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INDICE DE CONTENIDOS LETRA C

001   ¿Calzado de hace 280 millones de años?
002   ¿Control metapsíquico del tiempo?
003   ¿Cuánto tiempo sobrevivieron los dinosaurios?
004   Cabras que se desmayan
005   Caimanes caídos del cielo
006   Caníbales antiguos y modernos
007   Capturado por un fantasma
008   Cazando ladrones con percepción extrasensorial
009   Cerebros que dejan perpleja a la medicina 
010   Champ: El monstruo que vive en el lago Champlain 
011   Cinco ardientes días de enero
012   Cirugía canalizada
013   Ciudades sin nombre
014   Cocodrilos en los desagües
015   Cohetes fantasmas escandinavos
016   Coincidencia accidental
017   Coincidencia caníbal
018   Coincidencia en coches
019   Combustión en Navidad
020   Combustión humana espontánea
021   Combustión humana espontánea dentro de coches aparcados
022   Comida para caballos españoles
023   Continentes perdidos bajo dos océanos
024   Control metapsíquico de la mente
025   Convulsiones y cataclismos
026   Correspondencias cruzadas
027   Corriente psíquica
028   Crímenes de visión psíquica
029   Crucigrama de alto secreto
030   Cuando las galaxias chocan
031   Cuidado con el día 21
032   Cultivo psíquico de plantas
033   Cura a base de rayos
034   Curiosa reunión de compatriotas

nas misteriosas y espontáneas llamadas acosaron a la familia Williamson durante cinco días, en enero de 1932. En esos fríos días invernales en Blasdenboro, Carolina del Norte, sus ropas, así como los utensilios caseros entraban de repente en ignición sin una razón aparente. Ni la Policía, ni los funcionarios de la compañía del suministro eléctrico, ni los expertos en incendios intencionados se vieron capaces de determinar la causa u ofrecer una explicación lógica para el fenómeno.

En la primera ocasión, el vestido de la señora Williamson se vio envuelto en llamas. Poco después, la familia descubrió que los pantalones del señor Williamson se incendiaban mientras estaban colgados en el armario ropero. Luego una cama, cortinas y otros enseres fueron envueltos en llamas. En cada ocasión, se produjeron unas llamas azuladas, como en chorro, sin ir acompañadas de ninguna clase de humo o de olor. Y lo que era aún más extraño: ninguna otra cosa que se hallase cerca pareció nunca verse afectada.

acido en 1918, en el distrito de Belo Horizonte, Brasil, José Pedro de Freitas, conocido simplemente como Arigo, era hijo de granjeros que ascendió con rapidez entre las filas del sindicato de obreros metalúrgicos. A la edad de veinticinco años, fue elegido presidente del sindicato local, pero, tras una huelga en protesta por la peligrosidad de las condiciones de trabajo en las minas, fue despedido y tuvo que dedicarse a regentar un bar en la cercana Congonhas de Campo.

Durante la campaña electoral de 1950, uno de los candidatos, Lucio Bittencourt, firme soporte de los trabajadores del metal, acudió a Congonhas para encontrarse con sus votantes. Mientras estaba allí, conoció a Arigo y quedó tan impresionado por el desapasionado discurso de aquel hombre a favor de los metalúrgicos, que invitó a Arigo a continuar sus conversaciones en el «Hotel Financial», donde se alojaba Bittencourt.

Por la noche, Bittencourt se encontró a Arigo, con los ojos vidriosos, de pie junto a él y empuñando una navaja de afeitar. Hablando en un atípico acento alemán, Arigo dijo al aturdido candidato que necesitaba una operación quirúrgica, que el mismo Arigo iba a realizarla. Bittencourt quedó tan conmocionado que se desmayó. Al volver a la conciencia, se percató de que aún seguía vivo, Bittencourt vio que se hallaba cubierto de sangre. Percibió un malestar en la parte de atrás del costillar, donde le sorprendió ver una incisión perfecta y limpia. Tras vestirse a toda prisa, se enfrentó a Arigo, que no recordaba nada de la experiencia pasada.

Sin saberlo Arigo, Bittencourt sufría un cáncer de pulmón, pero, al visitar a su médico al día siguiente, los rayos X mostraron que el tumor, en realidad, había desaparecido. Cuando Bittencourt explicó lo sucedido, su médico quedó asombrado: el procedimiento seguido por Arigo no se había realizado nunca en Brasil y, por lo general, era desconocido por los médicos locales.

No pasó mucho tiempo antes de que Arigo se viese asediado por personas enfermas de todo el país, en busca de su milagrosa atención. Muy cerca de ellos, llegaron los periodistas y los psíquicos para determinar la fuente de los poderes de Arigo. Durante los siguientes seis años, Arigo llegó a tratar hasta a 300 pacientes al día, incluso practicando cirugía sin bisturí, mientras se hallaba al parecer en trance, y no tenía, a continuación, el más mínimo recuerdo de sus proezas.

Según el reluctante sanador, había tenido pesadillas y visiones desde que era chiquillo. Al principio, consistían en una luz deslumbrante y una voz que le hablaba en un idioma desconocido para Arigo. A medida que los episodios aumentaban en frecuencia, asimismo lo hicieron en intensidad, dejando a Arigo con unos penosos y prolongados dolores de cabeza. Pero también se hicieron más claros. Pudo entonces distinguir una brillantemente iluminada sala de operaciones, donde un hombre bajo, recio y calvo, vestido con atuendo de quirófano, se dirigía a un grupo de colegas y en el mismo extraño idioma que Arigo había estado escuchando durante todo el tiempo. Llegado el momento, el médico reveló su identidad y su propósito: era el doctor Adolpho Fritz, le explicó a Arigo, y había elegido Brasil para llevar a cabo su plan de curación, dada su naturaleza compasiva.

Arigo empezaba cada uno de sus tratamientos pronunciando el padrenuestro, durante el cual entraba en otro estado de conciencia, que describió como «un estado que yo no comprendía». Mientras se hallaba en trance, realizaba las operaciones quirúrgicas y prescribía recetas, con todo lo cual consiguió un éxito fenomenal.

Consciente de que la comunidad médica, así como la Iglesia católica, se hallaban molestas ante aquella cirugía canalizada, un sacerdote local aconsejó a Arigo que cesase en sus prácticas. Pero Arigo se negó, insistiendo en que era, simplemente, el intermediario entre el pueblo y el espíritu del doctor Frizt. Luego, en 1956, Arigo fue acusado de «ejercicio ilegal de la medicina».

El juicio tuvo amplia resonancia pública y la opinión popular fue que el trabajo de Arigo era abrumador. El profesor J. Herculano escribió en un periódico brasileño que era «simplemente ridículo negar que el fenómeno de Arigo existiese. Especialistas médicos, periodistas famosos, intelectuales, prominentes estadistas, todos han sido testigos del fenómeno en Congonhas. No podemos de ninguna forma negar la realidad de sus hazañas». Sin embargo, a pesar de todas estas ayudas, Arigo fue condenado a una pena de cárcel, pero le concedieron la suspensión de la sentencia a cambio de que abandonase su práctica médica.

Algún tiempo después, Arigo reanudó subrepticiamente su cirugía mística, una tarea en realidad fácil puesto que las autoridades locales tendieron a mirar hacia otro lado en todo lo referente a Arigo.
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as selvas y desiertos de la Tierra contienen cierto número de ciudades «perdidas», perdidas a causa de que sus impresionantes ruinas dejan escasas sugestiones acerca de qué raza las construyó, y por qué fueron abandonadas. Sus ubicaciones, a menudo en desiertos, en el interior de los bosques o bajo el mar, son testimonio de pasados cataclismos, tanto de origen humano como natural. El tiempo las ha cubierto bajo un dosel de selva o enterrado bajo ingentes montículos de tierra.

La mayor parte de las ciudades perdidas de Europa, de Oriente Medio y del Sudeste asiático puede relacionarse con alguna cultura identificable. Las ruinas de Ankor Wat, en Camboya, las ciudades cubiertas por montículos de Babilonia, las ciudades hundidas del Mediterráneo, e incluso las ruinas de islas en el Pacífico, cabe identificarlas a causa de sus parecidos con otras culturas. Pero lo que en un tiempo fueron grandes ciudades como Mohenjo-daro y Harappa, en Pakistán, carecen de referencias indirectas en registros antiguos. Estas enormes metrópolis, que florecieron hace miles de años, una vez albergaron poblaciones de más de un millón de habitantes. Pero nadie sabe sus verdaderos nombres o qué raza las construyó. Todos los registros disponibles fueron escritos en lenguaje jeroglífico, que nadie ha sido aún capaz de leer. El único otro lugar en  que apareció este idioma es la isla de Pascua, una isla del Pacífico con estatuas colosales, casi exactamente el otro lado de la Tierra respecto de Mohenjo-daro y Harappa.

Alguna de las ciudades prehistóricas de Sudamérica resultan especialmente intrigantes a causa de su localización en lo alto de elevadas montañas, lo cual hace que nos maravillemos respecto de cómo aquellas enormes piedras, que pesan cientos de toneladas, pudieron transportarse y colocarse en su sitio con tanta exactitud. No sabemos cómo se denominaron originariamente aquellas ciudades, porque ya se hallaban abandonadas cuando llegaron los exploradores-conquistadores españoles. Los pueblos americanos, que primero recibieron bien a los españoles y más tarde los combatieron, dieron a las ruinas nombres diferentes, y cuando se les preguntaban acerca de ellas, respondían que eran los dioses quienes construyeron aquellas ciudades.

Existe una intrigante leyenda respecto de una ciudad perdida que se dice que existe aún en las selvas amazónicas. Se alega que esta ciudad contiene un gran tesoro, aún no enterrado, en ciertas versiones, y usada todavía por los habitantes de la ciudad. Se afirma que esos supervivientes han preservado su aislamiento al hallarse rodeados por tribus indias belicosas, en extremo inamistosas con los exploradores. Los habitantes de esta ciudad perdida se cuenta que son de raza blanca, y se informa de que aún se hallan en posesión de una cultura avanzada y de numerosos equipos de civilización, entre los que se incluyen medios de iluminación, no eléctricos, sino una constante y reluciente luz que no es de fuego.

Los portugueses y otros exploradores han tratado de localizar, desde el siglo XVII, esta misteriosa ciudad. Una primera expedición, al mando de un tal Francisco Raposo, ascendió por un precipicio encima de la selva y llegó a un altiplano. Vieron una gran ciudad a unos 6 km de distancia. Cuando se aproximaron a la misma, encontraron que, al parecer, había sido abandonada pero que sólo se hallaba en parte en ruinas y que aún estaban en pie cierto número de grandes edificaciones de piedra. Había calles, plazas, murallas, arcos y obeliscos ornamentados con lo que parecían ser escrituras. Estatuas, tallas y el estilo de la arquitectura resultaban superiores a las de otras ciudades sudamericanas anteriores a la conquista. Pozos mineros, en las afueras de la ciudad, señalaron un elevado contenido de minas argentíferas. Mientras exploraban, Raposo y sus hombres vieron algunos «indios blancos en una canoa, vestidos con extraños atuendos». La expedición, temiendo un combate desigual, abandonó la zona. Otras expediciones intentaron sin éxito rastrear de nuevo la ruta, y una de ellas, con centenares de hombres, desapareció en la selva.

El coronel retirado Percy Fawcett, un oficial del Ejército británico, fue, indudablemente, el más porfiado entre los exploradores que continuaron la búsqueda. En períodos diferentes, entre 1906 y 1925, investigó y recopiló informaciones acerca de esta ciudad perdida cuando le pareció que se encontraba en las proximidades del río Xingú, un afluente del Amazonas, en Brasil. Creyó que constituía una parte de una civilización completa. Opinó asimismo que la ciudad perdida era el resto de una antigua y avanzada civilización, con su pueblo en la actualidad degenerado, pero que aún conservaba vestigios de un pasado olvidado.

Su dedicación a esta búsqueda concluyó en 1925, cuando él mismo desapareció en su postrera expedición. La última entrada de su Diario, encontrado más tarde, indicaba que creía encontrarse a dos semanas de viaje de la ciudad que tan intensamente había tratado de encontrar.

¿La encontró y decidió pasar allí el resto de su vida? ¿O fue asesinado por los indios que, en una ocasión, afirmó que la guardaban? La desaparición del coronel Fawcett constituye uno de los mayores misterios de la exploración. Sus propias palabras podrían constituir el más adecuado de los epitafios:

«¿Qué puede resultar más cautivador que penetrar en los secretos del pasado y arrojar luz sobre la historia de la misma civilización?»
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urante años han florecido historias acerca de caimanes en las alcantarillas de la ciudad de Nueva York, a pesar de la carencia de pruebas al respecto. Pero, en Cairns, Australia, a menudo deambulan por las cloacas cocodrilos de hasta metro y medio de longitud. Aunque los saurios raramente molestan a los residentes, por lo menos uno de ellos desarrolló el gusto por los humanos.

Una tarde, Leon Phillips, de veintiún años, andaba por la Calle Mayor de Cairns, cuando un robusto cocodrilo sacó la cabeza por la alcantarilla y agarró al joven por la pierna. Afortunadamente, Phillips pudo rechazar a patadas al cocodrilo con sus pesadas botas vaqueras y con ayuda además de un taxista que pasaba por allí.

Nadie está muy seguro acerca de cómo los cocodrilos llegan a entrar en el sistema de alcantarillado, aunque existen quienes sugieren que algunas personas pueden haber poseído uno o dos pequeños cocodrilos que crecieron hasta hacerse tan grandes que tuvieron que liberarlos en los desagües.

espués de la Segunda Guerra Mundial, antes de que empezase realmente la era moderna de la ufología, la gente, desde Noruega hasta Finlandia, se sintió aterrorizada por objetos fantásticos y parecidos a cohetes en el cielo.

Los primeros, vistos en el norte de Finlandia, cerca del circulo ártico el 26 de febrero de 1946, fueron inicialmente descritos como meteoros. Sin embargo, pronto se evidenció que la actividad meteórica difícilmente podía explicar los cientos de objetos que se veían durante el día y que eran diversamente comparados con una pelota de fútbol, un cigarro, una bala o un torpedo plateado.

En realidad, tales siluetas parecían más comparables a los cohetes «V-1» y «V-2» nazis que sembraron la muerte y la destrucción de Londres y otros objetivos de tiempo de guerra. Pero las bases alemanas de misiles dirigidos en el continente europeo no habían sido capturadas ni sometidas con bombardeos. Además, su alcance máximo era apenas de un cuarto del requerido para alcanzar el norte de Finlandia, de Noruega y de Suecia, donde proliferaban las noticias sobre el cohete fantasma. Aunque los soviéticos hubiesen capturado un contingente de «V-2» eficaces, como temían los suecos y otros, ¿por qué habían de malgastarlos sobre los países escandinavos, sin una razón aparente?

Lo que sabemos es que los propios escandinavos se tomaron en serio los cohetes fantasmas. Las primeras medidas contra la publicación de tales noticias, para no ayudar a «la potencia que hacía los experimentos», fueron tomadas primero por Suecia el 17 de julio de 1946. Noruega siguió su ejemplo dos días más tarde, y Dinamarca dictó prohibiciones similares el 16 de agosto. La censura sueca de las noticias se produjo después de un periodo de 24 horas, durante el cual 250 individuos de todo el país informaron sobre un objeto veloz, plateado y en forma de lágrima, a gran altura en el cielo. El día siguiente, las autoridades de Defensa nombraron un comité, compuesto de especialistas civiles y militares, para que estudiase el asunto. En total, se recogieron más de mil informes.

Mientras tanto, los cohetes fantasmas habían atraído la atención internacional. El 20 de agosto de 1946, un vicepresidente de la «RCA» y general retirado, David Sarnoff, aterrizó en el aeropuerto Bromma de Estocolmo. El mismo día, se reunieron con él Douglas Rader, ex coronel de la RAF, y el héroe de guerra americano James Doolittle. El 21 de agosto, el distinguido trío se reunió con el más alto jefe de la Fuerza Aérea de Suecia.

Lo que pasó allí sigue envuelto en el secreto. Doolittle, que sirvió en varias operaciones de información de los Estados Unidos después de la guerra, rehusó comentar en público la misión de Suecia. Se presume que Sarnoff informó directamente al presidente Truman, a su regreso en los Estados Unidos. También dijo a un grupo de expertos en electrónica que creía que los cohetes fantasmas eran reales y no imaginarios.

La Historia ha tendido a ignorar el significado de los misteriosos misiles escandinavos, porque nunca se les dio tanta publicidad como a los platillos volantes que aparecieron después. Muchas preguntas interesantes siguen sin respuesta. ¿Fueron los cohetes parte de un fenómeno fantástico que, de alguna manera, asume formas diferentes en respuesta a la angustia y a las preocupaciones de una cultura particular? ¿O mejoraron en gran manera los soviéticos, o alguna otra potencia a escondidas del resto del mundo, el alcance y el funcionamiento de las armas más adelantadas de la Alemania nazi? Y si éste es el caso, ¿podrían ser los mismos autores de los fantasmas los responsables de los OVNIS actuales?
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n una noche de junio de los años treinta, en El Paso, Texas, el patrullero de carreteras Allan Falby estaba persiguiendo a un camión que llevaba exceso de velocidad. Cuando el vehículo redujo la marcha y dobló por una curva, el coche de Falby se precipitó contra ella a toda velocidad. Su pierna empezó a sangrarle debido a una arteria seccionada y lo más probable hubiera sido que Falby muriese de no ser por Alfred Smith, un automovilista que pasaba por allí y se detuvo a auxiliarle. Smith aplicó un torniquete en la pierna del patrullero para hacer disminuir la pérdida de sangre hasta que llegase la ambulancia.

Cinco años después de este accidente casi mortal, Falby respondió por la radio del coche a una llamada que pedía auxilio para que se presentara en el lugar de la colisión de un coche. El automóvil había chocado frontalmente contra un árbol y el inconsciente conductor tenía cortada una arteria de la pierna. Recordando su entrenamiento en primeros auxilios, Falby le aplicó en seguida un torniquete, con lo cual salvó la vida de aquel hombre. Luego, tras una inspección más de cerca, se percató de que el conductor herido no era otro que Alfred Smith, el mismo hombre que le había salvado la vida cinco años atrás.
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os hechos imitan a menudo la ficción. Consideremos el extraño caso de los dos Richard Parker. El primero fue un grumete de la novela incompleta de Edgar Allan Poe, Aventuras de Arthur Gordon Pym, publicada en 1837. En el curó del relato, cuatro marineros escapan de un naufragio en un pequeño bote. A punto de morir de hambre, deciden echar a suertes quién será sacrificado y comido por los otros tres. Parker saca la paja más corta y es en seguida muerto y devorado por el trío superviviente.

Más de cuarenta años después, la historia sin terminar de Poe se repitió en todos sus tétricos y sorprendentemente exactos detalles. Cuatro supervivientes de un naufragio, a la deriva en un bote, echaron suertes sobre quiénes habrían de sobrevivir y quién seria comido. Y perdió Richard Parker, el grumete. Sus compañeros fueron juzgados por su asesinato en Inglaterra, en 1884.

Tal vez no se habría vuelto a hablar del macabro suceso, de no haber sido por un concurso del London Sunday Times sobre las coincidencias más notables. Nigel Parker, de doce años, ganó el concurso. El desgraciado grumete comido por sus compañeros habla sido primo de un bisabuelo de Nigel.
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uando Thomas Baker salió de un centro comercial en Sheboygan, Wisconsin, su primer pensamiento fue que le habían robado el coche. Pero, al cabo de unos momentos de búsqueda, vio que su «Concord» marrón de «American Motors» no se encontraba muy lejos de donde lo había aparcado originariamente. Abrió la puerta y se deslizó dentro, pero quedó desconcertado cuando su cuerpo de más de metro ochenta de estatura no se acomodaba de una forma confortable entre el asiento y el volante. Y cuando miró a su alrededor, se percató de la presencia de muchos objetos no familiares que no deberían encontrarse allí. Confundido, e inseguro respecto de qué más debía hacer, Baker llamó a la Policía.

Mientras Baker estaba más tarde explicando la intrigante situación al patrullero que respondió a su llamada, una pareja de ancianos se presentó en un «Concord» marrón, de 1978, idéntico. También ellos habían quedado confundidos cuando se percataron de que había varios objetos no familiares en el coche que habían creído que era el suyo. Una subsiguiente comprobación de las placas de matrícula demostró que Baker y el matrimonio de la tercera edad habían, en efecto, confundido sus coches.

Según «American Motors», la auténtica coincidencia radicaba en el hecho de que cada llave de sus propietarios abría la puerta del otro coche, lo cual constituye una posibilidad de que ocurra una vez de cada mil. Pero si se considera la presencia del mismo color y modelo, así como el hecho de que los coches estuviesen aparcados en el mismo lugar y a idéntica hora, las posibilidades alcanzan ya el diez mil por uno.

Sin embargo, en una derivación aún más pintoresca, Baker y el matrimonio de ancianos tenían el mismo apellido.
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n 1885, Patrick Rooney y su mujer invitaron a su hijo John y a su peón contratado, John Larson, para que compartieran con ellos la Nochebuena. Los cuatro estaban sentados alrededor de la mesa de la cocina, disfrutando del whisky que Patrick había comprado en la ciudad. Tras unos cuantos tragos de licor, el joven regresó a su propia granja situada a un kilómetro y medio de distancia, y Larson se retiró a su cuarto, dejando que los anfitriones terminasen la botella.

Larson se levantó antes de amanecer, aunque se trataba del día de Navidad, para realizar sus tareas de rutina. Pero cuando entró en la cocina, encontró a Patrick Rooney derribado en la silla donde se había hallado sentado la noche anterior. Estaba muerto. Y la señora Rooney no aparecía por ninguna parte. Medio atontado, Larson se fue a toda prisa a la granja de John. Cuando los dos hombres regresaron a la escena de la muerte, descubrieron un agujero de metro por metro y medio en el suelo. En el fondo se encontraban los restos de la señora Rooney, que pesaba unos 90 kg: un trozo quemado de cráneo, dos vértebras abrasadas y un pie en un montón de cenizas. Resultaba evidente que había ardido hasta la muerte, concluyeron ambos hombres. ¿Pero, por qué no se había quemado ninguna otra cosa en la cocina? ¿Y qué había matado a Patrick Rooney?

Cuando llegó la Policía y el forense, las sospechas rápidamente recayeron en Larson, pero no se pudo dictaminar ninguna acusación contra él. Descubrieron que la ceniza levantada había dejado un contorno de la cabeza de Larson en la almohada sobre la que obviamente se había dormido después de la juerga. El médico forense llegó a la conclusión de que la señora Rooney había sido víctima de una combustión humana espontánea. Su marido, según sospechó (y el jurado se mostró también de acuerdo), había muerto asfixiado a causa del humo liberado por el cuerpo ardiendo de su mujer.
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lgunos dicen que la cocina es la habitación más peligrosa de la casa. Pero el 8 de enero de 1985, Jacqueline Fitzsimons de diecisiete años, estudiante de cocina en el «Halton Technical College» de Widnes, Cheshire, Inglaterra, había salido de la cocina y estaba hablando con unos condiscípulos en el pasillo cuando de pronto estalló en llamas.

Ante todo, Jacqueline se quejó de una sensación de quemadura en la espalda mientras hablaba con una amiga, Karen Glenholmes. «De pronto, Jacqueline dijo que no se encontraba bien -explicó Karen-. Olimos a quemado y vimos que su camisa estaba ardiendo. Chilló pidiéndonos ayuda y dijo que se estaba quemando toda ella. Al cabo de un momento, incluso ardían sus cabellos.»

Miembros del personal y otros estudiantes que se hallaban en el pasillo arrancaron el delantal a Jacqueline y después golpearon la ropa encendida, esforzándose en apagar las llamas. Entonces fue llevada urgentemente al hospital, donde se puso de manifiesto la gravedad de las lesiones: se había quemado el dieciocho por ciento de su piel. Murió después de permanecer quince días en cuidados intensivos.

El oficial de prevención de incendios Bert Gilles, de Cheshire, confesó que estaba tan perplejo como el que más. «He interrogado a siete testigos oculares -dijo-. Hasta ahora, no hay una explicación clara del fuego, aunque la combustión espontánea es una posibilidad que debería ser estudiada..

En la subsiguiente investigación del forense, un jurado declaró que Jacqueline Fitzsimons había muerto de «accidente desgraciado», lo cual ciertamente era verdad.
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