urante la mayor parte de su vida,
Luis XVI de Francia no realizaba cosas importantes el día 21 de cada mes, y todo ello porque un astrólogo le previno de niño de que tuviese cuidado con esa fecha. Pero para el rey no siempre fue posible evitar todos los acontecimientos, pues algunos estuvieron a veces fuera de su control. El 21 de junio de 1791, Luis y la reina
María Antonieta fueron arrestados mientras trataban de escapar del país durante la Revolución francesa. Al año siguiente, el 21 de
septiembre la institución de la realeza fue abolida en Francia y el 21 de enero de 1793, Luis XVI fue ejecutado.
ue una locura en los años sesenta:
habla a tus plantas y ayúdalas a crecer. Ahora parece que había un método en aquella
locura. Pruebas científicas recogidas por Bernard Grad, morfólogo de la
«McHill University», demuestran que algunas personas pueden emplear la fuerza psíquica para contribuir al crecimiento de las plantas.
Para realizar su experimento, Grad sembró cebada en varias parcelas separadas, donde fueron regadas con una solución salina para favorecer su crecimiento. El truco estaba en que algunas de las regaderas que contenían la solución eran «tratadas» por el médium de origen húngaro
Oskar Stebany, que les infundía su energía curativa. Inútil decir que la tierra regada con la solución especialmente tratada dio mejores cosechas que la que había recibido la simple solución salina.
Grad repitió pronto el experimento, pero esta vez empleó como sanadores dos pacientes mentales que padecían depresión. Quería ver si el estado de ánimo de una persona podía influir en el crecimiento de las plantas. Ordenó a los pacientes que sostuviesen las regaderas antes de ser vertida el agua en las plantas. Se comparó la cosecha de las parcelas regadas de esta suerte con la de las regadas por un ayudante de laboratorio que había participado en los primeros trabajos de Stebany. Los resultados coincidieron parcialmente con los de la prueba anterior. Las plantas del auxiliar de laboratorio crecieron mejor que las de uno de los pacientes mentales. El doctor Grad se sintió confuso por los resultados, hasta que descubrió que el hecho de participar en el experimento había excitado hasta tal punto al paciente que había salido de su depresión.
amuel Leffers se despertó una mañana, en el verano de 1806, con un desacostumbrado entumecimiento de su costado izquierdo.
Al principio no se alarmó, dando por supuesto que había permanecido tumbado durante mucho tiempo sobre el mismo lado. Sin embargo, pronto se percató de que también tenía dificultades para hablar y que no podía cerrar el ojo izquierdo. Aunque su estado mejoró algo, la dolencia pareció centrarse en su ojo, que se le quedó abierto de modo permanente.
Avanzado el verano, según un comunicado al American Journal of
Science, Leffers fue afectado por otra desgracia, o por lo menos así lo creyó, cuando fue alcanzado por un rayo, que le dejó inconsciente. Sin embargo, cuando volvió en sí, también había recuperado el movimiento de sus miembros. Al día siguiente, notó que su visión había mejorado y que ya podía mover el párpado. Sólo le quedó una secuela: la descarga eléctrica le dañó el sentido del oído.
l hoy ya legendario hundimiento del buque de pasajeros
Andrea Doria constituyó un suceso a nivel mundial. Pero una de las historias menos conocidas asociadas con el desastre se refiere a una pintoresca reunión de compatriotas.
El Andrea Doria quedó destruido cuando un transatlántico sueco embistió contra uno de sus costados, penetrando en los camarotes de los pasajeros. En uno de esos camarotes, una muchacha noruega, sola y dominada por el pánico, empezó a gritar en su lengua vernácula.
Al hacerlo así, sucedió que uno de los miembros de la tripulación del transatlántico sueco escuchó los gritos de la chica en demanda de auxilio. Parecían provenir exactamente de la parte exterior de su propio camarote. Abriéndose paso a través del destrozado costado del buque, pudo llegar directamente al camarote de la joven, a bordo del
Andrea Doria, y sacarla de allí.
Los buques se habían abordado exactamente en la zona donde los dos escandinavos tenían sus camarotes.