asi todos los misterios pueden clasificarse en categorías definidas, como la de los OVNIs, los monstruos lacustres, los Bigfoot, o los traviesos poltergeists. Sin embargo, en ocasiones, ocurre alguna cosa tan extraña y chocante que establece una nueva categoría propia. Éste parece ser el caso de la desaparición -y descubrimiento- de un
Learjet que se perdió sobre el desierto egipcio al sudoeste de El Cairo.
El reactor se presumió perdido el 11 de agosto de 1979, cuando salió de Atenas con destino a Yeddah, pero no llegó. Viajaban en él su propietario, el constructor de buques libanés
Alí El-din alBahri, el experto sueco en petróleo Peter
Seime, Theresa Drake y dos pilotos. El avión fue captado por varias pantallas de radar y se calculó que quedaba en sus depósitos carburante suficiente para cuatro horas de vuelo cuando los controladores de El Cairo perdieron contacto con él. No se oyó ninguna llamada de socorro.
Pero el Learjet nunca llegó a Yeddah. Las fuerzas aéreas egipcias y de
Arabia Saudí realizaron una minuciosa búsqueda a lo largo de la ruta prevista del avión, pero no descubrieron el menor resto del aparato. La familia de Al-Bahri gastó otro millón y medio de dólares contratando a buscadores privados que llegaron hasta Kenya. Y el
Learjet tampoco fue encontrado.
En cambio, en febrero de 1987, un equipo de arqueólogos tropezó con el avión perdido a 40 kilómetros al sudoeste de El Cairo. El fuselaje estaba intacto y no había señales de fuego, aunque una de las alas estaba a kilómetro y medio del lugar del accidente. Por lo visto, los beduinos habían encontrado el reactor un par de años antes y saqueado su interior.
A primera vista, no había restos humanos a bordo, pero una inspección más a fondo reveló unos huesos aplastados y casi pulverizados en el suelo del avión. El más grande de ellos dijo
Tom, padre de Theresa Drake, «no era mayor que un dedo pulgar.»
El profesor Michael Day, osteólogo del Saint Thomas Hospital de Londres, opinó que lo huesos hubiesen debido estar casi intactos. «En ocho años -dijo Day-, ciertamente no habrían empezado a desintegrarse. Ni siquiera los animales salvajes habrían
dejado unos fragmentos tan pequeños.»
e todas las historias que se han escrito sobre el mar, ninguna tan fantástica como la de
El Holandés Errante. La leyenda se funda en un bajel real capitaneado por un hábil pero jactancioso marinero
llamado Hendrik Vanderdecken, un hombre de las Indias Orientales Holandesas que zarpó de Amsterdam con rumbo a Batavia, a la sazón puerto de las Indias Orientales Holandesas, en 1680. Aunque encargado por una compañía comercial de gobernar un barco de la misma y traer un cargamento completo, Vanderdecken estaba seguro de que podría traer también bastantes mercancías propias para hacerse rico.
Cuando el barco de Vanderdecken fue sorprendido por una tormenta tropical, probó, según la leyenda, todas las maniobras que conocía para hacer que el barco continuase su ruta. Lo más seguro habría sido esperar a que pasase la tormenta, pero, incitado por el reto del diablo en un sueño, decidió prescindir de las advertencias del Señor y tratar de rodear el Cabo con su embarcación.
Ésta se hundió muy pronto, y murió toda la tripulación. Se dice que Vanderdecken fue castigado a gobernar su barco hasta el Día del Juicio Final.
Es una leyenda emocionante y romántica, pero muchos testigos juran que es algo más. En 1835, el capitán y la tripulación de un barco británico vieron un buque fantasma que se acercaba, en medio de una fuerte tormenta, con todas las velas desplegadas, y que desaparecía de pronto al acercarse peligrosamente. En 1881, marineros del barco británico
H.M.S. Bacchante, dijeron que un miembro de la tripulación cayó del aparejo y se mató el día después de que otro guardiamarina viese la fantástica visión.
Una visión más reciente y sumamente difundida del Holandés se dice que ocurrió en marzo de 1939, en Glencairn Beach, África del Sur. El día siguiente, un periódico publicó la noticia de que docenas de bañistas habían observado el barco, dando detalles de la visión y observando que el buque llevaba todas las velas desplegadas y se movía con regularidad, a pesar de que no soplaba la menor ráfaga de viento.
Algunos científicos explicaron la visión del grupo como un espejismo. Pero los testigos protestaron diciendo que era muy difícil que hubiesen visto un barco de vela del siglo XVII con tanto detalle, ya que la mayoría de ellos nunca había visto la reproducción de uno de aquellos barcos.
eorge
Veripoulos, sacerdote ortodoxo griego que vivía en Atenas, recibió una sorpresa en 1985, cuando se sentó a la mesa para comer un plato de
kefalaki, cabeza de cordero hervida. Se disponía a disfrutar con la comida que le había preparado su hermana, cuando advirtió algo extraño. En los dientes de abajo del cordero había oro.
El sacerdote llevó la cabeza a un joyero, el cual confirmó que había en los dientes oro por valor de unos 4.500 dólares. El sacerdote informó después de su extraño hallazgo a su cuñado
Nicos Kotsovos, el cual examinó inmediatamente el resto del rebaño, en total cuatrocientos corderos. Ninguno de ellos tenía unos dientes parecidos. Se consultó a un veterinario local, pero también éste quedó desconcertado por los dientes de oro. Por fin, incluso se comunicó el extraño caso al Ministerio de Agricultura griego. Un
portavoz veterinario del Ministerio dijo más tarde a los reporteros: «También hay oro en la mandíbula inferior. ¿Pueden ustedes explicarlo? Yo, no. Estoy completamente desconcertado.»
Todo el mundo estaba también desconcertado. Pero, en Atenas, los ganaderos locales empezaron a examinar con gran cuidado la boca de sus corderos.
veces la cosa misma, una joya fabulosa o un barco fatal, parece llevar consigo una perpetua maldición. Otras veces, un personaje público puede verse inexplicablemente relacionado con un objeto particular, provocando la intervención del destino.
Éste pudo ser el caso del «Porsche» en el que el joven y legendario
James Dean se estrelló y murió en 1955, poniendo un trágico fin a la que muchos consideraban la más brillante y prometedora carrera de Hollywood de todos los tiempos.
Fuera cual fuese su anterior historia, el «Porsche» pareció ser un objeto de mala suerte después de que muriese Dean detrás del volante. Después de la muerte de Dean,
George Barris, entusiasta de los automóviles, fue el primero en comprar el
«Porsche»; pero, al ser éste descargado del camión que lo transportaba, resbaló y fracturó una pierna del mecánico. Barris vendió el motor a un médico, corredor aficionado, que lo instaló en su coche. El coche se despistó durante una carrera y su dueño resultó muerto. Otro conductor sufrió lesiones en la misma carrera, al estrellarse su vehículo, que llevaba el eje de transmisión del
«Porsche» de Dean.
La carrocería y el chasis del «Porsche» habían quedado tan destrozados en el accidente de Dean que fueron exhibidos en una campaña de seguridad en carretera. En Sacramento, se desprendió de su soporte y rompió la cadera de un adolescente. Después era trasladado a su próximo destino en un camión remolque cuando éste fue embestido por detrás por otro coche. El conductor de éste salió despedido y fue atropellado y muerto por el maldito
«Porsche».
Otro corredor automovilista estuvo a punto de morir al usar dos neumáticos del fatal coche de Dean. Los dos neumáticos se reventaron al mismo tiempo. Mientras tanto, continuaron las desgracias en la gira de exhibición. En Oregón, falló el freno de emergencia y fue a chocar contra el escaparate de una tienda. Mientras lo montaban en unos soportes en Nueva Orleáns, se desintegró literalmente, rompiéndose en once pedazos.
El coche deportivo y la inherente maldición de Dean- desapareció cuando era transportado de nuevo a Los Ángeles en tren.
ientras navegaba por las aguas del este de las Azores, en diciembre de 1872, la tripulación del
Dei Gratia avistó a un bergantín que se agitaba en el océano a media vela. Acercándose para investigar, identificaron que se trataba del
Mary Celeste, cuyo capitán era amigo íntimo del capitán del Dei Gratia, David Morehouse. El barco estaba vacío, tras haber sido abandonado a toda prisa. Su capitán,
Benjamin Briggs, su esposa, Sarah, su hija de dos años y la tripulación habían desaparecido, aunque el cargamento parecía encontrarse en orden. Desde que se halló al
Mary Celeste, el caso fue presa de la leyenda y de los rumores, puesto que nadie fue jamás capaz de determinar lo que en realidad sucedió.
Las últimas notas del capitán, escritas en una pizarra, pero no entradas en el Diario de a bordo, indicaban que el 25 de noviembre el navío se encontraba a 370 millas náuticas al oeste de donde se le encontró. No había nada en el Diario de navegación que arrojara
la menor luz sobre el destino de la familia Briggs y de la tripulación. El fiscal general de Gibraltar propuso al principio que la tripulación había abierto los barriles de alcohol comercial, se habrían emborrachado, matado a la familia Briggs y luego escapado en la lancha de salvamento. Pero esto resultaba improbable porque el alcohol del buque hubiera matado a todo aquel que lo bebiese. Sin embargo, otros sugirieron que el capitán había detectado un escape en el cargamento inflamable y abandonado a toda prisa la nave. O tal vez Briggs hubiese ordenado el abandono a causa de una tromba marina, un fenómeno que origina un cambio en la presión atmosférica que puede reventar las escotillas y forzar el agua de la sentina a penetrar en el barco, con el consiguiente hundimiento del buque.
Lo que sucedió a los pasajeros y a la tripulación del Mary Celeste continúa siendo un misterio náutico.
homas McGean era un matón local que, en 1871, se vio acusado de disparar y matar a un hombre en una riña tabernaria. Su abogado defensor,
Clement Vallandigham, alegó que la víctima se había disparado contra sí misma cuando intentaba sacar su arma del bolsillo al tratar de levantarse mientras se encontraba en posición arrodillada. Una noche, Vallandigham se reunió con otros compañeros abogados defensores y demostró cómo habían ocurrido los hechos.
Antes, el abogado había metido dos pistolas en un escritorio, una descargada y otra cargada. Tras elegir por error la cargada, Vallandigham se la introdujo en el bolsillo del pantalón y la amartilló. Representó toda la escena como imaginaba que había sucedido. Pero al apretar el gatillo, se disparó contra sí mismo, exactamente como argumentaba que lo había hecho el hombre muerto. Vallandigham falleció doce horas después. Esta convincente reconstrucción de los hechos tuvo por resultado la correspondiente absolución de McGean.
l fotógrafo
Anthony Wooldridge se hallaba en una misión en el Himalaya, por cuenta de la publicación británica
Wildlife, cuando localizó un animal muy grande y peludo entre las nevadas pendientes. Naturalmente, Wooldridge había oído las leyendas acerca del
yeti, el Abominable Hombre de las Nieves, que se afirma que vive en esta región montañosa. Sin embargo, constituyó una revelación para el fotógrafo el ver realmente a una criatura que sólo podía ser una bestia mitológica.
La criatura tenía una talla de, por lo menos, 1,80 m, cuenta Wooldridge, y «su cabeza era grande y todo el cuerpo parecía estar cubierto de pelo oscuro». Agradecido ante aquella oportunidad que sólo se presenta una vez en la vida, Wooldridge tomó varias fotos del yeti, antes de que se desvaneciese en las elevadas regiones himalayas.
Naturalmente, antes de que BBC Wildlife publicase las fotografías, los editores las sometieron a un profundo escrutinio por parte de dos expertos en yetis. Ambos hombres se mostraron de acuerdo en que la criatura era algo fuera de lo corriente, aunque diferían en sus opiniones acerca de qué era en realidad. En opinión de
Robert Martin, del University College de Londres, la figura pudiera haber sido un «gran primate, aún sin documentar por parte de los zoólogos». Pero
John Napier, experto en anatomía, y notorio escéptico, dejó perplejos a los editores al afirmar que estaba convencido de que aquella criatura de la foto era definitivamente humanoide, sin ser ni un oso ni un hombre.
a exhibición de deambuladores sobre fuego en el palacio de verano, en Maisur, una ciudad del sur de la India, no era una ceremonia religiosa, según le explicó el maharajá a monseñor
Despartures. Simplemente, se trataba de un espectáculo que el obispo de la Iglesia católica romana podría disfrutar. Además, el obispo llegó lo suficientemente temprano para observar los preparativos así como el acontecimiento en sí. Observó cómo cavaban una trinchera de diez metros de longitud, con una anchura de dos metros y una profundidad de 30 cm y vio cómo prendían fuego al pozo, que despedía tanto calor que los espectadores tuvieron que sentarse, por lo menos, a ocho metros de distancia.
Cuando todo estuvo preparado, el musulmán del norte de la India que había preparado el espectáculo se quedó de pie al borde de la trinchera, pero sin meterse en ella y llamó a uno de los criados de palacio, ordenándole que se introdujera en el llameante
pozo.
Cuando el criado se negó a obedecer, el musulmán le forzó a meterse en el fuego. Mientras los espectadores miraban llenos de asombro, la expresión de horror del sirviente se convirtió con rapidez en otra de aliviada sorpresa. Aunque tenía las piernas y los pies sin protección, el hombre no estaba siendo quemado. Al ver que su colega seguía ileso, otros criados curiosos, uno a uno, se precipitaron en las llamas. Muy pronto, diez de ellos retozaban entre las ascuas, todos al parecer por completo inmunes al calor.
Los criados fueron seguidos en el fuego por la banda del maharajá.
-Las llamas que se alzaban hasta lamer sus rostros, rodearon diferentes partes de los instrumentos que llevaban, y sólo oscilaron en torno de las partituras musicales, sin quemar ninguna de ellas -informó más tarde el obispo.
Al final del espectáculo, unas doscientas personas, incluyendo a dos ingleses de visita, se habían metido en la trinchera, saliendo incólumes de ella. Sin embargo, cuando el maharajá se levantó para dar por concluido el número, el musulmán se cayó de repente al suelo, retorciéndose presa de terribles dolores. Suplicó que le diesen agua y se la bebió con ansia. Momentos después, había regresado a la normalidad. Un brahmán que se encontraba cerca de monseñor Despartures ofreció la única explicación para el increíble espectáculo, al decir:
espués del viejo y anticuado Monopolio, el tablero
Ouija es probablemente uno de los juegos más populares del mundo. Aunque muchas personas no se toman en serio el tablero, hay quien afirma que, a veces, lleva a un contacto auténtico con el más allá.
Hester Travers-Smith era un médium británico experto en trabajar con el tablero. Uno de sus casos más famosos fue un incidente que compartió con
Geraldine Cummins, irlandesa y también dotada médium. Estaban trabajando en Londres con el tablero, durante los terribles años de la Primera Guerra Mundial, cuando un primo de Cummins, recientemente muerto en Francia, tomó el control del tablero. Deletreó su nombre y después escribió: «¿Sabéis quién soy?»
El comunicante escribió después el siguiente mensaje: «Decidle a mi madre que dé mi alfiler de corbata con una perla a la muchacha con quien pretendía casarme. Creo que debe tenerlo
ella.». Después deletreó el nombre completo de la madre, totalmente desconocido por los médiums. También expresó la dirección de la dama en Londres, pero, cuando los médiums le escribieron les fue devuelta la carta. Como la dirección debía estar equivocada a era falsa, los médiums perdieron interés en el asunto.
Sin embargo, seis meses más tarde, Cummins se enteró de que una prima suya había estado prometida en secreto, y cuando el
War Office envió los efectos del joven a Inglaterra, la familia se encontró con que la aguja de corbata con una perla era mencionada en un testamento que él había redactado estando en Francia. En él se encargaba a la familia que enviase la aguja de corbata a su prometida, si no regresaba.
n 1941,
A. A. Vial, de Greytown, Natal, Sudáfrica, horneó 150 bizcochos para las tropas que combatían en Europa. Una vez hubo acabado, se percató de que le había desaparecido de su dedo el anillo de boda, y llegó a la conclusión de que se habría deslizado en uno de los pasteles. Para evitar estropear los 150 bizcochos al buscarlo, los envió al Ejército con una nota en cada uno, rogando que le devolviesen el anillo si lo encontraban. Pero el que lo descubrió fue su propio hijo, que, por una extraordinaria casualidad, recibió uno de los pastelillos y encontró en él el anillo de su madre.