os que dicen que ven ángeles son generalmente considerados unos chiflados. Pero es difícil tachar de tal al doctor
S. Ralph Harlow, respetable profesor de religión del «Smith College» de Massachusetts. Su encuentro con la clase angélica tuvo lugar mientras paseaba con su esposa por una cañada boscosa de Ballarvade, Massachusetts.
Harlow oyó primero unas voces calladas y después declaró: «Esta mañana tenemos compañía en el bosque.» No pudieron descubrir de dónde venían aquellos sonidos y prosiguieron su paseo. Las voces parecieron acercarse y, por último, sonaron precisamente encima de ellos. La perpleja pareja miró hacia arriba y vio algo increíble: «A unos tres metros encima de nosotros y ligeramente a nuestra izquierda, había un grupo flotante de espíritus, de ángeles, de gloriosas y hermosas criaturas que resplandecían con una belleza espiritual -dijo Harlow-. Nos detuvimos y miramos mientras pasaban por encima de nosotros.
«Eran seis hermosas jóvenes, llevando holgadas vestiduras blancas y sumidas en afanosa conversación. Si se dieron cuenta de nuestra existencia, no lo demostraron. Veíamos con perfecta claridad sus caras, y una mujer, un poco mayor que las demás, era especialmente hermosa. Sus cabellos negros estaban recogidos en lo que hoy llamaríamos cola de caballo y, aunque no estoy seguro, parecían sujetos detrás de su cabeza. Estaba hablando seriamente a un espíritu más joven que nos daba la espalda y que parecía mirar a la cara de la mujer que hablaba.»
Ni el doctor Harlow ni su esposa pudieron descifrar lo que decían aquellos seres, pero ambos afirmaron que vieron y oyeron claramente a los bellos fantasmas. Observaron pasmados y excitados cómo pasaban los «ángeles». El doctor Harlow, que es muy buen observador, pidió después a su esposa que le contase exactamente lo que había visto. Su descripción del encuentro coincidió con la de él.
n 1851, los obreros estaban perforando unas sólidas rocas en Dorchester, Massachusetts, cuando realizaron un curioso descubrimiento: una vasija de 12 cm, partida por la mitad a causa de la fuerza de la explosión. Sin embargo, lo más fuera de lo corriente en aquel objeto era que estaba hecho con un material desconocido, artísticamente decorado con motivos florales de plata. El director de
Scientific American que escribía en un tiempo en que el estudio de la Biblia era de lo más popular, lanzó la posibilidad de que la vasija la hubiese torneado
Tubalcaín, el padre bíblico de la metalurgia.
urante los años 1860, incluso el presidente
Abraham Lincoln se sintió atraído por el espiritismo, que, por entonces, se hallaba en la cúspide de su moda. En una sesión en casa de la señora
Laurie y de su hija la señora Miller, Lincoln observó cómo la señora Miller, durante un trance, hacía que un piano diese fuertes golpes contra el suelo mientras ella tocaba.
Cuando comenzó a tocar, las patas delanteras del piano se alzaban repetidamente del suelo y luego caían de nuevo contra el piso. Un invitado pidió sentarse encima del piano para comprobar si se movía, y la médium explicó que cualquiera que lo desease podía hacerlo. Cuatro personas aceptaron la sugerencia: un miembro de comisiones del Congreso, un juez y dos soldados que acompañaban a Lincoln. Cuando la señora Miller volvió a tocar, el piano comenzó de nuevo a alzarse, por lo menos unos 10 cm del suelo y luego cayó otra vez sobre el piso.
ntre los numerosos métodos mágicos que parecían dar resultado en tiempos antiguos estaba el
proceso damasceno de endurecer las espadas de acero
introduciendo la hoja calentada al rojo en el cuerpo de un prisionero o de un esclavo y sumergirla después en agua fría. En la Edad Media, los caballeros cristianos advirtieron, consternados, que las espadas hechas con acero de Damasco eran más resistentes y también más duras que las de confección europea.
Sin embargo, quinientos años después de las Cruzadas, experimentos realizados en Europa demostraron que el proceso no era en absoluto mágico. Los europeos descubrieron que la introducción de una espada calentada al rojo en una masa de pieles de animales empapadas en agua producía un efecto similar al del método de Damasco. El nitrógeno orgánico desprendido por las pieles en el agua produce una reacción química en el acero.
os zahoríes suelen sostener ramitas o varillas en las manos esperando que se doblen en la proximidad de agua o de metales preciosos. Pero el procedimiento puede emplearse para descubrir algo más que meras substancias.
J. Scott Elliot, oficial británico retirado y zahorí experto, emplea su arte para ayudar a descubrir emplazamientos arqueológicos. A veces ni siquiera visita los lugares que desea sondear, sino que sostiene simplemente un péndulo sobre un mapa.
Uno de sus típicos éxitos fue referido en 1969, cuando empleó un mapa para predecir que una gran estructura
sería desenterrada debajo de una casita del pueblo de Swinebrook. Los excavadores locales se mostraron escépticos, puesto que Scott Elliot había señalado un pueblo donde no se habían encontrado nunca ruinas enterradas. Pasaron seis meses antes de que se hiciese allí una excavación de prueba y, ciertamente, pronto se descubrió la estructura indicada por el zahorí.
Al hacer un corte de prueba de dos o tres metros, los excavadores locales encontraron agujeros para sostener postes, huesos y algunas vasijas. Cuando se desenterró más ampliamente el lugar en 1970, encontraron los suelos de una estructura e incluso su hogar. Dos herramientas pulidas de la Edad del Bronce coronaron el sensacional hallazgo.
lgunos extraños rituales se derivaron del
Flower Power de los años sesenta, pero pocos fueron tan chocantes como la práctica de abrir un agujero en la propia cabeza para conseguir un estado de conciencia más agudo.
La trepanación, perforación artificial del cráneo, fue corriente
en algunas sociedades primitivas, por razones no del todo comprendidas. Los motivos de la arriesgada pero no fatal operación fueron probablemente de naturaleza médica y religiosa. Actualmente, los trepanadores sostienen generalmente la misma opinión.
El movimiento moderno empezó en 1962, cuando un médico holandés,
Bart Huges, sostuvo que el grado y el estado de la propia conciencia dependía principalmente del volumen de la sangre en el cerebro. Según el doctor Huges, las cosas eran diferentes cuando andábamos a cuatro patas, antes de que adoptásemos la posición erguida que nos distingue de la mayoría de los animales. El problema fue que el cerebro quedó encerrado en una estructura envolvente rígida; peor aún, la gravedad redujo el caudal del oxígeno y de substancias nutritivas que afluyen al cerebro.
La solución dada por Huges al problema fue tomar un taladro eléctrico y remover un pequeño círculo de hueso de su cráneo. Resultado de ello, decía, era una mayor afluencia de sangre y la capacidad del cerebro ahora liberado de palpitar rítmicamente con el corazón. Su conciencia volvía al estado infantil que él pretendía y en el que la mente liberada permanecía en contacto con sus primitivos sueños, imaginación y sensaciones intensas. Los adultos perdían esta capacidad, pensaba Huges, al solidificarse lentamente su cráneo.
Sin embargo, la trepanación como solución de la condición humana no sentó bien a las autoridades holandesas locales, que pronto encerraron a Huges en un manicomio para ser observado. En cambio, sus ideas tuvieron un poco más de éxito entre los pacientes
hippies, para quienes cualquier clase de nueva
«conciencia» parecía valer la pena de arriesgarse.
El agujero de Huges a través del cráneo, directamente hacia el cerebro, prometía un estímulo mental permanente. Por supuesto, lo difícil era encontrar alguien que realizase la operación, pues los antiguos hechiceros y
chamanes escaseaban mucho. La respuesta fue el sueño de todos los hombres mañosos: Hágalo usted mismo.
El principal discípulo de Huges fue Joseph Mellen, un contable londinense que se había graduado en Oxford y conocido al holandés en Ibiza, en 1965. Huges le inculcó la idea de la trepanación. (En aquella época, la filosofía de Huges había sido encerrada en una sola palabra:
Brainbloodvolum, volumen de sangre en el cerebro.)
La trepanación practicada por Mellen en su propio cráneo, después de tres intentos fracasados, tuvo tanto «éxito» que más tarde escribió un libro sobre ella,
Bore Hole, la primera de cuyas frases resume perfectamente su contenido:
«Ésta es la historia de cómo practiqué un agujero en mi cráneo para alcanzar una altura permanente.»
Mellen declaró que la trepanación le había dado una nueva sensación de bienestar que, según afirma, conserva en la actualidad. Su amiga,
Amanda Fielding, se sometió también después a esta curación, aunque, en vez de escribir un libro sobre su
ordalía, la filmó, titulando "Heartbeat in the Brain" (Latido del Corazón en el Cerebro) a su corta película. Actualmente, los dos modernos trepanadores operan juntos en una galería de arte de Londres.
l más prolífico realizador moderno de milagros fue indiscutiblemente el médium del siglo XIX
Daniel Douglas Home (1833-1886), que una vez se sostuvo en el aire fuera de una ventana de un segundo piso y volvió a entrar por ella en pleno día y en presencia de testigos.
Entre las milagrosas hazañas seculares de Home, se contaron la facultad de levitar objetos pesados, conversar con espíritus de personas muertas hacía mucho tiempo y frotarse la cara con carbones encendidos sin sufrir daño visible. El físicamente débil escocés podía incluso alargar espectacularmente su cuerpo, añadiendo hasta quince centímetros a su estatura.
En una ocasión, este hecho fue presenciado nada menos que por un personaje como
Lord Adare, hijo del tercer duque de Dunraven. Estando de pie entre el Lord y un tal
Mr. Jencken, Home entró en el estado de trance en que solía realizar la mayoría de sus milagros. «El espíritu guardián es muy alto y fuerte, salmodió. Y de pronto, creció quince centímetros, y su cabeza se elevó sobre la de los dos pasmados hombres que estaban a su lado.
Al preguntarle éstos, Home respondió: «Daniel os mostrará cómo es esto», y se desabrochó la chaqueta. (Siempre hablaba de sí mismo en tercera persona cuando estaba en trance.) Resultó que el alargamiento se había producido de cintura para arriba, y Lord Adare observó que diez centímetros de carne nueva aparecían entre el chaleco de Home y la cinturilla de su pantalón.
Home recobró su estatura original y después dijo:
-Daniel crecerá de nuevo.
Y, para visible asombro de Lord Adare, creció.
Calzado con zapatillas, Home paseó por la habitación, pisando fuerte, para que viesen que sus pies se apoyaban firmemente en el suelo, y poco a poco recobró su estatura normal. Como en casi todas sus sorprendentes hazañas, Home podía por lo visto realizar su «truco» de crecimiento siempre que quería.
l dramaturgo griego
Esquilo es conocido como «Padre de la Tragedia». La Historia le honra con este título a causa de sus obras, pero podría habérselo otorgado igualmente por su dramática muerte. Según la leyenda, murió cuando un águila confundió su cabeza calva con una roca y dejó caer sobre ella una tortuga, rompiéndose la concha y el cráneo.
Víctimas modernas del destino han sufrido muertes igualmente irónicas. Consideren el caso de la mujer de Praga, Checoslovaquia, que saltó desde la ventana de un tercer piso al enterarse de que su marido le era infiel. El marido, que entraba en la casa en el momento de lanzarse ella, amortiguó su caída. Ella sobrevivió. Él murió en el acto.
También hubo una mujer de treinta y seis años en San Diego que proyectó, en 1977, matar a su marido, un instructor de Infantería de Marina de veintitrés años, para cobrar el seguro de 20.000 dólares. Vertió el saco de veneno de una tarántula en un pastel de zarzamoras cocido por ella misma; pero él sólo comió unos pocos bocados. Después trató de electrocutarle en la ducha, pero fracasó también. Igualmente fracasaron sus intentos de matarle con lejía, atropellándole con un coche, inyectándole burbujas de aire en las venas y echando anfetaminas en su cerveza cuando conducía, con la esperanza de que tendría alucinaciones y se estrellaría.
Desesperada, contrató a una cómplice de veintiséis años. Juntas golpearon al marido en la cabeza con pesas de metal mientras dormía. Fue solamente entonces cuando sucumbió al fin.
Por último, el Día de Conmemoración de los Caídos de 1987, un abogado de cuarenta años, de Louisiana, se plantó en su barca al acercarse una tormenta. «Aquí estoy, desafió al cielo, levantando las manos sobre la cabeza. Un rayo cayó sobre él, matándole instantáneamente. El apellido del abogado era Graves (Tumbas).
na de las más celebradas desapariciones de la historia reciente se refiere a una piloto y heroína estadounidense,
Amelia Earhart. Ella y su copiloto, Fred Noonan despegaron de California el 20 de mayo de 1937, comenzando lo que iba a ser una circunnavegación hacia el Este del Globo. El vuelo fue cuidadosamente rastreado mientras el equipo de vuelo pasaba por encima de Florida, Brasil, África, la India y Australia, en aquel avión especialmente equipado con un motor gemelo.
El 2 de julio, Earhart y Noonan se reabastecieron de combustible en Lae, Nueva Guinea, y reanudaron su vuelo, intentando una cita con el buque de la Guardia Costera Itasca, en el Pacífico
central. La última transmisión recibida de la pareja, sin embargo, resultó confusa y fragmentaria. No se produjeron más mensajes por radio y el avión no fue visto de nuevo más.
Se llevaron a cabo frenéticas búsquedas, incluso empleando a George
Putnam, un amigo de Amelia Earhart y de su marido. Según la psíquica
Jacquelin Cochran, poco después de perder el contacto, Earhart estaba viva en una isla del Pacífico no identificada. Se produjeron algunas especulaciones respecto de que el avión aterrizó en una isla volcánica que luego quedó sumergida (o se hundió). Otras posibilidades incluyen su captura por los japoneses, que la ejecutaron de manera sumaria como espía. En cualquier caso, no se encontró jamás el menor rastro del avión.
urante todo 1988, algo horrendo y mortal estaba mutilando a los animales de granja en Geneva, una ciudad del Estado de Alabama. A pesar de que habían resultado muertos más de 40 animales -incluyendo a un caballo al que le fueron arrancados los genitales y unos cerdos a los que extrajeron del cuerpo las entrañas-, nadie pudo localizar a la criatura responsable de todo aquello.
Entre las bajas se contaban varios cerdos de 30 kg y un verraco de 125 kg, propiedad de la familia
Stinson.
-Sea lo que fuere, parece más interesado en desgarrar a sus presas que en comérselas -explica
Lance Stinson, cuyos padres y hermana creen haber oído una noche al asesino-. Escucharon un grito agudo, que parecía proceder de varias direcciones al mismo tiempo.
Según Dot Kirkland, una mujer portavoz del Departamento del Sheriff del Condado de Geneva, una investigación de las misteriosas muertes de los animales fue obstaculizada por unos vaqueros curiosos que acudieron a ver si lograban entrever al desconocido asesino.
-No podemos afirmar si existía algún tipo de huellas a causa de tantas personas como anduvieron por aquí -explica la portavoz-. No ha aparecido ninguna nueva evidencia y la matanza parece haberse detenido. Ahora creemos que, probablemente, los animales fueron atacados por perros asilvestrados.
Pero Lance Stinson no está tan seguro.
-Algunos ancianos del lugar creen que pudo tratarse de un oso herido y enloquecido. A otros les parece que se trata de un puma o incluso de lobos -cuenta el hombre-. Sin embargo, una cosa resulta clara. Por las señales en el cuerpo de los animales muertos, el que los mató tenía cuatro garras en una pata y sólo tres en la otra. El departamento del sheriff cree que esto lo hicieron los perros. Pero hay muchísimas personas que no están en absoluto convencidas de ello.