l antropólogo
Roy Wagner había estado estudiando a los nativos de las tierras altas de Nueva Guinea durante más de veinte años cuando, a finales de los setenta, dirigió su atención a los
baroks, en la isla de Nueva Irlanda. Viviendo entre los sujetos de su estudio, Wagner se enteró muy pronto de un relato intrigante acerca de un
ri, un ente mítico, que había llegado a tierra firme unas décadas antes.
Fascinado, Wagner dedujo que el ri, reconocible por su torso humano que acababa en el cuerpo y en la cola de un pez, era un miembro más de las amplias representaciones de míticas criaturas del bestiario que figuraba en sus leyendas y creencias. Sin embargo, se siguió informando de avistamientos, y todos los miembros de la tribu insistieron en que el
ri existía realmente.
Algunos nativos le contaron a Wagner que, a veces, habían comido un
ri capturado y que se caracterizaba por una carne particularmente sabrosa. Un muchacho informó de una procesión de
ri a través de una corriente de agua dulce en una noche de luna. Un hombre alegó que había visto a una hembra
ri capturada en una red de pesca. También otro había atrapado a una de aquellas criaturas marinas, pero cuando llegó a la playa para enseñársela a Wagner, el escurridizo
ri al parecer se había escapado.
-Al sentir curiosidad por el relato de Wagner de los ri, publicados después de su regreso a la Universidad de Virginia, el investigador criptozoólogo
J. Richard Greenwell decidió investigar de primera mano todas aquellas historias. Y acompañado por Wagner y dos geógrafos, Greenwell llegó a Nueva Irlanda en 1983. Y no fue hasta que alcanzaron una zona habitada por los
susurunga, otra de las tribus de Nueva Irlanda, cuando el equipo expedicionario vio finalmente al
ri.
Una mañana, poco antes del alba, los investigadores de los ri observaron a un animal marino que retozaba en la bahía Nokon. Tenía un cuerpo oscuro, brillante y esbelto. Carecía de aleta dorsal, pero tampoco parecía tener cabeza o brazos humanos. Greenwell incluso consiguió fotografiar las aletas de la cola mientras la bestia nadaba por debajo de la superficie.
A continuación, Greenwell consultó a numerosos biólogos marinos, y se descartó la posibilidad de que la criatura que se hallaba frente a la costa fuese una marsopa o una foca. En un momento dado, creyó que podría tratarse de un
dugongo, un mamífero marino que se encuentra con frecuencia en las aguas costeras en torno de Australia y Nueva Guinea. La criatura que observó frente a Nueva Irlanda, no obstante viajaba a gran velocidad a diferencia del lento
dugongo.
-Además, los dugongos, por lo general, no permanecen sumergidos más allá de un minuto -agrega Greenwell-. En cambio, nuestro animal lo hizo durante más de diez minutos.
n marzo de 1892, el profesor de Asiriología de la Universidad de Pensilvania,
Herman Hilprecht, estaba dando los últimos retoques a su obra maestra, unas investigaciones sobre inscripciones babilonias antiguas. Pero dos artículos -unos fragmentos de ágataque Hilprecht creía que eran anillos del
Templo de Bel, en Nippur- desafiaban cualquier tipo de identificación. Cansado y frustrado, el asiriólogo asignó las dos piezas a la categoría de «no clasificadas» y, de mala gana, dio retoques finales a su libro.
Aquella noche, Hilprecht soñó que una figura alta, tocada con las vestiduras sacerdotales babilonias, llevaba al erudito a la cámara del tesoro en un lugar que Hilprecht, inmediatamente, reconoció como el Templo de Bel. La figura procedió entonces a explicar que las dos intrigantes piezas de ágata de Hilprecht eran, en realidad, dos porciones del mismo anillo y, a causa de la escasez de ágata, lo habían dividido para formar unos pendientes para una estatua del dios
Ninib. Si se unían ambas piezas, le explicó el sacerdote de sus sueños, se revelaría de este modo toda la inscripción que Hilprecht se había esforzado tanto en descifrar.
A la mañana siguiente, excitado por su sueño, Hilprecht examinó de inmediato los fragmentos de ágata. Y de una manera sencilla, las dos piezas, colocadas una junto a otra, presentaban una inscripción en la que se leía: «Al dios Ninib, hijo de Bel, su señor, ofrenda esto Kurigalzu, Sumo Sacerdote de Bel.»
n julio de 1750,
Robert Morris tuvo un perturbador sueño: se vio a sí mismo herido de muerte por un disparo de cañón procedente del buque que estaba previsto que visitase al día siguiente. Cuando despertó, el dignatario colonial estaba tan asustado que se negó a subir a bordo de la nave. Tratando de aliviar el miedo de su huésped, el capitán del navío le prometió que no habría disparos de
cañon desde el barco hasta que Morris estuviese a salvo de regreso en tierra. Morris cedió al fin y se celebró la visita programada.
Cuando concluyó el acto, el capitán, fiel a su palabra, ordenó a sus hombres que no efectuasen las salvas de cañón de saludo hasta que recibiesen la comunicación de que Morris había llegado sano y salvo a la orilla. Sin embargo, mientras aguardaban, una mosca se posó en la nariz de Morris y éste alzó la mano para sacársela de encima. Tomando este gesto como la contraseña, los tripulantes dispararon el cañón. Un fragmento de la bala del cañón alcanzó a Morris en el bote de remos no lejos de su punto de destino.
A pesar de las medidas de precaución tomadas, sus sueños demostraron ser proféticos.
ames L. Chaffin fue un agricultor de Carolina del Norte que murió en 1921. Sin duda, su familia se sorprendió y afligió cuando se enteró de las cláusulas de su testamento.
El viejo dejaba todos sus bienes a su tercer hijo, Marshall, desheredando completamente a su esposa y a sus otros tres hijos.
El testamento había sido redactado y atestiguado debidamente en 1905.
Sin embargo, cuatro años después de la muerte de James, su hijo,
James P. Chaffin, empezó a soñar que su difunto padre quería hablarle. Veía al agricultor junto a su cama, vestido con su viejo abrigo negro, y un día, el personaje dijo al fin: «Encontrarás mi testamento en el bolsillo de mi abrigo, y
desapareció».
Chaffin estaba confuso por la experiencia, pero pensó que debía comprobar la extraña declaración del fantasma. Resultó que el abrigo estaba en poder de otro hermano, por lo que viajó a la población donde residía éste, y encontró el abrigo y descosió las costuras. Allí, oculto en el forro de un bolsillo, había un trozo de papel en el que se había escrito: «Leed el capítulo veintisiete del Génesis.» Chaffin se dio cuenta de que aquello podía significar algo y, por consiguiente, fue a la casa da su madre, acompañado de varios testigos a los que contó ansiosamente su historia.
La Biblia fue difícil de encontrar, pero apareció al fin. El libro estaba tan estropeado que, al tomarlo, cayó en tres pedazos al suelo.
Thomas Blackwelder era uno de los testigos y recogió la parte de la Biblia que contenía el Libro del Génesis. Descubrió inmediatamente que dos hojas habían sido dobladas juntas para formar una bolsa. Cuando la abrió, los sorprendidos testigos encontraron un testamento ológrafo fechado en 1919. Parecía que el difunto había reconsiderado las cosas, pues el nuevo documento decía en parte:
«Quiero que, después de enterrado dignamente mi cuerpo, mi pequeña herencia sea dividida en partes iguales entre mis cuatro hijos, si es que viven cuando yo muera, y que mis bienes inmuebles y personales se dividan de igual manera, y si no viven, les sustituyan sus hijos, y si ella vive, debéis cuidar de vuestra mamá. Ésta es mi última voluntad y testamento.»
En aquel entonces, Marshall Chaffin había muerto y su propiedad era administrada por su viuda, por lo que James P. Chaffin llevó el testamento a los tribunales. Varios testigos declararon que el testamento de 1919 era ciertamente de puño y letra del agricultor fallecido. La viuda de Marshall no quiso oponerse al pleito y la pequeña herencia fue redistribuida debidamente.
os sepultureros de la posguerra civil de Estados Unidos, en Nueva
Orleans, estaban profundamente resentidos por los bajos salarios pagados por
Samuel Dombey para abrir la última morada de los muertos. De modo que se hicieron con los presuntos poderes mágicos de un tal doctor
Beauregard, pagando 50 dólares por su «maldición
suprema». A la mañana siguiente, mientras Dombey cavaba en el cementerio, escuchó una fuerte explosión y vio que alguien se tambaleaba desde los cercanos arbustos. Beauregard, que más tarde fue visto fuertemente vendado, al parecer había sobrecargado el arma con posta zorrera, lo cual hizo estallar la escopeta.
El incidente Beauregard no fue el único intento de matar a Dombey, a pesar del hecho de que el hombre parecía ser indestructible. Cuando, como es natural, Beauregard fue despedido por chapucero, los enterradores decidieron hacerse cargo ellos mismos del asunto. Primero colocaron una carga de pólvora debajo del catre de Dombey en el cobertizo de las herramientas y le prendieron fuego
mientras estaba dormido. La explosión destruyó el cobertizo, pero Dombey, arrojado a seis metros de distancia, resultó ileso.
Sin embargo, los competidores de Dombey no cejaron con tanta facilidad. No mucho después de la explosión del cobertizo, el sepulturero fue secuestrado y, con las manos y los pies atados, arrojado al lago Pontchartrain. Pero Dombey logró desatarse y regresar a la orilla.
Sin embargo, el intento de ahogarle no fue el último esfuerzo de los sepultureros para desembarazarse de Dombey. Cuando, a continuación, prendieron fuego a su casa, esperaron a que Dombey saliese corriendo afuera, en cuyo momento dispararon contra él con postas. Los bomberos se presentaron en seguida al lugar de los hechos y apagaron el fuego, tras lo cual condujeron a Dombey al hospital, donde se recuperó.
Los sepultureros no fueron capaces nunca de matar a Sam el
Indestructible, como la policía comenzó a llamar a Dombey. En realidad, Dombey murió de causas naturales a la edad de noventa y ocho años, tras haber sobrevivido a los hombres que habían intentado matarle.
l principio, pudo parecer una diversión, pero
A. W. Underwood empezó a cansarse de su habilidad para prender fuego en objetos después de, simplemente, respirar encima de ellos. A fin de cuentas, se trataba de un talento que había guardado celosamente. Y a pesar de meses de pruebas, y el estatus de celebridad que al fin había alcanzado, ningún experto podía explicar qué causaba aquel pintoresco fenómeno.
Según L. C. Woodman, el primer médico que examinó a aquel iniciador de incendios, cuando Underwood cogía algunas cosas, como un pañuelo de algodón y hojas secas, y las apretaba contra la boca, estallaban en llamas en cuestión de segundos. El médico enjuagó la boca de aquel hombre de veinticuatro años con diversas soluciones. Le hizo ponerse guantes de goma. Pero por rigurosos que fuesen los exámenes, ni Woodman ni sus colegas pudieron encontrar la menor traza de truco. Ni tampoco pudieron determinar ninguna razón médica que originase unos síntomas de aquel tipo.
a Divina Comedia de
Dante Alighieri es con justicia considerada como una de las grandes obras maestras espirituales del mundo. Pero, de no haber sido por el sueño del hijo del poeta
muerto, Jacobo, es posible que todo el manuscrito se hubiese perdido para siempre.
Cuando murió Dante en 1321, Jacobo y su hermano Pietro estaban desesperados, no solamente por la pérdida de su padre sino también por el manuscrito incompleto de la Comedia que había dejado. Los dos registraron la casa de arriba abajo y revolvieron todos sus papeles, pero los escritos que faltaban del viejo Dante no fueron encontrados.
Sumido en su dolor, Jacobo tuvo un sueño. Su padre entró en su habitación, ataviado con resplandecientes vestiduras blancas. Cuando Jacobo le preguntó si había terminado su obra maestra, Dante asintió con la cabeza y señaló el lugar donde se encontraban los fragmentos que faltaban.
Con un abogado amigo de su padre como testigo, Jacobo entró en las habitaciones de Dante. Detrás de una pequeña pantalla fija en la pared, encontraron una ventanita. Ésta daba a una camarilla en la que estaban las últimas páginas del poeta, cubiertas de moho. La Divina Comedia volvía a estar completa, gracias al sueño de un hijo fiel.
lgunas premoniciones resultan ciertas, y otras, no, por muy reales y terribles que sean los sucesos que describen. Consideremos, por ejemplo, el caso del dieciseisavo presidente de los Estados Unidos,
Abraham Lincoln, que previó su propio asesinato en un sueño.
Lincoln contó su aviso nocturno a un intimo amigo, Ward Hill
Lamon, que dejó un relato escrito para la posteridad. En su sueño, le había dicho Lincoln, «parecía reinar un silencio de muerte a mi alrededor. Entonces oí unos sollozos contenidos, como si varias personas estuviesen llorando. Soñé que saltaba de la cama y paseaba por la planta
baja».
«No había una persona viva a la vista, pero escuché los mismos sonidos de dolor al seguir adelante. Continuaron hasta que llegué al Salón del Este y allí me encontré con una deprimente
sorpresa».
«Ante mí había un catafalso, en el que descansaba un cadáver amortajado. Lo rodeaban soldados que montaban la guardia. "¿Quién ha muerto en la Casa Blanca?", pregunté a uno de los soldados. "El presidente -fue su