El Misterio De Los Ataúdes Deslizantes |
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En el
panteón familiar, una edificación sólida, construida con grandes
bloques de coral unidos con cemento, se encuentran ya los ataúdes de
Thomasina Goddard y Mary Anna María Chase, enterradas en 1807 y 1808
respectivamente. La pesada losa que cubre la tumba familiar, de 4 por 2
metros de superficie y semienterrada a la entrada del camposanto, es
retirada con gran trabajo por el personal, debido a su considerable
peso, y el ataúd es entrado posteriormente en su interior. Las
tinieblas son cerradísimas allí dentro, y cuando los sepultureros
encienden sus quinqués, se encuentran con una visión realmente
aterradora. El ataúd de Mary Anna María había sido movido hacía un
rincón y el de la señora Goddard, se encontraba ahora pegado contra la
pared opuesta a la entrada. Los enterradores y familiares asistentes no
dan crédito a sus ojos y la tumba es de nuevo cerrada con gran
dificultad, no sin antes haber depositado en el suelo el ataúd de
Dorcas Chase y puestos de nuevo en su sitio los otros dos. El
suceso conmovió a toda la familia y no comprendían cómo unos ataúdes,
a la sazón revestidos de plomo, habían sido removidos en semejante
lugar. En un intento por buscar culpables y racionalizar lo sucedido, se
acuso a los esclavos negros de tal profanación. Se sabía que los
negros habían asistido al entierro de la primera hermana Chase y que
era poca la simpatía que tenían por el patriarca Thomas Chase, cuyo
comportamiento cruel y tiránico había llevado al suicidio a su hija
Dorcas. Sin embargo, los negros antillanos rechazaron la acusación y en
su lugar mostraron miedo y respeto por lo que consideraban era obra de
los espíritus. ¿Quién, entonces, era el responsable de tan macabra
broma?. Nada de todo aquello tenía el menor sentido pues los ataúdes,
aparte de ser removidos, no habían sufrido ningún deterioro ni faltaba
pieza alguna que hiciera pensar en un robo. ¿Es posible que los negros
se tomaran molestia tan grande para obtener unos resultados tan
insignificantes? No es probable, y el suceso así quedó, hasta que un
mes más tarde, el 9 de agosto de 1812, Thomas Chase murió también,
siendo llevado su cuerpo al mismo panteón. En esta ocasión, los ataúdes
seguían estando en su sitio, pero el 25 de septiembre de 1816, cuando
la losa fue de nuevo levantada para enterrar a un niño llamado Samuel
Brewster Ames, los ataúdes volvieron a encontrarse desordenados. Como
en ocasiones anteriores, la culpa recayó otra vez sobre los negros, que
retornaron en su insistencia de que ellos no habían sido. El
17 de noviembre se creó una gran expectación en Oistin, cuando otro
difunto fue trasladado desde el cementerio de St Philips al panteón
familiar de los Chase. Una gran multitud se congregó en el lugar para
observar los extraños movimientos de ataúdes. Cuando la bóveda fue
abierta, todos los féretros habían sido cambiados de lugar. El de la
señora Goddard, se hallaba deteriorado y roto por el desgaste y
desplazado a la pared opuesta, y todos los demás sarcófagos,
desperdigados en desorden por el suelo. Inútilmente se trató de
descubrir algún indicio que explicara lo sucedido. Las paredes, el
suelo y el techo, seguían estando en buen estado y no existía recodo
alguno por el que pudieran pasar los posibles bromistas. Los ataúdes
fueron reordenados, y la pesada losa fue vuelta a cimentar en su sitio.
Durante tres años, el panteón, que no había sido vuelto a abrir, fue objeto de la visita de los curiosos. Su fama llegó incluso a Europa y muchos fueron los que tomaron interés por ese misterioso cementerio de Barbados. El 17 de julio de 1819, Thomasina Clarke, murió, y su cuerpo fue trasladado al panteón. Para entonces, hasta el mismo gobernador de Barbados, el vizconde de Combermere, asistió al sepelio, acompañado por un centenar de observadores deseosos de encontrarse con el misterioso fenómeno. Y sus ansias quedaron satisfechas pues cuando los albañiles retiraron la losa, los ataúdes del interior se hallaban otra vez desordenados y desperdigados por todo el lugar. El registro que se hizo por los peones fue realmente exhaustivo, pero, como en ocasiones anteriores, no se encontró ningún indicio de profanación. Los féretros fueron entonces colocados en su sitio y se decidió recubrir el suelo entero de fina arena, para descubrir las huellas del posible culpable. Cuando la bóveda volvió a ser tapada, el vizconde de Combermere y dos funcionarios, marcaron el cemento con su sello, formando así una película infranqueable. El
18 de abril de 1820, el panteón volvió a ser abierto. Hasta entonces
el lugar no había sido utilizado, pero la expectación despertada en el
público y el deseo del vizconde Combermere por comprobar si su
experimento había dado resultado, hicieron que ese 18 de abril, se
desvelara el misterio, a pesar de no haber ningún finado para ocupar un
hueco en la sepultura. El vizconde Combermere, acompañado del Honorable
Nathan Lucas, el secretario de gobernación, mayor J. Finch, el señor
Rowland Cotton, el señor R. Bowcher Clark y el reverendo Thomas
Orderson, se dirigieron al cementerio de
Christ Church, con un grupo de asustados peones negros,
dispuestos a levantar la losa.
Todo
estaba como lo habían dejado, es decir: el cemento estaba intacto y los
sellos oficiales seguían en su lugar, sin haber sufrido ninguna
perturbación. Con esto, todos pensaron que el interior se encontraría
también en buen estado, pero cuando el cemento fue picado y la losa
retirada a un lado, se sorprendieron al escuchar un extraño rozamiento
surgiendo de la oscura bóveda. Uno de los ataúdes de plomo había sido
arrojado contra la losa y al ser retirada esta por los albañiles
negros, la sepultura había sido arrastrada con ella. Los cada vez más
aterrorizados negros comprobaron que el ataúd de Mary Anna María, se
encontraba ahora empotrado en la pared del fondo, y del tal manera, que
incluso el muro había sufrido daños. Los demás féretros estaban
diseminados por el suelo de forma caótica. El vizconde Combermere, no
daba crédito a sus ojos. El exterior de la bóveda seguía estando tan
sólido como siempre, por lo que nadie podía haberse colado dentro por
algún resquicio, y la fina arena depositada en el pavimento interior,
no presentaba muestras de huellas o de presencia humana. Si alguien había
entrado allí, pensó el vizconde, desde luego no era de este mundo. El
honorable Nathan Lucas, dijo de la inspección que hizo del lugar: «Examiné
los muros, el arco y toda la bóveda: todo era igualmente antiguo; un
albañil, en mi presencia, golpeó minuciosamente el suelo con un
martillo: todo era sólido. Confieso que no puedo explicar los
movimientos de esos ataúdes de plomo. Ciertamente, no se trata de
ladrones, y en cuanto a broma pesada o truco, hubiese sido necesaria la
participación de demasiada gente y el secreto hubiera sido descubierto;
y en cuanto a que los negros hayan tenido algo que ver, su miedo
supersticioso a los muertos y a todo lo que con ellos se relaciona,
excluye cualquier idea de esa clase. Todo lo que sé es que ocurrió y
que yo fui testigo del hecho.” Desde aquel día, los ataúdes no volvieron a dar motivos para el misterio, pues todos ellos fueron sacados de la bóveda y trasladados a otros lugares del cementerio. Jamás se llegó a saber qué ocasionó semejante suceso incongruente y nunca más se le volvió a dar publicidad. Una multitud de teorías surgieron en aquella época, tratando de solucionar el enigma pero ninguna era lo suficientemente sólida como para validarla. Se habló de pequeños seísmos, de negros vengativos, de bromistas recalcitrantes, pero todas fueron desechadas por falta de consistencia y de pruebas. El misterio continuó así, y aún hoy se sigue hablando en Barbados del misterio de los ataúdes deslizantes. En la actualidad el panteón está vacío y puede ser visitado por los curiosos que desean rememorar aquel extraño incidente. Sin embargo, no es necesario trasladarse hasta allí para encontrarse con caprichosos ataúdes andarines. “Antiguas Historias Antillanas” fue un libro publicado por sir Algernon Aspinall. En él, el autor nos describe un suceso similar acaecido en Stanton (Suffolk, Inglaterra) en 1815. Como en Barbados, los ataúdes de Stanton habían sido movidos al menos en tres ocasiones, llegando incluso a ascender unas empinadas escaleras. En 1867, el señor F.C. Paley, de Gretford, en las cercanías de Stamford (Lincolnshire, Inglaterra), relataba un hecho similar sucedido en un panteón local y confirmado por varios testigos. Al igual que en los dos anteriores, los ataúdes fueron removidos repetidamente, quedando incluso alguno de ellos, apoyados verticalmente contra la pared. En 1844, en Arensburg, en la isla báltica de Oesel, ocurrió algo parecido en el panteón familiar de los Buxhoewen. En el transcurso de un misa por los funerales de un familiar, se dejó sentir en el interior de la bóveda privada, unos extraños ruidos que alertaron inmediatamente a los concurrentes. Los más atrevidos, abrieron el panteón y descubrieron boquiabiertos, cómo los féretros de sus difuntos se encontraban desperdigados por el suelo, sin orden alguno. Con el tiempo, el presidente del tribunal eclesiástico local, el barón de Guldenstabbe, encabezó una investigación oficial y ordenó que la bóveda se abriera. Los ataúdes, pese a haber sido reordenados, y la puerta principal cerrada con llave, se encontraban de nuevo desordenados y dispuestos en difíciles posiciones.
El
barón Guldenstabbe, lejos de atribuir el misterio a agentes
sobrenaturales, ordenó que el suelo del panteón fuera picado y
levantado, con la intención de encontrar algún pasadizo secreto por el
cual pudieran haberse colado los bromistas o los profanadores de tumbas
(profanadores inexistentes, pues jamás fue robado nada). No obstante,
el resultado fue negativo, no encontrándose ningún resquicio
sospechoso. La Bóveda fue de nuevo pavimentada, y como ocurriera en
Barbados, su suelo recubierto, en esta ocasión, de ceniza, mucho más
sensible a las huellas que la arena. Como en Christ Church, también aquí
se imprimieron sellos ocultos en la losa, que se romperían en caso de
que alguien la abriera secretamente; además, el barón dispuso que unos
soldados vigilaran el lugar durante tres días y tres noches. Cumplido
el plazo, el comité investigador se desplazó otra vez al cementerio.
Los sellos secretos permanecían intactos, la ceniza desperdigada en el
suelo, no presentaba señales de huellas, pero los ataúdes, de nuevo
estaban desperdigados en el interior de la bóveda, estando algunos
rotos o boca abajo. El comité de Arensburg y los Buxhoewden, rendidos
ante la evidencia, no pudieron hacer otra cosa que trasladar los féretros
a otro cementerio y dejar que la providencia explicara algún día el
misterio; lo que nunca ocurrió. El
misterio de los ataúdes deslizantes, tanto en Barbados, como en Stanton,
en Stamford o en Arensburg, sigue siendo un misterio insoluble. Muchos
fueron los que intentaron dar una explicación plausible al fenómeno,
sin que ninguna de ellas, como hemos indicado antes, resultara
consistente. En cuanto a Barbados, se sabe que el lugar se encuentra
rodeado por un cinturón sísmico que posiblemente fuera el causante del
movimiento de los ataúdes, pero también se sabe que en esas fechas no
se registró presencia sísmica en la zona y que, de haber sido así,
todos los ataúdes del cementerio se hubiesen movido y no sólo los del
panteón familiar de los Chase. Corrientes subterráneas e inundaciones,
fueron otras de las teorías barajadas. Pero la bóveda de Oistin,
estaba por encima del nivel del terreno y su estructura era estanca; lo
mismo ocurría en Stanton, Stamford y Arensburg. George
Hunte, autor de “Barbados”, un libro en el que se trata del misterio
de los ataúdes, ofreció una teoría que intentaba explicar el suceso:
“El gas de unos cuerpos en descomposición, y no espíritus malignos,
fue responsable de las violentas separaciones y del desorden que
desbarató el trabajo de los enterradores”. Aunque esta hipótesis
parecía, en parte, solucionar el problema, nadie se preguntó cómo era
posible que unos simples gases de procedencia humana podían mover unos
féretros recubiertos de pesado plomo, de los que cuatro hombres apenas
eran capaces de mover. El misterio siguió y seguirá, me temo, sin solución, para el resto de la vida. Todas las hipótesis vertidas en el asunto, con la intención de explicarlo, han fracasado irremediablemente. Sólo cabe, pues, buscar su origen en otro lugar quizás no tan humano. Ante enigmas como este, uno se siente tentado en pensar en influencias del Más Allá, o en una capacidad psíquica desconocida hasta el momento, capaces de mover objetos pesados y ocultos con la simple fuerza de la mente. Es posible que, por razones fuera de toda lógica, los asistentes a aquellos sepelios, utilizaran sin saberlo una capacidad mental extraordinaria e inconsciente, causantes de ese deslizamiento sin sentido de los ataúdes; esto, reforzado con la convicción, el miedo y el deseo de los que se agregaban para encontrarse con el fenómeno, pudo potenciar aún más el suceso, hasta que, simplemente, se suprimía trasladando los féretros a otros lugares, acabando así con la tentación involuntaria de los eventuales psíquicos. Sin embargo esto no deja de ser una teoría más, tan válida o inválida como las anteriores, que en ningún caso clarifica contundentemente el suceso. El misterio de los ataúdes deslizantes, es, y seguirá siendo, un asunto para los hechos insólitos, y patrimonio del acervo popular. |