rente a la costa de Nueva Escocia se encuentra
Oak Island, una isla pequeña y de forma irregular. Pero sus pequeñas dimensiones no guardan relación con el asombroso enigma que yace oculto debajo de la engañosamente inocente superficie. Circulan rumores sobre un fabuloso tesoro de piratas, de valor casi incalculable. Hallazgos realizados durante las exploraciones indican una posible tragedia y una verdadera hazaña de ingeniería por parte de quien escondió el tesoro dando pruebas de un ingenio casi sobrenatural.
Todavía no se sabe cuál será la solución definitiva, pues, durante casi doscientos años, Oak Island ha frustrado todos los intentos de arrancarle su secreto. Los primeros en probar fueron
Daniel McGinnis, de dieciséis años, y dos compañeros, que remaron hasta allí, desde la tierra firme canadiense y a través de la bahía de Mahone, en 1795. En un claro del boscoso extremo oriental de la isla, descubrieron el aparejo de un viejo barco, colgado de un único árbol sobre una depresión rellenada. Intrigados, empezaron a cavar y descubrieron la boca de un pozo circular de cuatro metros de diámetro. A una profundidad de tres metros, encontraron los muchachos la primera y gruesa plataforma de madera de roble. A seis metros, encontraron otra, y a nueve metros, una tercera.
La excavación de la dura tierra agotó física y espiritualmente
a los jóvenes buscadores de tesoros. Pero habría otros que ocupasen su sitio. El trabajo se reanudó en 1804, financiado por
Simeon Lynds, acomodado vecino de Nueva Escocia. Los excavadores de Lynds encontraron otras cinco plataformas de roble, a intervalos de tres metros de profundidad, tres de las cuales habían sido cerradas con masilla y una capa de fibras de coco. A treinta metros, encontraron la que fue llamada «piedra
clave», en la que aparecían inscritos unos símbolos enigmáticos que alguien interpretó como «tres metros más abajo, hay enterrados 10 millones de
dólares». La cantidad sería enormemente mayor en dólares actuales.
A unos tres metros por debajo de la piedra clave, la palanca de un minero chocó con algo sólido, que se creyó que
sería un cofre del tesoro. Los hombres de Lynds dieron por terminada la jornada. A la mañana siguiente, el pozo se había llenado de agua hasta una profundidad de veinte metros.
El Pozo del Dinero hizo quebrar a Lynds, como a todas las expediciones parecidas que le siguieron. Con los años, se han sacado del pozo indicios tentadores suficientes, como trozos de cadenas de oro e indicaciones de cámaras conteniendo cofres de madera, para que sigan volviendo allí los buscadores de tesoros.
El misterio de lo que contiene el Pozo del Dinero aumentó cuando se descubrieron dos canales a niveles de 35 y 50 metros. Llenos de fibras de coco, ambos conducían a las playas de la isla, donde parece que servían como esponjas, absorbiendo agua del mar para llenar con ella continuamente el pozo. Las fibras de coco parecen indicar que el tesoro oculto procedía del sur del
Pacífico.
Los buscadores de tesoros continúan vertiendo dinero en el frustratorio pozo, jugándose la vida de pasada.
Daniel Blankenship, ex contratista de Miami, dirige las excavaciones de Oak Island para «Triton Alliance Ltd.», consorcio de cuarenta y ocho miembros de ricos canadienses y estadounidenses. Blankenship estaba una vez dentro del pozo cuando empezaron a ceder, a dieciocho metros por encima de su cabeza, los encofrados de acero que sostenían los lados. Los trabajadores le sacaron del pozo sólo segundos antes de que éste se hundiese.
Como ya había invertido 3 millones de dólares en la empresa, Blankenship y Triton juraron seguir adelante. Ahora, según
David Tobias, presidente de Triton, la obra es «con toda probabilidad, la excavación arqueológica más honda y más cara que jamás se haya hecho en
Norteamérica.». El nuevo plan exige la construcción de un enorme pozo de acero y hormigón, de veinte a veinticinco metros de anchura y setenta de profundidad, que revelará, de una vez para siempre, lo que hay en el fondo del Pozo del Dinero. ¿Coste calculado? Diez millones de dólares.
dward
Pearson, que se autodefinía como «profeta en paro», de Gales, se despertó una mañana, a finales de noviembre de 1974, con una horrible premonición. Sabía que, en las Islas Británicas, los terremotos eran tan comunes como la nieve en julio. Pero, incluso así, Pearson tuvo la impresión de que la ciudad escocesa de Glasgow quedaría pronto arruinada por un temblor importante.
Al no encontrar la menor alternativa, creyó que debía prevenir a los ciudadanos de Glasgow del inminente seísmo. Aunque carecía de los fondos necesarios para viajar a Glasgow, el galés subió a un tren, en Iverness, sin billete, el 4 de diciembre, seguro de que la importancia de su visita convencería al inspector de ferrocarriles para que hiciese con él una excepción.
Por desgracia para Pearson, las autoridades del tren no se mostraron tan comprensivas como había esperado y se le denegó seguir el viaje. Se hizo un informe del relato, al día siguiente, en el
Courier and Advertiser, de Dundee, Escocia, con cierta prevención. Sin embargo, tres semanas después cuando un terremoto afectó a Glasgow, destruyendo numerosos edificios de la ciudad y su área circundante, los periodistas se percataron de que se habían burlado de una predicción de lo más exacta.
n los anales de las prendas legendariamente malditas, tal vez ninguna creó semejante furor y destrucción como la atribuida a un
quimono japonés de mediados del siglo XVII. Tres mujeres jóvenes que, sucesivamente, poseyeron la prenda, las tres murieron antes de tener ni siquiera una posibilidad de ponérselo. En la creencia de que el quimono era diabólico y la causa de las muertes de las muchachas, un sacerdote japonés declaró que debía ser quemado, en febrero de 1657. Pero cuando se echó el quimono al fuego, un súbito y violento viento comenzó a soplar y atizó las llamas, hasta que estuvieron fuera de control. El subsiguiente incendio destruyó las tres cuartas partes de Tokyo y mató a 100.000 personas.
n 1899, un rayo mató a un hombre cuando estaba en el jardín de atrás de su casa de Tarento, Italia. Treinta años más tarde, su hijo murió de la misma manera y en el mismo lugar. El 8 de octubre de 1949,
Rolla Primarda, nieto de la primera víctima e hijo de la segunda, fue la tercera.
Igualmente extraño fue el destino de un oficial británico, comandante
Summerford, que, mientras luchaba en los campos de Flandes, en febrero de 1918, fue derribado de su caballo por un rayo y paralizado de cintura para
abajo.
Summerford se retiró y se trasladó a Vancouver. Un día de 1924, mientras estaba pescando en un río, cayó un rayo en el árbol al pie del cual estaba sentado y paralizó su lado derecho.
Dos años más tarde, Summerford se había recobrado lo bastante para dar paseos en un parque local. Un día de verano de 1930, estaba paseando por allí, siendo alcanzado por un rayo que le paralizó de modo permanente. Murió dos años más tarde.
Pero el rayo le buscó una vez más. Cuatro años después, durante una tormenta, cayó un rayo en un cementerio y destruyó la lápida de una tumba. Era la del comandante
Summerford.
a guerra no solamente pone a prueba el alma, sino también los sentidos. ¿Quién sabe lo que puede ocurrir al estallar un conflicto? Tal vez un mundo puede abrirse y tragarse otro, como parece que ocurrió con todo un regimiento británico durante la campaña turca de la Primera Guerra Mundial.
Era el 28 de agosto de 1915. Los turcos ocupaban un terreno elevado cerca de la bahía de Sulva, y la lucha entre ellos y las fuerzas atacantes británicas, neozelandesas y australianas, era encarnizada, con numerosas bajas por ambos bandos.
El tiempo era claro y soleado aquella mañana, salvo por seis u ocho nubes en forma de hogazas de pan que rodeaban un montículo conocido como
Cota 60, desde el cual hacían las fuerzas turcas un fuego devastador. Curiosamente, las extrañas nubes no se movían, a pesar de que un viento de ocho kilómetros por hora soplaba del sur.
El Regimiento de Norfolk recibió el peligroso encargo de atacar la posición turca. Avanzaron directamente hacia una de las nubes suspendidas sobre un torrente seco,
Kaiajak Dere. Pasó
casi una hora antes de que la tropa de uno a cuatro mil hombres desapareciese dentro de la nube, según los zapadores neozelandeses apostados a 2.500 metros de distancia.
Entonces ocurrió algo increíble. La nube baja, que se dijo tenía 265 metros de longitud por 65 metros de anchura, se elevó lentamente en el cielo y desapareció en dirección a Bulgaria.
Con la nube desaparecieron los hombres de aquel Regimiento británico. Ninguna cruz señala actualmente sus tumbas. Si fueron aniquilados en combate, su destrucción fue más repentina y total que cualquier otra en la historia militar. Pero si fueron levantados con las nubes y llevados lejos de allí, como dijeron los zapadores neozelandeses, podrían estar en cualquier parte, tal vez incluso en un mundo sin guerras.
odos los colegiales aprenden a cantar
El reloj del abuelo, la maravillosa canción popular alemana sobre el reloj que «se paró, para siempre, cuando murió el viejo». Pero pocas personas saben que esta canción se funda en un fenómeno auténtico. Los relojes se paran a menudo cuando mueren sus dueños.
Varios de estos casos fueron registrados por el Laboratorio de Parapsicología de la
«Duke University», donde la doctora Louisa Rhine trabajó durante muchos años clasificando relatos de fenómenos psíquicos enviados por el público en general. Varios de estos casos se referían a misteriosas paradas de relojes. Por ejemplo, un caballero canadiense explicó a la doctora Rhine que había ayudado a su cuñada durante la última enfermedad de su hermano. Cuando murió el paciente, a las
6:25 de la mañana, telefoneó a la familia y al médico y ayudó después a preparar un sencillo desayuno para todos. El cadáver tenía que estar en la funeraria a las
9:30, por lo que tenían que observar cuidadosamente el tiempo. Cuando alguien preguntó qué hora era durante el desayuno, el testigo sacó un reloj de oro del bolsillo. Era un regalo de su hermano y se había parado en la hora exacta de su muerte.
«Llamé la atención de todos los reunidos alrededor de la mesa sobre el fenómeno -escribió el testigo-, y con el fin de demostrar que no había sido una casualidad, pedí a mi otro hermano que diese cuerda al reloj para asegurarnos de que no la había agotado. Había gastado un cuarto de la cuerda.»
unque se considera al cerebro nuestro órgano más delicado, existen numerosos casos registrados de heridas en el cerebro que, de modo misterioso, no han tenido efectos adversos sobre el paciente. Uno de tales incidentes implicó a una joven trabajadora de un molino que, en 1879, fue golpeada encima del ojo derecho por el
pernio de una máquina. El impacto introdujo fragmentos óseos 10 cm dentro del cerebro de la mujer, destruyendo en el proceso fragmentos de masa cerebral. Además, la operación quirúrgica que se le practicó aún causó más daño físico al órgano. Sin embargo, la mujer se recuperó por completo y no sufrió ni siquiera un dolor de cabeza durante los siguientes 42 años de su vida.
No obstante, el cerebro de Phineas Gage fue tal vez uno de los más notablemente resistentes de todos los tiempos. Capataz de ferrocarriles a los 25 años, Gage estaba introduciendo material explosivo en un agujero, el 13 de
septiembre de 1847, empleando una vara metálica con una punta aguzada en un extremo. Cuando la barra chocó con una roca, originó una chispa y, en la explosión subsiguiente, la vara penetró en el pómulo de Gage con la velocidad de una bala. Tras casi sacar de su cuenca uno de sus ojos, la barra penetró directamente en el cráneo del hombre, sobresaliendo unos 40 cm por la parte superior de la cabeza.
De modo sorprendente, Gage no perdió la conciencia mientras le transportaban a un hotel desde el que podían llamar a un médico. A su llegada, Gage se levantó y entró por su propio pie en el edificio. El médico recurrió a un cirujano que extrajo la barra, con lo que salieron también trozos de hueso y de cerebro. Aunque ningún médico tenía esperanzas de que Gage pudiera vivir, éste asombró a todas las autoridades médicas que le examinaron. Se recuperó lo suficiente de una forma milagrosa y sólo perdió la visión de su
ojo izquierdo.
uando el médico
Georges Macris, de Palmer, Alaska, había salido a comprar una langosta, un plato de pescado local favorito, para servirla en una cena que iban a celebrar, topó con una belleza monstruosa en el tanque de agua de su tienda. Macris, que durante un tiempo fue submarinista y pescador de langostas, nunca había visto antes nada igual; tenía más de un metro de longitud y sus pinzas «eran del tamaño de guantes de catcher de
béisbol». Y Macris, que también era aficionado a la biología, sabía que se trataba de un espécimen genéticamente perfecto, un artrópodo de una edad de noventa años. Sabía también que el destino de una langosta de aquel tamaño debía cambiar. Así que compró la vieja langosta para salvarla de ser cocida hasta la muerte.
A continuación, Macris compró un billete de avión sólo de ida a Maine, donde las leyes estatales prohiben la captura de langostas de un tamaño mayor del que suele por lo general encontrarse. Luego empaquetó su monstruosa carga, a la que bautizó como
Monstruo Mike, entre hielo y paños impregnados con agua salada, y se dirigió al aeropuerto entre una lluvia helada. Aunque Monstruo Mike perdió más tarde el vuelo de enlace en Chicago, llegó a Portland, Maine, veinticuatro horas después de haber salido de Alaska y fue recogida por el teniente de patrullas de la Armada,
Joseph Fessenden. Al día siguiente, Fessenden tiró la langosta al mar, más allá de la bocana del puerto de Portland, donde ha estado desde entonces, disfrutando de su protegida avanzada edad.
l último
tigre de Tasmania, también llamado lobo de Tasmania, o
Tilacino, que se conoció con vida fue capturado en Tasmania en 1933 y murió en un zoo en 1936. Pese a que su extinción en Australia se creía se remontaba a mil años atrás, el animal ha sido visto, según algunos informes, varias veces durante los últimos 55 años. En los años ochenta, el Gobierno de Australia contrató a un experimentado rastreador de aborígenes australiano,
Kevin Cameron, para investigar acerca de dichos informes.
En el pasado también se emprendieron numerosas búsquedas, pero nunca se hallaron pruebas de su existencia. Y a pesar de que el mismo Cameron más tarde informó a las autoridades haber visto cuatro tigres de Tasmania, por separado, en el denso bosque, todos presentando ese andar ondulatorio que les es característico, las autoridades mostraron su escepticismo.
De modo que Cameron volvió a por pruebas más concretas. Esta vez fotografió a un animal del tamaño de un perro, con rayas oscuras que atravesaban sus cuartos traseros, otra de sus características inconfundibles. También consiguió el molde de las huellas del tigre, en las cuales se distinguían claramente los cinco dedos de las patas delanteras y los cuatro de las traseras.
A pesar del aceptado conocimiento científico, algunos investigadores consideran auténticos los avistamientos de Cameron. Y
Athol Douglas, funcionario jubilado experimental, en el Museo de Australia Occidental, en Perth, estima que hay por lo menos seis ejemplares del tigre que viven en la actualidad en el bosque australiano.
egún creen muchos mongoles y tibetanos (y atestiguan numerosos monjes budistas que dicen haberlo visitado), un vasto continente subterráneo, llamado
Agartha, yace debajo del altiplano de Asia central. Desde dentro de los túneles de
Agartha, dice la profecía, surgirán un día el místico
Rey del Mundo y sus súbditos.
Pero antes del advenimiento del rey, alrededor del final del presente milenio, y según la doctrina budista, «los hombres descuidarán sus almas cada vez más. La más grande corrupción imperará en la Tierra. Los hombres se convertirán en animales sedientos de sangre, sedientos de la sangre de sus hermanos... Las coronas de los reyes caerán... Habrá una guerra terrible entre todos los pueblos de la Tierra..., morirán naciones enteras..., hambre..., crímenes no previstos por la ley..., antes inconcebibles para el mundo, serán cometidos».
Durante este periodo de anarquía, sigue diciendo la profecía, serán dispersadas las familias y las multitudes llenarán los caminos para huir, mientras «las más grandes y más hermosas ciudades del mundo... perecerán por el fuego».
«Dentro de cincuenta años, sólo habrá tres grandes naciones... y, dentro de los próximos cincuenta años, habrá dieciocho años de guerra y de cataclismos..., y entonces el pueblo de
Agartha saldrá de sus cavernas subterráneas y aparecerá en la superficie de la Tierra».