento de seis habitaciones, pasaba a menudo el tiempo haciendo prácticas de flauta. Sus partituras estaban generalmente colocadas sobre un atril, que siempre se hallaba cerca de una librería. Una mañana, Grosso se dio cuenta de que ocurría algo raro, cuando, al levantarse, encontró el atril en medio de la habitación, aunque él nunca lo colocaba allí.
Grosso no volvió a pensar en el incidente hasta más tarde de aquel día, cuando le telefoneó Elizabeth. Había tratado de establecer contacto con él la noche anterior, estando fuera de su cuerpo, y quería decirle lo que había percibido. Sin que su amigo la incitase a hacerlo, contó lo siguiente: La noche pasada había estado estudiando cuando empezó a sentir que estaba saliendo de su cuerpo. Recordó que quería visitar a Grosso, por lo que concentró su pensamiento en él y pronto se encontró en su cocina. Le vio sentado a la mesa, estudiando unos papeles y sorbiendo el té. Trató de llamarle la atención, pero no lo consiguió, y entonces
empezó a buscar una manera de demostrarle su presencia. Examinó la residencia hasta que descubrió el atril. Centró su atención en el objeto y entonces, inexplicablemente, percibió que había trasladado el atril al centro de la habitación. Segundos más tarde, se encontró de nuevo en su cuerpo.
Grosso no cree que la experiencia pueda explicarse como alguna clase de ilusión. «Cuando una dama visita a un hombre por la noche, especialmente en tan curiosas circunstancias -dice-, sería una gran falta de cortesía tratarle de ilusión insignificante.»
pesar de la popularidad del término
«platillos volantes», las formas y tamaños de los OVNIs son realmente de diferentes clases, incluidos discos de decenas de metros de diámetro y objetos que se parecen a triángulos, cigarros e incluso
teteras. OVNIs de tamaño enorme, frecuentemente acompañados de naves volantes más pequeñas, son conocidos como
«naves nodriza».
Uno de éstos fue visto por el piloto del vuelo 1628 de las «Lineas Aéreas Japonesas», un
«Boeing 747» que hacía el viaje de Islandia a Anchorage, Alaska, el 17 de noviembre de 1986. Volando sobre Alaska exactamente después de las seis de la tarde, el capitán
Kenju Terauchi informó sobre unas brillantes luces blanca y amarilla que
tenía delante y saltaban «como dos oseznos que estuviesen jugando». Terauchi habló por radio con Anchorage y el controlador confirmó que
tenía una imagen en el radar. El piloto japonés encendió su propio radar digital en color y, aunque éste estaba destinado a captar las condiciones atmosféricas y no objetos sólidos, registró también una imagen.
Entonces advirtió Terauchi que su «747» estaba a la sombra de un solo y gigantesco OVNI en forma de nuez, pero con el tamaño de dos portaaviones. Pidió permiso a Anchorage para ejecutar un giro de 360 grados y descender a 10.000 metros, autorización que le fue otorgada.
La nave nodriza permaneció detrás de él durante toda la maniobra. Anchorage envió otros dos aviones a la zona inmediatamente próxima a la de Terauchi, pero, cuando llegaron, el OVNI había desaparecido, después de haber estado a la vista del «747» y perseguirle durante cincuenta minutos.
l 5 de diciembre de 1945, cinco bombarderos torpederos despegaron de Fort Lauderdale, Florida, en un ejercicio de navegación aérea de 650 kilómetros, identificado como Vuelo 19. Los aviones, considerados en perfectas condiciones operacionales en el momento del despegue, eran tripulados por pilotos experimentados, como el teniente
Charles Carroll Taylor entre otros 14 pilotos y tripulaciones.
La ruta debería de llevarles hacia el Este, luego al Norte, sobre la isla de la Gran Bahama, antes de dirigirse hacia el Sudoeste, rumbo a la base. Todo esto dentro del área conocida como el
Triángulo
de las Bermudas. En cambio, las maniobras resultaron en un vuelo de cinco horas hacia ninguna parte.
Ya hacia las dos horas de vuelo Taylor comunicó que ambas brújulas se encontraban inexplicablemente defectuosas; no señalaban ni dónde estaban ni hacia dónde iban. Ellos, por alguna razón desconocida, supusieron que se hallaban en algún lugar sobre los cayos de Florida, a unos 300 kilómetros fuera de la trayectoria prescrita.
Durante tres horas las ondas de radio no captaron más que mensajes confusos y fragmentarios, hasta que Taylor anunció que intentarían aterrizar los aviones en el agua, ya que corrían el riesgo de quedarse sin combustible.
A pesar de los cinco días de búsqueda intensa, cubriendo un área de 550.000 kilómetros, durante los cuales un avión de rescate
Martin Mariner con 15 tripulantes, también desapareció, jamás se encontró el menor rastro de los cinco bombarderos. Es posible que los aviadores no pudieran escapar antes que los aviones se hundieran, pero ni siquiera las 400 páginas de informe naval respondieron a todas las preguntas acerca de las extrañas circunstancias que llevaron a la desaparición del hombre.
Desde el 5 de diciembre de 1945, cientos de aviones, grandes y pequeños, han desaparecido en el Triángulo de las Bermudas sin dejar rastros, de los cuales el 20% desapareció a principios de diciembre y casi siempre el día 5. Pero el mes de diciembre no se incluye en la temporada de los huracanes.
l Himalaya tiene su
Yeti. Y en Australia, unas criaturas peludas y parecidas a monos son conocidas con el nombre de
Yowie. En realidad, según el naturalista local Rex
Gilroy, estas criaturas han sido vistas más de tres mil veces en la zona de Blue Mountain, al oeste de Sydney.
En diciembre de 1979, Leo y Patricia George se aventuraron en la región, situada en el este de Australia, en busca de un lugar tranquilo para una comida campestre. Pero la diversión del domingo se vio de pronto frustrada cuando tropezaron con los restos de un canguro mutilado. Además, dijo la pareja, el presunto autor de la mutilación estaba solamente a menos de doce metros de distancia. Describieron una criatura toda cubierta de pelo y de al menos tres metros de altura, que se quedó parada mirándoles, antes de alejarse pesadamente entre la maleza.
La comida fue rápidamente cancelada, pero Gilroy todavía piensa en organizar por su cuenta una expedición en busca del legendario animal.
asi inmediatamente después de que se anunciase que el zar ruso
Alejandro I había muerto a la edad de cuarenta y siete años,
la gente comenzó a preguntarse si, en efecto, estaba muerto. Se extendió el rumor de que, en realidad, había abdicado para retirarse a vivir como eremita. En realidad, los residentes de Tomsk alegaron que un eremita llamado
Feodor Kuzmich había aparecido de repente en esta ciudad del este de Rusia y que se trataba realmente del antiguo zar. Además, cuando Kuzmich murió, en 1864, sus últimas palabras fueron:
-Dios sabe mi auténtico nombre.
Tras haberse convertido en zar a la muerte de su padre, Alejandro II intentó poner fin a los rumores acerca de su progenitor. En 1865 ordenó que se abriese el ataúd, pero lo encontró vacío. Un examen posterior, en 1926, confirmó que el cadáver no estaba dentro del féretro.
egendarios o no, los zombis son aceptados como artículo de fe en Haití. Una explicación posible para tantos muertos aparentes y luego enterrados que vuelven a la vida para realizar labores manuales, es que la presunta muerte no sea en realidad tal, sino un coma profundo inducido de forma deliberada por las drogas. Las víctimas designadas, con apariencia de estar muertas, se entierran y luego se desentierran, se reaniman con ayuda de unas drogas diferentes y se venden a continuación como jornaleros del campo por parte de los que practican el vudú.
Una dama que, hace ya algunos años, vivió en una finca en el Haití rural, la señora
Gloria Andrulonis, tuvo una experiencia fuera de lo corriente relacionada con los zombis cuando murió la hija de su cocinera. La muchacha fue debidamente enterrada pero, unos cuantos días después del funeral, los criados de la hacienda vecina le dijeron a la cocinera que habían
visto a su hija trabajando en los campos de una plantación próxima con un grupo de zombis.
Cuando la señora Andrulonis le preguntó a su cocinera qué iba a hacer al respecto, la mujer contestó:
-Nada. ¿Qué se puede hacer? Está muerta. Ha sido enterrada y su alma ha desaparecido.
Se cree, supuestamente, que los zombis sólo ingieren alimentos sin azúcar y sin sal. Se ha informado en Haití de un cierto número de casos de unos presuntos zombis que, al comer cosas dulces, recordaban sus muertes y entonces intentaban regresar a sus tumbas.
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Orchard, ex suboficial de la Royal Navy, y su familia, comenzaron a experimentar extraños fenómenos en su hogar en Adisham, Kent, a mediados de los años setenta. Puertas y grifos del agua, de manera inexplicable, se arrancaban y echaban a volar. Una techumbre se hundió sin una razón aparente, de manera misteriosa los muebles se humedecían y los aparatos eléctricos funcionaban
mal de una manera regular. Finalmente, las circunstancias convencieron a los Orchard a huir de su hogar.
Tras considerar el asunto un poco, Orchard llegó a la conclusión de que la
«electroósmosis» era la causante de las perturbaciones de su casa. Un cable de alta tensión cercano a la casita, dedujo, perdía electricidad que luego afectaba a la mecánica de la vivienda. Los Orchard volvieron sólo después de haber enterrado unos electrodos en el césped para desviar las pérdidas de corriente eléctrica.
Emprendieron acciones legales contra el «South Eastern Electricity
Board», en demanda de que se les indemnizaran los daños causados a su casa. Sin embargo, la compañía negó su responsabilidad en los hechos y consiguió a un simpático juez para que desestimara las alegaciones de los Orchard. Tras un
juicio que duró 12 días, el magistrado declaró que Joe, su mujer
June y su hijo de veintitrés años habían montado todo el tinglado para defraudar a la compañía eléctrica.
-Dijimos la verdad ante el tribunal, pero nos tildaron de mentirosos -declaró June más tarde.
ans Berger es sobre todo recordado hoy como padre de la encefalografía, el estudio científico de las ondas cerebrales. Pero son pocos los que saben que el interés de Berger por las emisiones eléctricas del cerebro nació de su deseo de explicar la percepción extrasensorial.
El interés del científico por lo paranormal se derivaba de una experiencia que había tenido a los diecinueve años. Cuando participaba como soldado en unas maniobras militares en Würzber, Alemania, Berger iba montado a caballo y éste tropezó. A punto estuvo de ser aplastado por las ruedas de un carro, pero los caballos fueron detenidos justo a tiempo.
Aquella misma noche, Berger recibió un telegrama de su familia preguntándole si estaba bien. Era la única vez que el joven había recibido una comunicación de esta clase. Más tarde se enteró de la razón. En el mismo instante de su accidente, su hermana mayor había tenido el presentimiento de que algo malo le ocurría y pidió a sus padres que enviasen el telegrama.
El incidente fue un claro ejemplo de transmisión espontánea del pensamiento -escribió Berger-. En un momento de grave peligro, actué como una especie de transmisor y mi hermana se convirtió en receptora Berger se dedicó al estudio del cerebro, con la esperanza de encontrar una explicación física a la telepatía. No lo consiguió, pero sus estudios ayudaron a los científicos a comprender mejor los ritmos eléctricos del cerebro.
n ocasiones, los seres humanos han sobrevivido a casi toda clase imaginable de catástrofes, desde caer de un avión sin paracaídas hasta ser empalados en diversos instrumentos afilados. En esta última categoría, podemos considerar el caso del motociclista inglés
Richard Topps, de veintiún años, de Derbyshire, que sobrevivió a un desdichado encuentro con una estaca de una valla.
En agosto de 1985, la motocicleta de Topps chocó con un automóvil, lesionando gravemente -a su pasajero. El propio Richard salió despedido por encima del manillar y cayó sobre una valla, donde quedó empalado en diagonal, desde el pecho hasta la cadera, en una estaca de metro y medio de largo.
Debido a la confusión que se produjo, Richard estuvo colgado allí durante más de una hora, totalmente consciente pero incapaz de hacer algo, hasta que fue encontrado por su hermano. Librarle de la estaca que perforaba su torso requirió una operación de dos horas, durante la cual descubrieron los cirujanos que todos los órganos vitales internos estaban indemnes. Topps se recuperó rápidamente de la operación y continuó su vida normal.
La joven de dieciocho años Kimberly Lotty, de Quincy, Massachusetts, fue empalada de manera parecida en diciembre de 1983, mientras conducía su furgoneta desde su lugar de trabajo a casa, y vivió también para contarlo. Su vehículo perdió la dirección y chocó contra una valla de aluminio. Uno de los postes de cinco centímetros de diámetro se soltó, rompió el parabrisas y le atravesó la parte izquierda superior del pecho.
«Fue algo misterioso -dijo más tarde Kimberly-. No sentí ningún dolor. Pensé que el tubo sólo ejercía presión sobre mi brazo. Supongo que estaba conmocionada.»
El servicio de socorro cortó el tubo a unos doce centímetros delante y detrás de su cuerpo, y trasladó a la joven al hospital, donde le extrajeron sin complicaciones el resto del tubo de aluminio.